En Julio de 1656, Baruch Spinoza era excomulgado de la congregación judía en Ámsterdam. Con solo 23 años, el joven Baruch (nombre que en hebreo significa “bendito” y que al español se ha traducido, entre otros, como “Benedicto”) recibía el más duro castigo que hasta entonces la comunidad religiosa le otorgara a uno de sus miembros, esto es, el herem, un documento que lo censuraba de por vida y en el cual se lo acusaba de cometer “abominables herejías” y “monstruosas escrituras”. El entonces expulsado filósofo huiría a la fuerza de Ámsterdam para encontrar refugio en La Haya, lugar donde  viviría tranquila y pasivamente hasta su muerte en 1677.   

Curiosamente el herem no menciona específicamente cuales fueron las ofensas cometidas por Spinoza. Permanece como un misterio, más aun si consideramos que hasta la fecha Baruch todavía no escribía nada. Visto en retrospectiva, el evento causaría el puntapié inicial para que Spinoza desarrollara sus principales ideas éticas y políticas, las que solo unos años más tarde comenzaría a poner en limpio.

Ahora bien, una cosa sí que le debe haber molestado a los rabinos. Y es que desde un comienzo su pensamiento naturalista se fundó en el rechazo del Dios profesado por las religiones Abrahámicas, o sea, la de una deidad trascendental, omnipotente, benefactora –para los obedientes- y castigadora –con los desordenados-. Por el contrario, Spinoza toma una fuerte posición materialista ante la vida, privilegiando la propia existencia antes que cualquier otro rito o escritura para entender el mundo y a uno mismo. Esta perspectiva se ilustra claramente en su Ética. “Dios es Naturaleza” (Deus sive Natura), dice Spinoza, y todo lo que hay es simplemente naturaleza, ni más ni menos. Los milagros, el más alla, la vida después de la muerte, “el bien” y “el mal”, todas meras imposibilidades. Todo lo que existe, más bien, son infinitas combinaciones de encuentros entre materia y energía de diferente grado, mundos posibles (unidades emergentes dirían los físicos) resultantes de dicha interacción. Su Dios es una polifonía, como la música que produce el viento al tocar las hojas de los árboles. Pero también es un devenir en permanente cambio, como las moléculas de agua que, al interactuar con diferentes temperaturas, van transformando su estado, yendo de sólido a líquido y de líquido a gas. También las personas, nos dice Baruch, somos cuerpos relacionales, con sus intensidades, temperamentos y velocidades, con sus ritmos, duraciones y movimientos particulares. De ahí es que, tal como sucede con otros organismos vitales, podamos funcionar mejor o peor de acuerdo a nuestra vulnerabilidad con el medio circundante; alegría y simbiosis proporcionan los buenos encuentros, veneno y puñal trae lo que nos hace daño. Pero esto no es una simple generalización: siempre existe la posibilidad de que la simbiosis de un grupo pueda resultar en competencia nociva para otros. Así desmoralizada su ética, no queda mucho espacio para juicios inequívocos provenientes de una autoridad superior. La experiencia del “bien”, “la verdad” o “la belleza” son siempre manifestaciones de cada situación, y por lo tanto, deben evaluarse desde la particularidad de cada existencia. En corto, amar u odiar, en vez de juzgar.

En este espíritu por evaluar la vida y restaurar el vínculo armonioso entre individuos y su entorno, la ética spinoziana pareciera orientarnos a buscar aquellos encuentros que estimulen nuestra voluntad de poder. Ahí radica el potencial de la acción y la adecuación del pensamiento humano. Muy por el contrario, la violencia, no sería más que la cara inversa de esta historia, un germen que brota de aquellos posibles encuentros nocivos. Estos son cuerpos que transitan con un sentimiento de injusticia, tristeza u odio, manifestando a su vez, otros deseos y pasiones, como la antipatía, la rabia, la envidia, la burla y el desprecio. Violencia entonces, como un mecanismo de defensa que rechaza asentir los efectos negativos causados por aquellas relaciones perversas.  Por eso es que la búsqueda spinoziana esté siempre puesta en la destrucción del objeto que constantemente nos daña y nos entristece. Mientras más sepamos de la naturaleza y de nosotros mismos, mejor sabremos evitar los deslices del camino y sortear los obstáculos que nos depare la vida.

