En las faldas de los cerros de Renca, en la población Huamachuco 1, el apellido Castillo es una leyenda, y no precisamente por Nicolás, el futbolista que hoy se encuentra jugando por la Selección en la Copa América Centenario que se disputa en Estados Unidos y que fue goleador de Universidad Católica y de las infantiles del Defensor de Renca.

La leyenda se debe más bien a su padre, Luis Humberto Castillo, más conocido como el “Che Humberto”. “Cuando te hablan de fútbol en Renca te van a decir Che Humberto, Gallina, Chocolate, Pituto. Son jugadores que están en la memoria colectiva de cualquier ser humano de acá”, asegura Omar Yévenes, presidente de la Asociación de Fútbol Histórica de Renca.

Según cuentan, Humberto tenía menos carácter que su hijo, pero más técnica. “Acá en Renca el fútbol siempre ha sido agresivo. A Che Humberto muchas veces lo trataron de bajar no de la manera más deportiva. Los que querían pegarle terminaban aplaudiéndolo. Era como ‘te quiero pegar todo el partido pero cuando termine te voy a dejar una pilsen porque no pude vencerte’ “, cuenta Omar.

Un pequeño Nicolás fue creciendo como futbolista junto a su papá y como hincha de Católica junto a su abuelo. Jugaba con chicos hasta tres años mayores que él, haciendo goles hasta el punto de ganar el campeonato de la categoría Tercera Infantil, quizás incluso más significativo que las copas de adulto, ya que esta era disputada por los cincuenta equipos de la Asociación. En paralelo, desde los siete años ya era un barrista de la UC.

Fue a los once años que la pasión de su padre y de su abuelo se unieron en Nicolás. Luego de ir a una prueba a la UC y quedar seleccionado por el encargado del fútbol formativo, Rodrigo Astudillo, le plantearon que debía irse a vivir a la Casa Cruzada, el lugar en que el club alberga a los jóvenes con mayor proyección. Su familia aceptó.

“Cuando nos dijeron que tenía que irse a vivir a San Carlos, nos entró el pánico. Sentíamos que se alejaba de casa”, aseguró su madre en una entrevista con La Segunda.

A Castillo le empezaron a trabajar su carácter y rebeldía, a decirle que tenía que saludar a los árbitros, que tenía que cumplir horarios, y respetar a sus compañeros. En paralelo, el club realizaba una importante inversión por mantenerlo en la Casa Cruzada, un hogar que el joven abandonaría, pero al que después retornaría arrepentido para entrenar más duro. Hace un mes, su trabajo y el del club dieron resultados, cuando Católica –con una mayoría de jugadores formados en casa como titulares- ganó su campeonato número 11.

Don Alfonso, el reclutador de jóvenes cracks

Cruzados CDF

“A lo mejor es un poco frío respecto a la situación familiar, pero si creo que un chico de Villarrica a los 13-14 años tiene todos los ingredientes para ser un jugador de fútbol, me la juego con todo para traerlo de inmediato a vivir acá”, dice Alfonso Garcés (76), jefe de captación del fútbol formativo de la UC a quien se le atribuye el haber reclutado a gran parte de los jóvenes cracks del club, como Gary Medel, Mauricio Isla o Felipe Gutiérrez .

Incluso mientras habla con El Desconcierto, a Garcés le llegan datos de niños talentosos que piden ser vistos por el club. Con una carrera como jugador, técnico y captador, don Alfonso -como es llamado- sabe distintos métodos para captar. Ejemplos hay varios, como cuando se disfrazó para ingresar al Estadio Monumental –donde está vetado- y así poder reclutar a Jeisson Vargas, hoy joven figura de la UC; o cuando abordó a Felipe Gutiérrez mientras daba la vuelta olímpica en un campeonato en Petorca, se ganó la amistad de su familia y, en medio del cambio de Everton a Sociedad Anónima, logró “levantarle” al jugador el último día de traspasos.

Desde la década de los noventa que Católica se metió de lleno en la captación. Organiza campeonatos de todo tipo. Escolares municipales, particulares, de colonias, asociaciones con el fútbol amateur, campeonatos nacionales, regionales y comunales. De hecho, a Garcés las pruebas masivas de la UC ya no le llaman mucho la atención. “No te marcan mucho porque los ves una sola vez, vienen solos y el nerviosismo de los niños es muy alto”, explica.

Si hay algo que le preocupa a Garcés, eso sí, es cómo los niños manejan la cantidad de estímulos y expectativas a los que se ven expuestos con la fama. “Los papás no se deben engañar, deben tener una visión justa con el niño y no entusiasmarlo con algo que al final es una lotería. Si yo le digo ‘su hijo va a ser futbolista’ es una mentira. Con los estudios limitados y expectativas que hay, si no llegas a ser crack y ganar plata, es triste después”.

Los duros entrenamientos de Gary Medel

“¿Los clubes profesionales preparamos a los jugadores para la fama?” es una pregunta que también se ha hecho  el ex entrenador durante 20 años de las series sub 11 a sub 14 de Católica, Pablo Hewstone. “Personalmente creo que los clubes deberían obligar a los futbolistas a participar de algún proyecto social deportivo en el barrio. Para que así no lo pierdan, que vean que hay muchos niños que no salieron como ellos, que no tuvieron las oportunidades o las condiciones. Esto de “es posible llegar”, claro que es posible. Pero se sacan la cresta cientos de miles y no llegan”, asegura.

Precisamente, uno de los que “llegó” fue otro seleccionado nacional: Gary Medel.

El defensor era de esos niños a los que había que trabajarles lo que se llama “agresividad bien entendida”, que quiere decir la entrega sin pasar a llevar al otro. Pero requería trabajo.

