El boom mundial que se vive con el Fado portugués no obedece tanto a una de esas modas pasajeras con que la industria suele llenar el espacio comunicacional cada cierto tiempo como a que este género musical reclamaba hace tiempo su ubicación y reconocimiento en el repertorio universal de la música popular.

Lo realizado por la artista lisboeta Carminho la noche del pasado martes 7 en el Teatro Nescafé de las Artes superó todo precedente para erigirse como un verdadero acontecimiento musical de nuestra cartelera anual.

Con una escenografía sobria, con un telón liso de fondo sobre el cual a cada cambio de color se recortaba nítido el perfil de los músicos en el proscenio, y acompañada de un trío de maestros que comprendía tan sólo las cuerdas de una guitarra portuguesa (un instrumento parecido en forma a una vachalia pero con un sonido mucho más guitarrístico y menos agudo); una guitarra acústica y un bajo acústico, la cantante se presentó ante la audiencia y de inmediato su presencia copó todo el espacio. Vestida elegantemente con una tenida que realzaba su estatura y su figura estilizada- hay que decir de partida que esta artista tiene un físico muy bello y distinguido- Carminho arremetió con una serie de fados tanto evocativos y pausados como otros más festivos y sincopados. El impacto fue inmediato: la voz de esta artista de registro mezzo es simplemente un regalo para la percepción, dueña de una afinación nítida, un volumen de altísima fuerza y un vibrato que realzaba la sonoridad musical de su idioma natal llenó el espacio con una llamada a dejarse llevar por la serena sensualidad de este género tradicional lusitano.

Historias de amor y desamor, relatos del pueblo y su día a día, escenas de corte marino o de abandono, en fin, todo en ella lograba una comunicación instantánea. Carismática y simplemente encantadora, sus movimientos sutiles estaban llenos de ritmo y seducción, su manera de desplazarse a un lado u otro del escenario, de ocupar un gesto u otro en el momento oportuno o cuando invocaba al público a batir palmas, dejaba en claro que esta cantante conoce el oficio a la perfección. Profesional al límite y expresándose en claro español (Carminho tiene una hermana que vive en Chile y ha recorrido nuestro país numerosas veces) esta notable intérprete regaló una entrega musical llena de sentimiento, dulzura y realzada toda vez que ella demostraba el compromiso con su arte, desconocido para la mayoría del público chileno.
Confieso que a la cuarta canción ya mi distancia analítica de crítico se había disuelto, no podía distanciarme de la música de estos artistas para entrar de disquisiciones técnicas u estéticas ni nada. Me la ganaron y simplemente me dejé llevar por el resto de la velada por un disfrute de sutil, elegante y delicada sensualidad.

El trío de músicos que acompaña a la portuguesa es simplemente brillante, técnica y emocionalmente. Con ellos en escena, Carminho no necesita nada más. La sincronía y su sinergia es perfecta.
Carminho es un artista culta, sus referencias a la obra del poeta luso Fernando Pessoa, su versión de “Gracias a la Vida”- que en su voz por fin no sonó a demagogia fácil- y sus relatos familiares eran parte de un todo que por estudiado que pareciese, fluía con tanta naturalidad y además nos abría la vista a una cultura, la lusitana, que resulta ser una hermosa revelación.

Aquí relato una breve anécdota personal: el 2010 visité Lisboa junto a mi compañera de viaje (mi hermana Kuky, no sean malpensados) y de paseo por el Lisboa nocturno visitamos tabernas donde el fado sonaba como música omnipresente. Nuestra impresión fue la de una música algo triste y demasiado llena de nostalgia. No obstante, Lisboa es un puerto que mira al mar y tiene, guardando las distancias, cierto parecido con nuestro porteñísimo Valparaíso en lo que estos lugares tienen de romanticismo: saudade en el caso de la capital portuguesa, nostalgia en el caso de nuestra joya del Pacífico, pero escuchando los temas que Carminho relataba con su voz privilegiada, encontré que hay cierto vínculo con esos valses porteños que sólo pueden provenir de un lugar como Valparaíso.
Al final, la música es un lenguaje universal que se puede disfrutar siempre que se tenga la sensibilidad para ello. Tantos años de música me han llevado a la idea de que para escuchar música y disfrutarla hay que tener talento también, cierta inteligencia emocional que crea distinciones entre la gente. Carminho no es un artista para cualquier instancia. No podría ver nada peor que llevarla al festival de Viña, por ejemplo. Y perdón si esto suena elitista o clasista en cierto sentido, pero es cierto: hay una música que llena los espíritus con otras cualidades de la música convencional y el fado es una de ellas.

Al final, ella nos entrega su versión de “Perdóname” que cantara en su celebrado dúo con el español Pablo Alborán y se despide después de más de dos horas de concierto ante una ovación del respetable a la que me sumé sin reservas.
Carminho nos habló del amor en su concierto, yo tuve la dicha de compartir este recital junto a mi pareja y vaya sí se lo agradecí. Gracias al fado, Carminho nos regaló un corazón portugués hermoso, noble e hirviente de vida.
Obrigado.

Javier Valenzuela

Javier Valenzuela