Todo el mundo necesita tener un enemigo, dice Umberto Eco en un notable ensayo titulado, precisamente, Construir un enemigo.

La gente sin enemigo pierde el respeto de los demás. Queda a merced de sus propias contradicciones y no tiene quien responda por sus errores ni a quien refregar sus aciertos. Si quiere ser alguien en la vida, más vale tener enemigos. Amigos falsos puede haber, los enemigos son siempre genuinos.

Pero esa adquisición exige ciertas precisiones para que tenga la utilidad que persigue. Una es su visibilización. Pocas cosas tan poco serias como un enemigo invisible, inasible, fantasmal. Imposible de atacar por alguno de los medios creados para el efecto.

Y en ese aspecto algo ha fallado en el poder dominante. El estado calamitoso que es posible advertir solo si se leen las noticias, como será la procesión que no se ve pero eso es otro cantar, quizás sería distinto si se tuviera un enemigo nítido, nominado, de perfiles bien definidos, a quien apuntar. O con el dedo o con aviones y fusiles, dependiendo del estado de cosas.

El sistema debe asumir que ha perdido un tiempo valioso en una refriega incómoda entre ellos mismos. Les unen más aristas que las que los separan las que solo dejan al descubierto como una mueca diferenciadora, más no el ataque reservado al enemigo de verdad.

Para decirlo en breve, esa ausencia, ese defecto, que el duopolio no tenga un bien delineado enemigo común, no permite lo que la refriega extrema siempre permite: saber quiénes están de este lado y del otro y por sobre todo exigir que cada uno tenga un bando.

La guerra funciona siempre en blanco y negro.

Los poderosos no se pierden en eso de saber contra quien tienen que lidiar. Pobres, indios, maricones, extranjeros, rojos, disconformes y resentidos, en suma, todo aquel que intente aunque sea en estricta teoría, atacar las de la propiedad privada, la familia y los blasones.

“Los enemigos son distintos de nosotros y siguen costumbres que no son las nuestras”, insiste Eco.

Dicho de otra forma: nuestros amigos son iguales a nosotros y siguen nuestras costumbres.

Y esa definición de apariencia inocua, sería suficiente teoría como para explicar la vinculación estrecha e íntima que hay entre que entre la Nueva Mayoría y la ultra derecha. Un compartir, un ser iguales aunque a veces se muestren los dientes.

Llegados a este punto convengamos que para quienes comparten como buenos hermanos el botín del poder, es muy necesaria la existencia de un sector contra quien unir esfuerzos. Es cuando al sistema le hace falta la izquierda.

Sin ir demasiado más allá del Cautín, lo que pasa en el territorio mapuche no alcanza. Será porque ese teatro de operaciones se circunscribe a un territorio bastante delimitado,  aún cuando ahí sí que está bien definido el enemigo.

Con todo, no hay dos opiniones en el duopolio respecto de los indios alzados de allende el Biobio.

Y respecto de ese espinudo tema hay un consenso cuya mejor expresión es la ocupación de esas tierras castigadas por tropas que ya se las quisieran en Gaza o Cisjordania.

Y cuando por algún desarreglo extraño, ha habido otra opinión, pues el sistema se ha preocupado de cauterizar en breve al díscolo, como sucedió con cierto Intendente de apellido mapuche.

Otro recurso que nunca falla es la xenofobia, la que en Chile tiene expresiones que si no fuera por su gravedad deberían mover a la risa y la mofa: en opinión del sentido común del ciudadano medio este país tiene la bandera más bonita, el segundo himno nacional del mundo y no es racista.

Pero la bronca contra los extranjeros no ha cuajado lo suficiente. Será la frecuencia con que no encontramos con restaurantes peruanos  que cambiaron el rostro de la oferta culinaria. O porque los haitianos son esenciales en la construcción y el aseo de las calles o porque los niños inmigrantes ya son una amplia mayoría en las escuelas públicas derruidas y enfermizas.

Hablando de enemigos, lo realmente excepcional del caso chileno son los comunistas, los enemigos más enemigos de cuantas formas ha adquirido el capitalismo en el mundo, y que sufrieran las más grandes masacres desde el siglo pasado hasta hace poco.

En Chile han debido pasar más años clandestinos que en la vida pública, perseguidos, denostados y despojados de derechos, asesinados sus dirigentes y militantes. El caso es que ya no son los monstruos que se comían los bebes y las vacas, enviaban niños a Cuba, violaban monjas, torturaban a pequeños comerciantes, parqueaban tanques rusos en La Moneda, quitaban las casas a la gente y amordazaban al opinante.

Ya no son los enemigos.

Quizás por eso irrumpen en el papel estelar de los enemigos internos contemporáneos, los estudiantes.

Según las encuestas parece haber consenso, un 67% es una amplia mayoría, en que a los peligrosos estudiantes de la enseñanza media y los universitarios hay que combatirlos con todo el rigor policial. Encuestas de por medio, a los apaleadores de cabros chicos pronto se les va a disipar la transitoria inhibición y volverán con renovados bríos con sus garrotes, gases y torturas.

Es cierto que esa gente media flacuchenta, algunos enfundados en sus uniformes escolares, no presentan mucho blanco, pero eso es ahora: alguna vez van a crecer.