Son las 20:55 en el Cariola. Chile acaba de ganarle a Bolivia con un dudoso penal que convierte Arturo Vidal. Al teatro parece no importarle demasiado, falta poco para Bersuit Vergarabat. Abundan las pañoletas palestinas y las barbas. Es treinteañero el público que espera a la banda argentina. Claro, hace una década, cuando Bersuit estaba en su auge, con Gustavo “pelado” Cordera a la cabeza, casi todos los hombres del público eran entonces imberbes y con 20 años se desnudaban para sacudir las poleras.

Desde que el conjunto trasandino con 28 años de carrera, volvió a reunirse en 2011 tras una separación de tres años que costó la partida de su vocalista y más representativo rostro, Cordera, la banda ha sacado tres discos; el último: “La nube rosa”, que la noche de este viernes 10 de junio, presentó en Chile.

El recital dio su puntapié inicial veinticinco minutos tarde; pero da igual, ahí estaba el Cariola con una cancha repleta y un palco gritón, llamando al grupo con el clásico cantito usado para estas ocasiones: la introducción en percusión del tema “Murguita del sur”, más un rápido y poderoso “¡Bersuit!”.

Hasta que salieron, empijamados, como es el hábito. De la banda original quedan aún siete de los nueve integrantes que hoy la forman, rostros envejecidos pero no cansados, fiesteros como siempre, aunque sin esa locura de hace diez años, cuando hacían subir a mujeres del público para que bailaran con las tetas al aire en la canción “Hociquito de ratón”, o cuando “Se Viene” era un reventón de trapos en manos de una desbordada masa calórica en catarsis.

Aún así, esa cadencia, el quilombo de Bersuit Vergarabat, volvió a aparecer este viernes. De los 30 temas que largaron, 10 fueron de “La nube rosa”, tocando el disco completo, que para muchos críticos es el mejor de la trilogía post-quiebre, destacando la canción del mismo nombre, además de “Cárcel, hospital o muerte”, “Apunado”, “Agradezco”, y “Que hable de vos”; pese a que aún la banda no logra empinar composiciones como lo hizo con entregas anteriores, al menos hasta el “Testosterona” (2006).

En el público: olor a chicle y a marihuana. En el escenario: el guitarrista Alberto “Tito” Valenzuela ya va en su segundo cigarro, mientras Daniel Suárez, uno de los vocalistas, baila una cumbia suavecita que combina con pasitos de tango, y Germán Sbarbati, la otra voz principal, se caga de la risa. La gente les grita cosas, la proximidad lo permite, ellos responden con los brazos, hablando, “Si ya estás bien, convidá” le dice Suárez por micrófono a un espectador que se desplomó borracho en medio de la hermosa “Barriletes” y que interrumpió por unos segundos el recital. Así es la cosa, sencilla, humana, cercana. Entre amigos, todo queda aquí, entre amigos.

Asimismo, y en la línea política que los caracteriza, a las Madres de la Plaza de Mayo, les dedicaron -como siempre- la canción “Vuelos”, que habla de los llamados “vuelos de la muerte”, practicados en Argentina para deshacerse de detenidos durante la dictadura militar. A diferencia de Chile, en que se arrojaban cadáveres, en el país vecino los presos eran lanzados vivos.

La banda, además, dedicó dos canciones a los estudiantes chilenos, a los que aludió en reiteradas ocasiones durante el recital, en la voz de Daniel Suárez, quien llevaba una polera que rezaba “Bersuit por la educación pública, gratuita y de calidad”. El vocalista contó que este jueves 9 de junio, en medio de la marcha de la Confech, el olor de las bombas lacrimógenas se coló hasta el hotel donde alojaban, mientras miraba, desde la ventana y con admiración, cómo secundarios y universitarios resistían en las calles. Así fue como el movimiento estudiantil se llevó los temas “Se viene” y “El tiempo no para”, cover del músico Cazuza.

Un concierto ameno y lleno de lealtades, con las infaltables clásicas que dispararon a la banda internacionalmente, como “Yo Tomo”, “Señor Cobranza” (original de Las Manos de Filippi), “Perro Amor Explota”, “El Viejo de Arriba” o “Negra Murguera”, esta última interpretada con las voces de la agrupación de murga “La Urdemales” a quienes invitaron al escenario, logrando uno de los más altos momentos musicales y emotivos de la jornada.

A diferencia de antiguos recitales, los de Bersuit sin Cordera son estrechos y más cálidos. Lejos del exitismo y cerca del abrigo, la banda hoy tiene algo que antes le faltaba: Ternura. Confianza. Proximidad. Un concierto con la presencia de lo que sucede en los encuentros familiares: alguien se cae, la mesa cojea, golpea la radio que así funciona, qué importa, que siga la fiesta.