Nunca he estado a favor de teorías conspirativas, pero hoy de frente a la situación de la Presidenta Bachelet y de cara a la cantidad de “femicidios” políticos que tocan nuestras fronteras, mi instinto duda. Tras la querella de la mandataria chilena contra revista Qué pasa, la cuestión de la libertad de expresión, pasa a ser uno de los nichos argumentativos más ricos para criticar a la Presidenta. Nota tras nota, articulo tras artículo, se habla de la ‘lapidación’ de una presidenta “furiosa”, “fuera de control”, de una mandataria “a-política”. La querella de la presidenta, sin embargo, no se lee como un intento de limitar las libertades de la prensa. Juan Pablo Hermosilla, el abogado de la mandataria, lo ha repetido. El primer texto de las escuchas de Juan Díaz que “delata” entre varias personas a la misma presidenta no es el problema. La querella se plantea en base a la rectificación y luego edición de la misma el 27 de mayo, cuando el texto excluye a los otros involucrados para centrase en Bachelet. La cuestión de la libertad de expresión es tangencial a la demanda, por muy dura que se plantee la pena para los periodistas. Para ir al grano, la nota no es un texto informativo o de opinión. Es una operación dirigida de recorte, edición y selección de datos, lejana a cualquier pretensión de objetividad, cotejo argumentativo o virtuosidad de pluma. ¿Cuál es la libertad de expresión que desafiaría Bachelet, entonces?

Vox populi, se cree que la presidenta no debería detenerse en estas pequeñeces. Sólo termina validando las calumnias. La estructura formal de su querella resulta además problemática. Bachelet presenta la demanda como persona natural y, al mismo tiempo, usa algunas de las investiduras del poder que detenta. Inscribe a La Moneda como su domicilio y como testigos a tres actores de su coalición. Es ciudadana pero también, inalienablemente, presidenta y por ende, el reclamo a su honra deviene autoritario. Toda la nación se ve afecta por las nimiedades y negligencias que la contaminan. Chile no es una republica bananera, aunque ahora avance lento. Un presidente debe trascender este tipo de coyunturas. Debe ser asertivo, vigoroso, inescrutable y certero en la defensa del ethos patrio. Por eso Sebastian Piñera, ex presidente de Chile, el 4 de junio afirma que aguantó estoico los dichos de la prensa en su mandato. Como presidente, buscaba un bien mayor “Siempre hay que privilegiar la libertad de prensa –explica el multimillonario-, libertad de expresión y de opinión, porque sin esa libertad todas las demás libertades pierden su sentido”.

No hay, claro, coerción de libertades en que pocos días después de presentada la querella el presunto nuevo candidato presidencial sea portada de La Tercera, diario del mismo conglomerado económico de Qué Pasa.  Su propósito es meramente patrio. No es de atención que bajo discursos como los de Piñera, se de cabida a la reproducción de una prensa poco heterogénea. Una prensa, como reconoce Lorena Fries, cooptada por un puñado de grupos económicos. No es de notar que, bajo el poder empresarial, se someta a medios y periodistas que, en ocasiones, se transforman en mera fachada de aspiraciones de poder e incurran en denostar a facciones de la opinión pública, naturalizar ideas o a manipular encuestas… Después de todo, la misión de los medios es generar esa animadversión: una esfera virtual de enunciación. Y los comentarios en los medios electrónicos demuestran el ánimo que se crea no solo pone en cuestión el profesionalismo de los periodistas, sino que los lectores reclaman por insatisfacciones múltiples: por las reformas aceleradas, por los zurdos de mierda, por los fachos sin remedio, porque siempre es la misma cosa, por los tiempos pasados, etc, etc. Nadie podría afirmar que los comentarios –respecto de articulos informativos, de cultura u otros- se vuelven serviles al culto neoliberal de quienes encabezan los diarios. La libertad de expresión es la insignia de los jaguares; chapas que honran a Chile y los acercan a potencias como Estados Unidos. Lo que se forma es opinión: un régimen moral a través del que se desprecia enardecidamente al ladrón de televisiones y se honra al éxito económico.

Hoy lo que hace Bachelet es enfrentar ese capital simbólico que se comparte, de forma inconsciente, por gran parte de los chilenos. Yo “sospecho –dice la mandataria sobre la querella- que aquí hay más que un error, porque hay una intencionalidad política clara. Yo creo que basta de mentiras, hay límites y esos límites se traspasaron. Yo quiero que se reconozca que hubo un error (…) Tiene claro además que su sospecha no sólo se vincula a colores políticos, es más transversal. Se yergue justamente en esa mentada libertad de expresión que, para la mandataria, en ocasiones, “desinforma”. Esto porque “cuando la libertad de expresión está en unas pocas personas, unas pocas familias, no sé si es una libertad de expresión total”. Así, con animosidades y todo, es posible que Bachelet este sentando un gesto histórico, quite o no quite la querella. Una presidenta –contaría la fábula- se presenta como ciudadana ante los tribunales de justicia. No lleva capital ni medios como otros, sólo su honra. Claro, ella es ‘especial’, no es como el resto de los ciudadanos, pero desde esa corte –que se amplia por la tierra de Chile- realiza un guiño político mayor: renuncia finalmente a su faz Mater (tiene muchos hijos putativos que la atacan). En cambio elige su dignidad sin disfraz y con ella afirma simbólicamente, que sin distinciones de género, ella no necesita disfraces para ser mandataria. Quizás son ellos, los otros,  los que requieren más investiduras. Esos presidentes que aseguran que el sentido común se encuentra en la extensa libertad de expresión de nuestros tiempos.


Escritora y Doctora en Estudios Latinoamericanos, Universidad Libre de Berlín