Con el pasar de los siglos la obra de Spinoza desaparecería casi virtualmente del debate, a no ser por algunos pensadores que, poco a poco, fueron rescatando su legado. Para cualquiera que se haya topado con el pensamiento político de Hegel, Wittgenstein, Bergson, Nietzsche, Foucault o Deleuze (sin mencionar a sus comunes antepasados Estoicos, y en particular a Seneca), Spinoza respira como un modelo de oposición intelectual para subvertir los aparatos institucionales que atentan contra la soberanía de los individuos, esto es, contra la búsqueda de su propio interés. De ahí que su postura política y crítica social no haya perdido hoy la más mínima relevancia.

Es imposible sujetar la mente ante el total control de otro” escribía Baruch en su tratado de teología política hace ya cuatro siglos. El texto tenía como objetivo principal demostrar cómo la libertad del pensamiento resulta indispensable para la paz social y la buena conducción de los gobiernos. Un soberano, argumenta Spinoza, ciertamente puede restringir la libertad de expresión ciudadana (esto es, el derecho para hablar como se plazca). Sin embargo, tal insensata y autoritaria postura solo debilitaría su gobernanza, al punto de llegar a perder todo vínculo con la comunidad. El mensaje es claro: la opresión resulta contra producente para la conducción de los gobiernos.

Leído y releído desde nuestro híbrido siglo XXI, tiempo de renovados fanatismos religiosos y neo-tiranías políticas, la defensa por la libertad intelectual y el pluralismo político proporcionado por el filósofo parecieran ser más pertinentes que nunca ante un actual contexto social marcado por leyes intolerantes, deslegitimación política y un transversal disgusto ciudadano. Esto, precisamente, es el objeto que envenena y del cual tanto buscamos liberarnos hoy; el de una política-policía Estatal como forma de violencia legalizada, una que acalla y criminaliza y que no asiente ni tolera. ¿Sera acaso, como propone Vattimo, que la democracia se fue a la calle?

Probablemente Spinoza estaría de acuerdo con el colega italiano. Lo que necesitamos, diríamos también, es una práctica social que comparta con el anarquismo el rechazo a formular un sistema acorde con los métodos tradicionales de representación política (como por ejemplo, ganar las elecciones y reducir la acción ciudadana a la mera expresión del voto). Las propuestas para rearticular tal proyecto político de transformación abundan en el mundo y en Chile las tenemos de todo tipo y escala; desde una asamblea nacional constituyente hasta propuestas de autonomía territorial conformadas por (auto) gobernanzas locales.

Cierto, la pluralidad de opiniones y libertades civiles trae consigo consecuencias y eventuales disputas en la sociedad. Lejos de negarlo, lo que Spinoza más bien destaca -y recomienda hasta el cansancio- es que los gobiernos, si quieren realmente brindar una democracia estable, no deben olvidar que su legitimidad y derecho se funda en el principio de soberanía popular: “El Estado no podría seguir un curso más seguro que el de restringir su derecho soberano ante las acciones de los hombres, permitiendo a cada quien pensar lo que le plazca y manifestar aquello que piensa.” Para Spinoza, como para nosotros, sus seguidores contemporáneos, sigue siendo necesario articular nuevas prácticas -distintas a las que actualmente nos dominan-, para disponernos a producir tipos de relaciones más horizontales y sustentables entre miembros de un determinado territorio y una misma especie. Sin duda que hay que avanzar hacia la integración del bienestar, pero siempre y cuando el avance sea definido por los ciudadanos y común a esa colectividad. Pero como quiera que siga la historia, una cosa sí que sacamos en claro con los escritos de Spinoza, y es que independiente de los decretos que los gobiernos sigan trazando para limitar nuestra soberanía, los individuos continuaremos manifestando el deseo insaciable de hablar y de conducir nuestras vidas con mayor autonomía.

Herejes como Spinoza, casi cuatro siglos después de haber muerto en el exilio, no solo resucitan entre los académicos y las universidades del mundo, sino que también devienen en influyentes iconoclastas que agitan espacios mucho más amplios e indeterminados. Los spinozistas caminan entre nosotros; los encontramos entre los artistas, los niños y los intelectuales, hay madres spinozistas, los ecologistas del mundo lo claman, todos devotos y entusiastas del “Príncipe de la filosofía”, como lo apodara afectivamente Gilles Deleuze.  Así, como esta suerte de profeta, con su Ética como texto bíblico, Baruch Spinoza ha venido a revelar algunas cuantas verdades que, incluso hoy, se nos siguen apareciendo en este espiral que parece ser la historia.


Sociólogo, Universidad Católica, Magister en Moving Image, Universidad de Melbourne. Se desempeña como miembro del comité editorial del Yearbook of Moving Image Studies (Kiel, Alemania).