Es lo que estamos viendo en Brasil, con lo sucedido con Dilma Roussef.  Es lo que se quiere lograr también en Venezuela. En la mira quedarán Bolivia y Ecuador. Mire lector/lectora, que casualidad. Justo esos países, como si los acusadores estuvieran libres de todo pecado. Hay que abrir los ojos a este nuevo intento por intervenir desde dentro y fuera en los rumbos que toman nuestras sociedades y es algo también que se puede enjuiciar más allá del éxito o no de determinadas políticas y orientaciones.  Por cierto, llama la atención el silencio de las fuerzas “progresistas” en Chile respecto a esos sucesos. No extraña la forma de desinformar del duopolio o de una televisión cooptada hace rato por avisadores, rankings y dueños o propietarios privados.

Ahora se une al coro, venido desde más allá, desde el norte y Rajoy, nada menos que Latam. Si, esa nueva línea aérea, de la que algo sabemos, ha dicho –para echar más leña al fuego-, que no aterrizarán en los aeropuertos venezolanos. Mire que bien no. Nada parecido a esto hicieron estos señores todos, incluyendo parlamentarios en Brasil y en los otros países, cuando las dictaduras militares de seguridad nacional se tomaron nuestra América con una crueldad y violencia pocas veces vista (¿se ha dado el trabajo de averiguar el número de detenidos desaparecidos que hay desde Centroamérica hasta nosotros y Argentina por el sur,  hasta el día de hoy). Por eso uno reclama, porque cansa tanto cinismo, volteretas y doble estándar. Cansa tanto vaciamiento del accionar político-democrático, convertido ahora en servidor impenitente de las necesidades de los bancos, los grandes empresarios y los organismos internacionales. Pero, como no. Los que quieren derrocar a Dilma, Evo, Maduro o Correa, dentro y fuera del continente ocultan sus motivos y sus alianzas tras el emblema de palabras bellas como democracia, justicia, derechos humanos.

Es el tiempo de la banalización generalizada: cualquier cosa es “democrática”, pero, según de quien venga. Cualquier acción es violatoria de derechos humanos, pero depende, si, depende de quién sea que los pasa a llevar.  Los mismos que en buena parte de esos países han tenido históricas conductas antidemocráticas e incluso violentas, ahora posan, como no, de grandes demócratas y quien no está de acuerdo con ellos es un “populista” (porque, claro, comunistas quedan ya muy pocos y no son real amenaza para el sistema) y merece el cadalso.  Cómo hemos avanzado no, en estos años de globalización neoliberal.  ¡Qué densa cultura política tenemos! Lo que está sucediendo en Brasil, y se quiere realizar en Venezuela y los otros países, no es algo nuevo por lo demás.

Se acuerda usted estimado lector y lectora de Manuel Zelaya Presidente en ejercicio de la República de Honduras- liberal por lo demás- (bueno sería se entere por el nivel de pobreza e inseguridad que tiene ese hermoso país). Fue sacado intempestivamente de su casa a horas de la noche y subido a un helicóptero, con la complicidad del Congreso hondureño, fuerzas militares y otros organismos. ¿Cuál había sido su pecado? Querer introducir una papeleta más de a votación que permitiese saber la opinión de los hondureños respecto a una nueva constitución. Se iniciaba así una nueva fórmula para destituir gobiernos, coaliciones y presidentes incómodos para el establishment dominante en el propio país, para algunos organismos internacionales y, claro, para los USA, sin necesidad, por el momento de dar los tradicionales golpes militares.

Después fue Lugo, lo recuerda, en Paraguay. También, fue impedido de terminar su periodo por el Congreso paraguayo bajo una argucia. Lugo aparecía como el primer líder que no surgía de los dos partidos tradicionales de ese país que se habían repartido los poderes durante la época de la larga dictadura de Stroessner, un militar.   Y ahora, le ha tocado a Dilma y al PT en Brasil, basado en acusaciones no comprobadas e instalando un gobierno interino que se ha puesto a gobernar sin haber ganado ninguna elección y con un programa contrario al que resultó ganador con 54 millones de votos. Pero como no, demócrata -ahora-, es un gobierno al servicio de la banca, las finanzas y el orden global del capital y sus organismos, en primer lugar; después, están las promesas hechas a los ciudadanos para hacerse del poder. Ahora sí que hay democracia en Brasil (ponga atención, allí han tenido tres presidentes que han gobernado sin votación alguna a favor:  Sarney, Itamar, Temer)  ¡ Que gobiernen las elites y sus amigos de dentro y de fuera, comprobadamente corruptos también! ( más de un 60% del parlamento brasileño tiene alegatos de corrupción en contra), incluidos el actual presidente interino y varios de sus ministros.  Gobiernan ahora   suprimiendo ministerios, y -nuevamente, lo mismo se dio con Rajoy en España-, responsabilizando al gasto social en los ciudadanos (más o menos pobres) de ser los “responsables” de la supuesta crisis económica ¿Cómo podríamos llamarle a esto?  ¿Cinismo a favor del mito del “libre mercado”? ¿Cinismo sin límites por la ambición ilimitada de poder? Los poderosos, más o menos oligárquicos, aristócratas o arribistas, han impedido en siglos que podamos tener una sociedad justa, igualitaria y decente para todos y todas.

Lo han hecho siempre bajo justificaciones espurias (apuntaladas sea desde Europa o los Usa ) : los indios y los suyos son incapaces; los trabajadores y su utopía de la sociedad nueva, son ineficaces e inútiles, o flojos y tienen pelo largo; los de ahora, bueno, son por cierto populistas, o cuando no, incluso terroristas. A nuestras elites de poder globalizadas en verdad nunca les ha interesado mucho la democracia, una de verdad, que tenga en cuenta y represente la voluntad y soberanía popular, por sobre los dictados de los mercados, las finanzas, sus medios de comunicación, los millonarios de turno y sus epígonos.  Una democracia que pueda doblegar su poder concentrado nunca ha estado en sus planes.


Académico U. Alberto Hurtado