En Retratos Hablados Luz Sciolla escribe el discurso de diversos personajes históricos, mostrándolos en relación a un archivo conformado por recortes de prensa de los últimos 40 años, en un intento por vincular literatura, memoria y política.

Es un libro sin capítulos ni orden cronológico que ofrezca al lector una guía de la que sujetarse a la hora de aventurarse en este angustioso y a la vez paródico laberinto.

“La lectura de este libro puede resultar angustiosa, y yo diría laberíntica”, concuerda la escritora.

El libro será presentado por Alejandra Matus y Gabriel Boric, el próximo jueves 9 de junio en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.

En El Desconcierto conversamos con la escritora sobre su último trabajo, el que asume la memoria desde una perspectiva colectiva.

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Retratos hablados es una suerte de archivo de la violencia en Chile, pero también en el mundo. Los materiales iniciales son de 1973 y los últimos de 2015. ¿Cuándo comienzan estos materiales a constituirse como libro, y por qué? ¿Es un libro que puede un día dejar de escribirse?

En el El libro negro de la justicia chilena, de Alejandra Matus, se menciona el estado de ánimo con que enfrenta los primeros días pos Golpe de Estado el abogado Roberto Garretón: “Quería hacer algo, pero no sabía exactamente qué ni por dónde empezar”. El impacto traumático del Golpe, para los que vivimos esa época, provocaba un aturdimiento demoledor. Si habías participado en alguna medida de lo que se llamó el proyecto popular, las primeras sensaciones eran de pérdida, de falta de soporte, de desgarro. Desde el principio se instaló la Verdad arrogante de quienes venían a poner Orden en el caos que ellos mismos habían provocado. En ese tiempo, como estudiante de un liceo de Santiago, estaba muy interesada en la historia. Los materiales a los que aludes los empecé a juntar con la idea de contrarrestar la información oficial con mis propias observaciones de lo que iba sucediendo. Tomaba notas con la convicción de que servirían para objetar, destruir o desenmascarar la infamia que se propagaba a través de la prensa adicta al Régimen de Terror que imperaba en esos años. Si me preguntas cuándo estas notas y estos artículos tomaron la forma de un libro, diría que durante los años ochenta en que escribí algunos monólogos. Después, en los noventa intenté compaginar el material utilizando los Inventarios que aparecen como una bisagra que articula de cierta manera los textos. Después viene un proceso de decantación en el que incorporo elementos visuales que relacionan la obra con la cita, tomando en cuenta “La nueva Novela”. Conocer a Juan Luis Martínez fue un impulso determinante para la obra en gestación. Ahora, es posible que sea un libro que se pueda reescribir, o un libro que tenga otra versión, que admita traducciones y la suma de otros materiales en otro formato.

En el libro hay una protagonista cuyo rostro aparece cubierto en la portada, como si fuese el suyo aquel que estas páginas están destinadas a reconstruir. Se trata de lo que tu misma llamas la Virgen Chilena. ¿Quién es la Virgen Chilena?

Un día leí un artículo, que es parte del libro, escrito por un Capellán Castrense. Mostraba una especie de caricatura de la virgen, vinculando su poder a algunos hitos de las glorias guerreras. Así se me ocurrió desmontar los arrebatos belicosos del cura, reapropiándome de la imagen y de los signos atribuidos a la virgen para poner en evidencia la manipulación de la cual ella era objeto. Sin duda la virgen es antes que nada un modelo, pero a mí me interesó como personaje: que induce a Bernardita del Pilar a casarse con Cristo, con la bendición del cura Cristián Caro en el año 92; que “protege” al Tirano de Chile el día del atentado; que preside las romerías populares; que prolifera en estampitas; que puede ser la figura de la máxima represión del deseo, o ser fiesta, colorido y regocijo en la Tirana y Andacollo, es decir, la Virgen Chilena es un nexo, un pretexto para construir y destacar su imagen polifacética en un contexto de diversidad formal.

El libro está conformado por una polifonía de voces que, en su mayoría, asumen el lugar del victimario, no así de las víctimas. ¿A qué se debe esa decisión? ¿Cómo es que la voz de los poderosos reescribe aquí su propia historia?