En una ocasión Hewstone lo vio pegar un codazo a un rival en la cancha. A pesar de que el árbitro no lo había advertido, el entrenador decidió sacarlo de la cancha. Gary no entendió la decisión y se fue enojado, pero nunca más incurrió en esas prácticas.

Era un niño comprometido, que no faltaba nunca a un entrenamiento. Incluso, una vez en que estaba nevando en San Carlos y se quería suspender el entrenamiento, solo llegaron a entrenar los muchachos que residían en el club, un niño que tenía la fortuna de vivir cerca y el mismísimo Gary, que se demoraba dos horas y media en micro para llegar a San Carlos desde Conchalí. Fue el más entusiasta en que jugaran aunque fueran 45 minutos en el estacionamiento.

Al final de cada entrenamiento, Hewstone lo llamaba y le mostraba los lugares donde se había barrido. “Mira, quemaste el pasto, ¡eso es un buen entrenamiento!”, le decía.

 

Gary Medel

Gary Medel

“¡Janaqueooo!”

A pesar de las evidentes diferencias sociales de los niños que llegan al club, el trabajo formativo hace que todos se sientan parte de un grupo. El entrenador Pablo Hewstone era directo en marcar las diferencias, en pedirle al jugador que le sobraban zapatos si podía regalar un par al que no tenía, o en que el jugador al que lo había llevado la mamá al estadio se diera cuenta de que otro compañero había viajado por horas, pero redirigía esas diferencias hacia un sentimiento común que era ser parte de Católica.

Durante el período de Hewstone, las reglas las decidían en forma colectiva. Qué pasaba con el que no llevaba canilleras, chalas o llegaba tarde era una decisión grupal. En las giras le decía a los niños que llevaran tres pares de calzoncillos aunque la gira fuera de diez días, había que lavar la propia ropa y además ayudar con la limpieza de los lugares en los que se quedaban. También se pedía un cuaderno para evaluar el desempeño personal, de la línea en la que cada jugador jugaba y del equipo en general después de cada partido y se discutía en los desayunos.

Pero no todo eran deberes. De hecho, una de las cábalas más significativas de esa generación nació por una actividad recreativa. Durante un viaje a Villarrica, Hewstone gestionó una visita a un museo mapuche. No faltó el niño que le daba lata, pero el entrenador insistió en que era una instancia importante.

Mientras paseaban por los pasillos del lugar, repararon en la estatuilla de una mujer.

-Oiga y esa mujer, ¿quién es? – preguntó Hewstone a la guía del museo.

-Esa es la lonco Janaqueo –le respondió la guía, para luego explicar su historia de lucha y cómo había peleado por la libertad de su pueblo y la venganza de la muerte de su pareja, el cacique Potaén.

Volviendo a Santiago, Hewstone le preguntó al grupo de cruzados qué les había parecido el museo y la historia de Janaqueo. Al ver la respuesta positiva de los niños, les propuso inventar algún rito con esta historia. Al poco tiempo le presentaron una propuesta.

Si bien en la cancha estaban obligados a gritar el Ceatolei, en los camarines los muchachos tenían otro rito. Ahí donde cualquier sonido retumbaba al doble, empezaban a emular el sonido de tambores, sonido que iba creciendo hasta llegar al grito final: “¡Janaqueooo!”.

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Sueños de “El futbolista”

Para los barrios populares, recibir a los planteles de Católica era todo un acontecimiento a inicios de los 90. Llegaban con otra pinta y los pobladores y pobladoras los recibían con chocolate caliente, pancito con mortadela y otras cosas. Así, organizaron campeonatos en La Pintana, Conchalí o El Pinar de San Joaquín

Justamente cerca de este último sector vivía uno de los jugadores que llegó a ser figura del club, Luis Núñez –hoy preso por financiar una banda que internó 130 kilos de marihuana en Chile-. También vivía cerca uno de los casos más emblemáticos de jugadores que tenían todas las condiciones para llegar a ser ídolos de la UC, pero que otros factores terminaron derribando ese sueño.

Con cualidades extraordinarias, destacando en cada entrenamiento y partido, Israel Salazar era uno de los niños con mayor proyección del fútbol formativo de Universidad Católica. Tanto así, que al poco tiempo de su estadía en el club fue considerado para permanecer en la residencia especial que la UC tenía para los niños con mayores condiciones.

A los tres meses, alejado de su entorno y en un silencioso barrio de clase alta, Salazar ya estaba aburrido:

-Profe, ¿sabe qué? Ya no aguanto. Quiero irme a mi casa, con la gente en la calle.

Al poco tiempo el “Isra”, como lo conocían en La Legua, dejó definitivamente la UC. Años más tarde adquiriría relevancia como uno de los hombres más buscados por la policía. Cayó detenido en un operativo en el que no se disparó una sola bala y luego preso por los cargos de tráfico de drogas, asociación ilícita para el narcotráfico y amenazas de muerte al fiscal regional Alejandro Peña.

Salazar era un muchacho al que su padre lo había abandonado junto a su hermano. Su madre, por otro lado, convivía con un reconocido narco conocido como “J.R”. En una entrevista con El Mercurio, desde la cárcel, declararía: “Uno no puede reclamarle a la juventud por su falta de oportunidades. Yo hubiera podido ser futbolista, pero no tuve a nadie a quien decirle necesito arreglar primero esto. En La Legua, una población de gente humilde, algunos se tienen que meter obligadamente en lo que no deben. Si por barrer todo un mes la calle te dan 80 mil pesos…  ¿Quién vive con eso ahora si el kilo de pan ya vale luca?”.

En ese tiempo una de sus parejas estaba esperando un hijo suyo. Casi a modo de proyección de un sueño, Salazar ya le tenía un sobrenombre incluso antes de que naciera: “El futbolista”.