Al suroeste de Moscú, en el cementerio de Novodévichy, donde algunos de los protagonistas de estas memorias duermen bajo hojas secas de abedules y un museo de esculturas tan fastuosas como inextinguibles, una tumba que casi ninguna imagen muestra llama la atención: el cuerpo de un hombre pequeño nace de una inmensa piedra irregular con forma de gorila. El gorila lo rodea con sus brazos, se nota que lo quiere, que han sido en vida muy buenos amigos, salvo que no se trata de un gorila sino de un chimpancé.

El chimpancé es Mimus, había aprendido ya tres o cuatro letras del abecedario, pronunciaba algunas sílabas y renegaba con la “s” el día que murió. Su amigo, el entrenador Vladimir Dúrov, no había encontrado con quien dejarlo y cometió el error de llevárselo de gira por Bielorrusia, donde el chimpancé pescó una pulmonía. Lo quería tanto que le cedió su cama para que se recuperara; él dormía mientras tanto en una colchoneta, a pasos de ese mono con el que permanece abrazado en la estatua que hoy los inmortaliza a ambos.

Dúrov provenía de una familia rica, era hijo de un noble que trabajaba ad honorem como oficial de la policía en la época del Zar y su herencia la había invertido en una academia de animales. El asunto lo había decidido la tarde en que lo habían expulsado a él mismo de una academia: cursaba estudios secundarios en el prestigioso Liceo Militar de Moscú y tuvo la ocurrencia de entrar a dar un examen de religión caminando sobre sus dos manos. A los profesores el malabar no les causó ninguna gracia, lo miraron con desprecio, llamaron al Bedel y una hora más tarde Vladimir fumaba a la intemperie en la escalera del Liceo pensando en qué iba a hacer con su vida.

De repente el asunto estuvo claro: se dedicaría a ser payaso, un payaso pobre que tendría un circo, escribiría obras sencillas para niños y cuidaría de sus animales. Esa tarde no regresó a casa, rompió filas con los de su clase, traicionó un destino y terminó brindando por la revolución. La revolución no la entendía bien, pero le bastaba con que ésta convocara al desarme de las potencias bélicas mundiales y apuntara a la construcción de una nueva comunidad internacional formada por los seres más débiles o postergados. Entre esos seres Vladimir calculaba que debían estar sin duda los animales, tan así que el primer espectáculo infantil que montó llevaba por título “¡Liebres del mundo, unías!”.

Por esos años el comunismo no tenía nada para repartir que no fuera hambre, pero a la entrada del teatro el payaso se las arreglaba igual para regalar a cada niño una zanahoria a fin de que le dieran de comer a los actores. Los actores eran liebres de verdad que él había amaestrado para que lucharan contra un grupo de conejos que custodiaban una reproducción a escala del Palacio de Invierno. La obra era demasiado literal, cierto, pero los niños reían a carcajadas, con mejillitas pálidas que enrojecían de alegría desgarrando el corazón del gran Dúrov.

El espectáculo incluía a un pequeño oso que subía y bajaba el telón vestido con una camisa azul, el oso había ido creciendo y ahora Dúrov enviaba cartas al Comisariado del Pueblo pidiendo dinero para comprarle una camisa nueva. No había cómo convencerlo de que en circunstancias como las que atravesaba Rusia no era grave que al osito le quedara corta la camisa o se presentara simplemente desvestido. Dúrov era insistente y solía argumentar con toda seriedad que no podían pagarle así cuando durante la guerra él le había ofrecido a la Marina sus focas amaestradas para que lucharan contra los submarinos alemanes. Todos creían que era un chiste, pero no era un chiste: en el libro que publicó en 1929 venía una copia de la carta de respuesta firmada de puño y letra por el Comandante a cargo: “El Estado Mayor ha examinado la propuesta del señor Dúrov concerniente al adiestramiento de los animales –focas y fundamentalmente leones marinos- con el objeto de su utilización en la guerra marítima, y encuentra esta proposición muy interesante”.