 La decisión de construir el habla de los poderosos, o más bien, de gente poderosa, de personajes que abusan de su poder, de su cuota de poder (mujeres uniformadas, ministras, secretarias de estado, torturadores, inquisidores), se debe al intento de revelar intenciones criminales y desnudar el pensamiento de quienes en virtud del ejercicio de la autoridad cometen tropelías sin reconocerlo o, en el mejor de los casos, esgrimen sus argumentos para justificar el crimen en beneficio del bien común, pero solo cuando es el tiempo decretado para el olvido o la prescripción de los delitos; el momento de “desclasificar documentos”, registros donde está la evidencia de las maldades que ejecutan con total impunidad. Serían entonces ejercicios de “reconocimiento”, ejercicios de “revelado”, como si fuesen fotografías desechadas por mostrar una mala imagen. Están pensadas, estas voces, como marcas e imágenes sacadas de la basura, que manchan a las Instituciones, como fantasmas que reaparecen para descomponer la fachada pulcra de nuestra civilización, justamente cuando en los Medios se habla de modernidad, tratando de ocultar su origen. Me acuerdo de un viaje a Brasil, entrando a un museo que exponía, en grandes dimensiones, las maquetas de los barcos negreros. Esa potencia de las imágenes permanece en la memoria.

Creo que el periodismo ha hecho un excelente trabajo de denuncia, hay libros de expertos, documentos escritos, documentales como “Fuego inextinguible” de Farocki, sobre el napalm (citado en el libro), pero quise incluir varios elementos para establecer una relación entre diferentes formatos y estilos. Ya que aludes a las voces de los victimarios, quisiera decir que están presentes también las voces de las víctimas, como la de un judío converso perseguido por la Inquisición, o la de un niño árabe, víctima de los desastres de la guerra en el Medio Oriente.

Es un libro con muchas entradas posibles. Un libro lleno de puertas y ventanas por las que entrar o salir. Un libro que yo diría que necesita puertas de emergencia, incluso, porque a veces nos basta una, dos o tres páginas para leer y ver demasiado intensamente eso que hemos visto tantas veces repetido en formatos de prensa y otros que más que punzar, adormecen la mirada. No hay capítulos, además, ni orden cronológico que ofrezca al lector una guía de la que sujetarse a la hora de aventurarse en este angustioso y a la vez paródico laberinto. ¿A qué responde esa decisión?

Como tú dices, la lectura de este libro puede resultar angustiosa, y yo diría laberíntica, y esa podría ser una de las condiciones para abordar la materia que lo configura. Son tantas las bifurcaciones que aparecen a partir de la mirada escrutadora del lector que es posible pensar en innumerables combinaciones para ingresar o escapar de esos materiales agobiantes. Sin duda la parodia a veces aporta una chispa de humor en medio del recorrido elegido. Recordando a Cortázar y el “Libro de Manuel” o “Abaddón” de Sábato (las únicas novelas mencionadas), cuando hacemos un híbrido con la literatura creo que se corren riesgos. En este caso corrí el riesgo de inducir a la lectura de variadas formas e interpretaciones a través de “conductos irregulares” y de las variadas traducciones de un texto que se arma a partir de la mezcla. Quise arriesgarme con la repetición; con los restos de materiales descartados; con imágenes dejadas de lado; con recortes, fragmentos o trazos borrosos de una realidad sumergida; con los enlaces producidos por noticias extemporáneas y datos históricos. Lo interesante era producir choques o fracturas en la saturación de un texto hecho pedazos.

Pero si alguien quisiera algo más ordenado puede seguir una secuencia organizada por el índice.

El libro asume la cuestión de la memoria desde una perspectiva, sin duda, colectiva, donde el nombre de la autora podría incluso estar tachado. No hay en él un yo testimonial, sino más bien un afán documental que no por ello deja fuera el registro de la ficción. ¿Cómo definirías el lugar que ocupa la ficción en este libro? Y en ese mismo sentido, ¿qué lugar le asignarías al “autor”?

 La ficción me da la excelente oportunidad de realizar variaciones de un tema, como en la música, por lo tanto ocupa un lugar destacado e imprescindible.

