Al filo de este helado otoño del 2016, el histórico grupo de jazz fusión de los años ’80, Quilín, ha instalado por fin un testimonio grabado de su música. Para quienes se incorporan tarde a nuestra sintonía, digamos que Quilín fue tal vez el primer grupo chileno que en el páramo cultural de fines de los ’70 y comienzos de los ’80 -cuando en esta aldea campeaban los sonidos de la ultrajante onda disco o el lloriqueo permanente del Canto Nuevo y no había más alternativa que ésas- que se atrevió a tocar un jazz fusión muy actualizado pero que contrariamente a otros grupos de fusión locales como Latinomusicaviva o el Sexteto Hindemith, no le debía nada a la veta folklorizante o autóctona que ha caracterizado desde siempre a los grupos chilenos más “experimentales”.

Lo suyo era el jazz de ese minuto, que tanto recogía influencias del Miles Davis más tardío como del expresionismo europeo de algunas bandas del sello ECM, sin preocuparse tanto del rollo de la “identidad chilena” que debía tener nuestra música pop de avanzada.

Cabe decir que de inmediato el grupo logró la aceptación de la escasa muchachada que por entonces se nutría de esa música. Era normal ver en los conciertos de Quilín, siempre en salas chicas, a los mismos tipos con sus chaquetones largos y a pocas palomas enfundadas en sus pantalones ajustados y rostros de indiferencia desafiante.

Y bueno, Quilín era una banda que hacía falta en ese entonces. Aunque para muchos de los más rockeros, como yo, su música hacía gala de una abstracción demasiado intelectual y un poco fría para las necesidades de carrete en esa época. No obstante, el grupo contaba con toda nuestra adhesión y sin embargo nunca dejó grabada una obra oficial, aunque muchos pirateábamos en casette algunos temas suyos que la radio Beethoven tenía en sus reels y que cada cierto tiempo emitían al aire.

Impulsado por el liderazgo creativo y estético del guitarrista Alejandro Escobar, la música del grupo siempre dejó un remanente de calidad que ahora, treinta años después, podemos decirlo, no fue debidamente apreciada en su momento.

Carátula Quilín - ADN

Por eso ahora su disco, titulado apropiadamente “ADN”, resulta una escucha obligatoria tanto para quienes sobrevivimos al temporal como para quienes ahora desean estar al día con la música chilena actual.

Primera sorpresa: todos los tracks son de autoría reciente, o por lo menos, ninguno pertenece al repertorio que escuchamos en los ’80. Con lo que se aprecia que la banda no quiere nada con los rollos de nostalgia. De todos modos, tienen razón: nadie en su sano juicio, desea volver a los ’80.

Segunda sorpresa: los temas poseen un swing y una rítmica que descolocan ante el recuerdo de esa densidad abstracta de su anterior obra. Incluso hay una clara relectura del blues que sorprende y gusta de inmediato por su calidad.

La banda mantiene intacta su cualidad timbrística: el grupo suena como siempre sonó, sólo que mucho más desenvuelto y frontal en varios temas. El disco está muy bien grabado y con un inteligente uso del estéreo. Posiblemente me equivoque, pero algunos solos de guitarra, que deben ser del otro guitarrista Roberto Hirsch, brillan por su intensidad y precisión, ya que el estilo solista de Alejo Escobar es siempre más reposado y contenido. La info del disco no lo aclara en todo caso. También se pueden destacar los solos de saxo de Juan Carlos Neumann, que por momentos suenan atronadores y en otros pasajes con una diafanidad casi bucólica.

La base de Isidro Alfaro en bajo y Jaime Labarca en batería nunca pierde la solidez ni el fiato para solventar la estructura de los temas. No vamos a descubrir ahora lo buenos músicos que estos chicos siempre fueron, así que a no extrañarse por la potencia, la nitidez y la intensidad que el Quilín versión 2016 posee ahora y de las que por fortuna dejan testimonio en este disco.

De los once temas del CD hay harto para escoger y destacar. Se trata de una placa parejita en cuanto a calidad y sin desniveles visibles, con lo que se puede concluir forzosamente una alegre cuenta final: Quilín está de vuelta y estos años de paréntesis le hicieron bien a sus integrantes, que suenan aquí más convencidos y talentosos que nunca. Se nota que aprendieron bien de todos estos cambios que el jazz tuvo en estas décadas y que sus talentos solistas se consolidaron. El arte del disco es sobrio y sin retórica visual ni textual. Por Quilín pasaron muchos talentos nacionales que son mencionados con justicia aquí y la formación actual de la banda es casi la misma de sus orígenes. A celebrar, muchachos, tenemos de vuelta a un gran grupo, uno de los nuestros.

Y este disco es un imperdible.


Académico, escritor y crítico musical