Su amigo Ehrenburg recuerda que por eso mismo Dúrov siguió insistiendo con lo de la camisa, esto a tal punto que un día consiguió por fin audiencia con el mismísimo Lunacharski, el funcionario que en tiempos de Lenin había quedado a cargo del Comisariado de Cultura: Lunacharski prometió darle vueltas al asunto, pero Dúrov lo vio dudar y dejó que del bolsillo de su chaqueta saltara una de sus ratas. La rata estaba entrenada, hizo unas piruetas y se paró en dos patas mientras el Comisario saltaba aterrado y le gritaba que la retirara de inmediato. “Usted no entiende –le decía Dúrov-: esta rata está solidarizando con su camarada el oso”.

Con una de esas ratas se había presentado un mediodía a comer con Ehrenburg en La Coupole y “se sorprendió en extremo cuando las damas comenzaron a gritar histéricas dentro del local”. No entendía cuál era el problema: estaba viejo, no conocía las costumbres de París y por la noche los habían invitado con su esposa a un salón de baile en la rue Blomet. Ninguno de los dos bailaba, pero Dúrov observaba con atención cómo bailaban las demás parejas: “Mira, mamita, cómo se frotan el vientre. ¡Tienen los mismos reflejos que los papagayos!”, le comentaba a su señora. Ehrenburg lo había visitado antes en su academia de Moscú y Dúrov lo había conducido hasta una piscina para presentárselo a sus animales. No se veía a nadie, pero cuando el payaso dijo “este hombre es escritor, poeta y amigo de los animales”, los lobos marinos y las focas salieron repentinamente del agua y se pusieron a aplaudir sacudiendo sus aletas.

Dúrov explicaba con entusiasmo que estos animales que no paraban de salpicar agua helada eran seres extremadamente limpios, mucho más que los humanos, como lo eran también los gatos, los perros o incluso los cerdos, que si se revolcaban en el barro era justamente para deshacerse de los parásitos. La excepción a la regla eran los monos, que solían dispersarse y ensuciar todo de repente. Aunque claro que Mimus no lo era, porque Mimus era tan pulcro que aquella mañana en que dormían en el hotel el payaso vio desde su colchoneta cómo el mono se levantaba en silencio, tomaba un puñado de papel higiénico y se dirigía al baño. Esa mañana alcanzó a dar dos o tres pasos antes de caer muerto boca arriba, con el puñadito de papel apretado en una de sus manos.

A Dúrov los ojos se le llenaron de lágrimas, ese año había comprado una jirafa y se le había muerto Baby, un cachorro de elefante que lo acompañaba a hacer todos los trámites. Del capitalismo el comunismo -el de esa época al menos- se distingue por amplias razones, pero también por detalles nimios: mientras el payaso comunista lloraba como un niño recostado sobre la oreja enorme de su paquidermo, en el país de Donald Trump el inventor Edison electrocutaba a una elefanta para exhibir las cualidades de su nuevo hallazgo: la silla eléctrica. A un animalito no se le hace eso, mascullaba el gran Dúrov, a cuyo entierro acudieron no por nada multitudes de padres que lo habían disfrutado de niños y niños que no se soltaban de las manos de sus padres. En su testamento había vertido como única exigencia que el día de su muerte al cementerio fueran todos sus animales, dejó un sobre con dinero para los gastos del traslado y bajo el sol primaveral de Novodévichy lo despedían ahora sus ratas amaestradas y sus liebres, la jirafa y el fox terrier, y por supuesto que también sus leones marinos y sus focas, quienes aplaudían en medio de la gente sacudiendo sus aletas.

Uno de los caballitos a los que Dúrov había amaestrado tuvo menos suerte y ahora trabajaba tirando de un trineo. Su dueña no entendía por qué cuando pasaban cerca del Manezh, dónde había estado el circo, el caballito hacía algo tan raro: se paraba sobre sus dos patas como un caniche y después movía el lomo como si bailara un vals. Había sido educado para el arte, no para tirar de un carro, y evidentemente no había logrado olvidar a su maestro.


Escritor y profesor Universidad de Chile