Quiero discutir de por qué el feminismo, en su radicalidad, nos incomoda a todxs, nos caga y libera la vida al mismo tiempo.

En el último tiempo hemos podido ver un auge en la discusión sobre feminismo y ser feministas, sobre todo en los espacios universitarios. Frente a los descalificativos con que hemos sido históricamente deslegitimadas —exageradas, histéricas, locas— , que no buscan otra cosa que defender la norma patriarcal, se han ido construyendo figuras de la feminista light y buena onda, que intenta desligarse de la caricatura de bruja y feminazi, para decir que “las feministas  no somos mala onda ni ‘matamachos’, el feminismo también es para que los hombres puedan llorar”, porque claro, hay que ofrecerles un motivo para que se unan a la causa, pues no puede ser que no sean también el centro de esta, como si la historia no hubiera invisibilizado ya lo suficiente a las mujeres.

Estas nuevas figuras marketing del feminismo, buscan darle un aire liviano a esta postura política, amparándose  en el postulado de la igualdad entre géneros. Pero, ¿hasta qué punto esta figura se enfrenta a las violencias más implícitas, arraigadas, cotidianas e invisibilizadas? ¿Hasta qué punto estamos dispuestas a incomodarnos frente al otro? Finalmente, estas figuras reproducen la invisibilización de las opresiones más arraigadas hacia las mujeres,  sin cuestionar las violencias cotidianas. Cuando Angela Davis, militante comunista y feminista negra, proclamó el manifiesto más básico de nuestro pensar, “el feminismo es la idea radical que las mujeres somos personas” ,lo cual puede parecer muy obvio, excluyó de esta definición objeto sexual, territorio de libre acceso a machos, trofeos legitimadores de masculinidad, cuestiones representadas en la norma del carrete contemporáneo en que los amigos comentan “vo dale más copete y listo”, “no podí calentarle la sopa así y después decirle que no”, “si te dice no, es porque se está haciendo la difícil”, reproduciendo soterradamente una cultura del acoso y la violación, responsabilizándonos siempre a nosotras por esta apropiación del macho de nuestras cuerpas. “¿Te gusta tener sexo con varios hombres al mismo tiempo frecuentemente?”, fue una de las interrogantes que le planteó un policía, al momento de hacer la denuncia, a la joven que sufrió de una violación colectiva en Río de Janeiro.

El feminismo incomoda porque, como dijeran las compañeras de los 70, “lo personal es político”. Discutir de ámbitos considerados “privados” e íntimos como la sexualidad, las relaciones interpersonales y la naturalizada violencia cotidiana descoloca a quienes se sienten interpelados y quieren salvar su posición de macho privilegiado con derecho a acosar,  y potencialmente, violar y matar a las mujeres. El feminismo incomoda porque cuestiona algo tan profundo como nuestras identidades, y rompe con la superficial buena onda implícita en las relaciones sociales y las apariencias que a toda costa se quieren sostener, aunque por debajo las prácticas revelen una impregnación de ego y violencia machista. El feminismo no puede sino definirse por su incomodidad, porque estamos todas, todos y todes atravesados por la estructura patriarcal, haciéndose inevitable que nos enfrentemos constantemente a la cultura que legitima el acoso, abuso y asesinato de mujeres, encarnada por el sujeto opresor histórico,  el hombre, quien está lejos de ser víctima de las patologías heredadas de su padre, sino que es, ni más ni menos, un hijo sano del patriarcado. Porque no son casos aislados, son manifestaciones de una cultura misógina que año tras año, semana tras semana, repite sus patrones mediante las violaciones colectivas como la vivida por la joven brasilera, y el despojo de tu sentido de la vista vivida por Nabila Riffo este año y Carola Barría el 2013. Aquí no hay ninguna casualidad.

Las feministas seguiremos cayendo mal, seguiremos siendo las feminazis, las ácidas y las cuaticas, esa que incomoda en el carrete, en la universidad, con las amigas y amigos, con el papá, hasta que la violencia más sutil hacia las mujeres, deje de naturalizarse y existir. Si no es incomodando,  no removeremos jamás, los pilares que legitiman el demérito de las mujeres en todas las esferas de la sociedad, si no hubiese sido por la situación incómoda de denunciar al profe acosador, al amigo violador, a las miradas lascivas en la calle o en el carrete. Si no fuésemos tan incomodas, la sociedad seguiría impávida ante el dolor de Nabila, de la joven de Brasil, y de las cuatro atacadas y dos asesinadas en un fin de semana en el país, violentadas por el solo hecho de ser mujer,  en una sociedad que nos quiere putas, monjas, locas o muertas. El feminismo nos cagó la vida porque en la calle, en la casa y en la cama sufrimos de constantes incomodidades, contradicciones y cuestionamientos. Pero a su vez, el feminismo y la historia feminista nos permiten imaginar la posibilidad de cambio reconociendo nuestra autodeterminación y resignificando nuestras cuerpas.


Antropóloga, Universidad Alberto Hurtado