Todo sistema educativo se ve definido por la realidad política, social y cultural en la que se desarrolla. En ese sentido, la educación en su conjunto ha sido un espacio de consolidación y reproducción de los patrones hegemónicos y de sus respectivas relaciones de poder, teniendo un papel fundamental a la hora de institucionalizar normas, valores y costumbres que legitiman roles y estereotipos de género, basados en los determinantes biológicos de hombres y mujeres.

Cuando hablamos de sexismo en la educación nos referimos, en primer lugar, a la existencia de ideologías y prácticas que generan valoraciones desiguales entre lo masculino y lo femenino, otorgando mayor prestigio y valor a aquello que arbitrariamente se empalma con la naturaleza de los hombres y discriminando o postergando lo comúnmente asociado a la de las mujeres. En segundo término, los agentes educativos son responsables de validar una socialización de género coherente con la definición antes mencionada. Es decir, se enseña el modo correcto en el que se debe ser hombre o mujer, extendiendo un puente obligatorio entre lo genital y la identidad de las personas.

Así, mujeres y hombres son encasillados en modelos conductuales y de creencia que se cristalizan en los contextos de enseñanza-aprendizaje. Este entramado repleto de simbolismos y expectativas opera desde el Currículum Educativo, que a su vez se despliega en dos formatos: el explícito y el oculto. Dentro del primero, encontramos desde la invisibilización de las mujeres en asignaturas como Historia o ciencias, hasta los supuestos beneficios de los establecimientos educacionales segregados por sexo, haciendo del sexismo un contenido legítimo que da forma a lo “correcto” y lo “normal” en una sociedad. Si bien, en la actualidad existen reparos con respecto a lo anterior, como es el caso de la modificación de ciertos textos escolares desde una perspectiva de género e inclusión, la transmisión de modelos discriminatorios y de subordinación pasa principalmente por el conjunto interiorizado y no visible del currículum. Nos referimos a aquellas construcciones de pensamiento no conscientes que determinan las relaciones y prácticas sociales entre mujeres y hombres. Por otra parte, el currículum oculto está compuesto por todos los mensajes que se entregan sin que medie en ellos una pretensión intencional. Hablamos, por ejemplo, de la orientación de asignaturas como femeninas (Lenguaje y Comunicación y Artes Visuales) o masculinas (Matemáticas y Filosofía), que a la larga generan el menoscabo del desarrollo de un pensamiento abstracto en las mujeres, desposeyéndolas también de herramientas críticas o creativas para la comprensión de la realidad. Evidencia de lo anterior, es la brecha de género que puede observarse en los resultados de mediciones estandarizadas como el SIMCE, la PSU o la prueba PISA[1].

A lo anterior, debemos agregar que en nuestro sistema de educación sexista, esta definición de lo masculino y femenino, como construcción binaria, ha segregado también a la diversidad sexual.  El pasado martes 17 de mayo se conmemoró el día contra la homo/lesbofobia, la bifobia y la transfobia. En 1990 la OMS eliminó la tipificación que consideraba a la homosexualidad una enfermedad mental. Junto a lo anterior, se ha buscado avanzar en derechos y terminar con la discriminación por identidad de género y orientación sexual durante décadas. Durante el 2015 se expuso públicamente unos de los primeros casos de discriminación a una niña transexual en un colegio en Chicureo. La Superintendencia de Educación multó por 5 millones de pesos al establecimiento por no aceptar tratar a la alumna de acuerdo con su identidad de género.

Hoy, en nuestras escuelas, liceos y colegios se ha trabajado de manera muy somera en contra de la homo/lesbofobia, la bifobia y la transfobia. Lo más usual ha sido el desarrollo de campañas publicitarias, pequeños programas de orientación, y diversos instrumentos de evaluación a las instituciones educativas en relación a estos temas para supervisar los avances. Si bien creemos que estos nuevos espacios fomentan una educación que busque superar la discriminación, no es menos cierto mencionar que estas medidas no han logrado subsanar de las instituciones un problema que les es estructural.

El sistema educativo chileno se ha consolidado como un sistema sexista, machista y discriminador. Creemos que para avanzar realmente y construir una educación no sexista, es necesario que volvamos a pensar la educación desde una perspectiva distinta en el marco institucional y curricular, y así poder generar cambios de base. Las y los estudiantes ya están avanzando en estas demandas. En el 2014 los alumnos del Instituto Nacional, uno de los mejores liceos públicos del Chile, cuestionaron la tradición masculina de su institución, y se han organizado en muchos otros establecimientos demandas que marchan por el mismo camino, y que están incluidas en la mayoría de los petitorios que hoy levanta la movilización de las y los estudiantes secundarios.

Es necesario, entonces, que como profesores y profesoras comencemos a demandar una educación verdaderamente inclusiva, que fomente el fin a la discriminación de género y que contemple la diversidad de orientaciones sexuales e identidades de género desde el aula. En una sociedad donde la violencia machista se ha vuelto cotidiana, esta demanda se vuelve urgente.

[1] En el año 2015 el 89% de los puntajes nacionales fueron obtenidos por hombres y solo el 11% por mujeres según los resultados de la PSU entregados por el DEMRE. En el SIMCE para Segundos Básicos el 2013, las mujeres obtuvieron puntajes más altos en Lenguaje, mientras los hombres en matemáticas según  los datos entregados por la Agencia de Calidad de la Educación.


Camila Arenas – Rosario Olivares. Construyendo Movimiento Docente Organizado.