Pienso que el nombre de un autor o autora no debería estar tachado en la medida que es el nombre de una persona que se hace responsable del resultado de su propia creación, que puede ser comprendida, criticada o rechazada por un posible lector o lectora. Al mismo tiempo merecen mi consideración todos los posibles integrantes de una obra que intervienen en el proceso de la composición, es decir, valoro el trabajo de mis antecesores también como artífices de un trabajo concebido de manera colectiva, poniendo el acento en la colaboración, y no en la propiedad individual. El método sería una especie de trasvasije del conocimiento heredado con mayor o menor conciencia, con más o menos destreza. La gestación y la difusión del conocimiento no tendrían por qué ser mantenidas como un coto vedado o como un sitio al cual tuviesen acceso solo los privilegiados. En este sentido, aquello que cuestione los procedimientos que presuman de originalidad o aquellos signos que resten preponderancia a la noción de propiedad intelectual serán recibidos y utilizados por mí de manera coherente. Se trata de tener a mano los recursos que otorguen significado a la vinculación de asuntos que provienen de diferentes ámbitos y de tener la voluntad para vincularlos. Si alguien minusvalora los préstamos, las citas y las impropiedades, no debiese asomarse a este tipo de libros.pantallazo 2016-06-02 a las 23.46.30

La imagen de la cruz está presente en la disposición que haces de los materiales a lo largo del libro. Se trata de una imagen que es parte de la iconografía cristiana vinculada a la muerte y resurrección del “flaco inri”, como lo llamaba Raúl Ruiz; sin embargo, me parece que también pone los textos en una situación de encrucijada, invitándonos a verlos en coordenadas de derecha, izquierda, superior e inferior. En definitiva, ¿cómo relacionas esta imagen con la memoria del país?

La cruz divide la página y demarca nichos para los recortes de prensa; es una figura que contiene, que determina. Pero además nos remite a una cultura que se escuda en la tradición de nuestra civilización cristiana para erigirse frente al mundo como Verdad Absoluta. Me resulta inquietante todo lo que se esconde bajo esa arrogancia, sobre todo si indagamos en los mecanismos que la han hecho imperar o prevalecer sobre otras culturas. La cruz está presente para recordarnos que es un símbolo y una carga de la cual no podemos desembarazarnos tan fácilmente.

La relación entre la memoria y la figura de la cruz en un país que se declara cristiano es clave. La ausencia de cruz en una tumba inexistente, para muertos cuyos restos no aparecen, es una marca en nuestra memoria y la imagen del patio 29 con las cruces señaladas como NN para los asesinados en la Dictadura, persiste como recuerdo grabado a fuego para quienes hemos estado allí. Es como si la cruz también significara un vacío.

Finalmente, la expresión “Retratos hablados” nos remite a un imaginario eminentemente policial, propio, tal vez, de una novela de detectives. Son retratos realizados a partir de los señalamientos que dan las víctimas para que pueda reconocerse y eventualmente juzgarse a los culpables, cuyo rostro se vuelve apenas aprehensible a los ojos de una experiencia traumatizada. La estrategia del retrato hablado invita a la víctima a esforzarse por recordar, a la vez devuelve al fugitivo el lugar de perseguido. ¿Hasta dónde opera la metáfora en este libro?

En este caso son los propios retratados los que revelan su verdadera identidad, “para que pueda reconocerse y eventualmente juzgarse a los culpables”, como tú bien lo señalas, al menos en un lugar simbólico o en la conciencia de quien lea e interprete sus monólogos e inéditas confesiones.

Pocas personas pensarían en la criminalidad asociada a líderes políticos, cuya habla a medida que se hace explícita los identifica, o bien les asigna una posible identidad. Si hay un motivo para mí, que sugiera o me obligue a inventar un “discurso del poder”, es la obsesión por desenmascarar el discurso de aquellos que seducen a los demás con su verborrea mentirosa del bien común y del sentido común, que en realidad encubre la lógica del interés individual, el abuso o la codicia. Un esfuerzo enorme supuso en cada caso elaborar el monólogo de todo cuanto me produce rabia, dolor y tristeza, que me parece reprobable y ruin. Hice el esfuerzo de ponerme en el lugar más incómodo para mí, acudiendo a la absoluta libertad que otorga la ficción. Conseguí una estructura para el libro que podrá suscitar interés en quienes no se desanimen ante un simple experimento; en él encuentran cabida la poesía, el teatro, la memoria, la política, los símbolos, las notas al margen, los inventarios, personajes históricos… y un archivo.