Es cierto que Jorge Burgos durante su ejercicio como Ministro del Interior fue la cara visible de la represión.

Pero ese rol despreciable no solo ha sido solo de su propiedad. Todos los ministros del Interior han jugado ese rol de trazas criminales y derechamente similares a las de la dictadura. Y lo tendrán todos los que vengan. Y todos los otros ministros han sido cómplices de esa vergüenza.

No podemos aceptar que se diga yo no sabía, yo no estaba, lo mío era lo otro.

No esperemos que el enroque endogámico que ha cambiado uno por otro dentro de la misma lógica y paradigma cambie las cosas.

Y no pensemos que de milagro se va a decretar un alto al fuego en el Wallmapu y se va a prohibir la tortura contra niños estudiantes, y se va a eliminar como por arte del birlibirloque el apaleo como forma de control del orden público.

Y que un ataque de decencia se va a decretar la extinción de los gases y aguas pestilentes como técnicas en contra de los que protestan en pleno siglo XXI.

Tampoco creamos que en un arranque de cosa nueva y decente los policías culpables de los delitos cometidos al disparar a los mapuche, golpear a los estudiantes y manosear muchachas escolares, serán llevados a los tribunales y condenados.

¡En qué país viviríamos de ser eso posible! Señoras y señores, el mundo seguirá andando tal y como lo hemos observado en el último cuarto de siglo.

El caso es que la represión y la corrupción es consustancial a la cultura dominante. Es inevitable y tan necesaria como los hombres y mujeres bisagras que pululan por ministerios y asesorías diciendo que sí a todo, sin afectar sus espadas de tanto inclinarse.

Gente con buenos sueldos y excelentes articulaciones. Pero no nos salgamos del tema. Decíamos que esa gente de verde que apalea es tan necesaria para el régimen como los conversos, arrepentidos y marranos.

Y también decíamos que no cambia las cosas un cambio de ministro. Se ha visto y vuelto a ver.

Y tampoco cambian las cosas las cada vez más numerosas marchas de estudiantes enojados, endeudados y que en gran medida estudian carreras que no sirven para nada, salvo para formarse como deudores. Lo que va a comenzar a cambiar de verdad las cosas es cuando irrumpa una formidable resistencia civil en la que los poderosos no puedan mover el país solo por la vía de azuzar a sus tonton macoute.

Cuando ya nadie pague ese castigo diario llamado Transantiago ni ninguna cuenta y cuando a la gente le dé lo mismo la amenaza del descuento o del despido.

Cuando se haga una huelga que hasta el amor alcance, al decir de Belli.

Un estado de ánimo tal que sea la gente la que mande en su barrio, en su escuela, en su maestranza, en su manzana, en su hospital.

Se instalará un espíritu de tal envergadura que ya no será eficiente ni la amenaza ni el temor.

Y que el único miedo que circunde sea el del gusano explotador, el que ha hecho de la ganancia una religión, el que tiene por el garrote su única pedagogía, el que miente incluso cuando dice lo cierto.

Una explosión que demuestre a cada paso la fuerza imparable de la gente cuando pone en movimiento, más que la rabia de un momento, el odio de toda una vida, de toda una historia.

Las cosas comenzarán a cambiar cuando el izquierdista delicado, bien intencionado y mejor alimentado entienda que es legítima la violencia cuando se usa en contra del abusador, del criminal, del que de los sueños imposibles de la gente humilde, hace ganancia.

Cuando se haga sentir con toda su fiereza el mejor odio en contra del que lucra con el futuro del niño. Cuando caiga como hierro fundido sobre el que le roba al más pobre.

Y las cosas habrán cambiado cuando ya no sea necesario escribir de este modo.