“Lo que nos inspira no son los premios sino los principios. Aquí, con reconocimientos o sin ellos, hemos luchado y lo vamos a seguir haciendo”, señaló Berta Cáceres, líder del pueblo lenca, al medio español El Diario hace un año. En esa entrevista también denunció la impunidad con que actúan los agentes represores contra los activistas del medio ambiente: “aquí es muy fácil que a uno lo maten. El coste que pagamos es muy alto. Pero lo más importante es que tenemos una fuerza que viene de nuestros ancestros, herencia de miles de años, de la que estamos orgullosos. Ese es nuestro alimento y nuestra convicción a la hora de luchar”, destacó la ganadora del premio Goldman por detener la instalación de una represa en territorio lenca en Honduras. Sólo ocho meses después de esa entrevista, el 3 de marzo de 2016, Berta Cáceres fue asesinada en su casa.

Según el último informe de Global Witness, en 2014 fueron asesinados 116 activistas medioambientales en 17 países, un 20% más que en 2013. El 40% de los asesinados son miembros de pueblos indígenas, como el lenca, al que pertenece Berta Cáceres. El país que lidera estos asesinatos es Brasil, mientras que Honduras ocupa el cuarto lugar.

La denuncia del sistema extractivista llevó a Berta Cáceres a tener notoriedad internacional: “En Honduras se vive una situación trágica. A medida que han ido avanzando las grandes inversiones del capital transnacional, con empresas vinculadas al sector poderoso económico, político y militar del país, esas políticas neoliberales extractivistas han provocado también un aumento de la represión, criminalización y despojo a las comunidades, que han sido desplazadas de manera forzada”. La líder lenca también denunció que “los que rechazamos estos proyectos de muerte somos amenazados, amenazan nuestras vidas, nuestra integridad física y emocional, la de nuestras familias y comunidades enteras, nos quieren negar la existencia como pueblos originarios. Vivimos en un clima de impunidad y de nula administración de justicia”.

Además, Berta Cáceres visibilizaba la doble lucha que tenía que dar como mujer e indígena: “no es fácil ser mujer dirigiendo procesos de resistencias indígenas. En una sociedad increíblemente patriarcal las mujeres estamos muy expuestas, tenemos que enfrentar circunstancias de mucho riesgo, campañas machistas y misóginas. Esto es una de las cosas que más puede pesar para abandonar la lucha, no tanto la transnacional sino la agresión machista por todos lados”, declaraba.

Sobre los vínculos entre los pueblos indígenas, las luchas medioambientales y los sistemas políticos institucionales, Cáceres criticó que las luchas “se desprecian e invisibilizan porque para quienes tienen el poder político y económico son un mal ejemplo. Inspiran la lucha emancipatoria de los pueblos y demuestran que sí son posibles otras formas de vida que protegen el planeta. Esto es contrario al proyecto de dominación hegemónica que se impone en todo el mundo y que pretende saquear los recursos estratégicos de los pueblos”.