El diagnóstico general es conocido. Es del mercado editorial la responsabilidad de que no se lea poesía, no de los autores. Este mercado privilegia bestsellers internacionales y, de este modo, desplaza la importancia de las obras poéticas. La gravedad del hecho es de atención. Chile es una patria de poetas. En su pasado, Mistral, Neruda, Tellier y Lihn, entre otros, alumbraron -con el puro tesón de su pluma- al país. Pocos de ellos tuvieron recursos para escribir, pero eso no les importó. Su entrega sin límites venció a lectores e instituciones. Con todo, el año 2010 –que marca un punto de inflexión en el campo literario-, por obra de las hegemonía editorial, se elige a Isabel Allende para el Premio Nacional de la Literatura y el hecho desata una bullada polémica. La autora pierde su calidad por comercializarse y atender a gustos internacionalistas. Autores como Alejandro Zambra opinan que la condecoración de Allende: “es un balde de agua fría para la literatura chilena, es un desastre. Es como si le dieran el Premio Nobel a Paulo Coelho. O el Premio Nacional de Música a Lucho Jara”.

Para muchos el clientelismo del certamen es conocido, pero en la ocasión parece traspasa extremos. No es azaroso que ese mismo año se levanten con nuevo vigor iniciativas editoriales alternativas como La Furia del Libro de microeditoriales o la Editorial de la Universidad Diego Portales que engruesa su línea abocada a poesía chilena. En estos libros, los poetas aparecen retratados en grandes portadas que invitan a sus robustas obras completas. En Chile los sujetos se encuentran alienados, sin ningún aspiración vital más que acumular bienes. Pero los poetas –cuya pluma se ilumina bajo la perdurable herencia del pensamiento romántico y sus variaciones filosófico-científicas- proponen el último discurso redentor. Ellos son próceres; sus obras son testimonio de que entregan su vida a la causa nacional. Probablemente son los únicos que soportan con fe incólume la dictadura militar y la transición postdictatorial, viviendo de un oficio despojado de intereses.

Su consigna es honrar los valores perdidos de aquella patria que fulgura aún, allí donde las mortecinas estrellas poéticas de nuestro territorio se olvidan. Los autores en competencia para el Premio Nacional de Literatura 2016 –a ser dirimido en los próximos meses- alcanzan la decena pero una gran mayoría parecen portar la misma insignia. Descienden de otros tiempos, de esa tierra perdida. No se integran al ethos progresista que habitamos porque les resulta injurioso. Casi todos se mantienen al margen. Floridor Pérez (Cochamó, 1937) -en entrevista con el Mercurio- explica que merece el galardón por su poesía “nacida y crecida en la ruralidad provinciana”. Esta, su ‘denominación de origen'”, lo ha llevado por América y Europa. Su origen es “lárico, lúdico, lacónico”. En el mismo medio, Pedro Lastra (Quillota, 1932) acota que es difícil destacar un valor particular dentro de su obra poética, pero apela a su entrega a un oficio tan legendario como desprestigiado. Ha sido maestro en la enseñanza básica, ha sido profesor de liceo y además de universidad. Más aún, ha vivido dedicado a la literatura sin más interés. Incluso Thomas Harris (La Serena, 1956), inclinado a una versificación más experimental que integra el jazz y la cultura pop, enfatiza que su trabajo surge en una “época que fue compleja; y en provincia, en Concepción”. En otras palabras, todos son embajadores de valores olvidados de Chile. Rasgo que –sin intención de homogenizar estas plumas- también se presenta en algunos de los otros vates postulados. La lista es esta: Manuel Silva Acevedo, Pedro Lastra, Elicura Chihuailaf, Claudio Bertoni, Teresa Calderón, Omar Lara, Hernán Miranda, Carmen Berenguer, Juan Cameron y Diego Maquieira.

Así hoy el aura de esa ‘humanidad perdida’ que representan los vates, con las redes de comunicación virtuales, ha congregado alrededor de sus campañas pequeñas o medianas comunidades de seguidores que abrazan sus versos. En ocasiones, para impresión de los autores incluso es visible el culto a sus imágenes. Claro, ese fanatismo no es de su responsabilidad; es señal –se piensa- de que la cultura poética finalmente está cambiando. La obras de estos autores se encuentra permeada por una retórica de orígenes perdidos y postulados binarios entre ‘gran literatura” y ‘literatura comercial’ y así sus libros se vuelven índice de una legibilidad y legitimidad apropiada y excluyente. Pero es con justificación. Si su poesía se instituye como una palabra preponderantemente moral es táctica. Por momento, la mentada aislación y ascetismo de los poetas se vuelve doctrinal con el objetivo de contraatacar a las grandes editoriales. Como muestran sus hablantes líricos autobiográficos, los poetas transitan por su vida aguantando el paso de las estaciones de la deshonra que dichas empresas van presentándole, para redimir la cultura chilena. Estos son tiempos más propicios; una casa editorial universitaria respalda a la mayoría y a su vez legitima su palabra y el lenguaje de sus versos que se amplia.

Porque los poetas al parecer no son conscientes de los derroteros de su heroísmo, del tufillo eclesiástico de sus palabras. De que como resultado de sus gestos de pontífice, la cultura chilena se reproduce como una estructura reglamentada cuyo trazado se esboza sobre estructuras –como he sugerido, excluyente y binarias- que tienden más a la veneración de figuras que a la apertura del campo de cultura. En realidad, los sellos internacionales, no son lo únicos causantes de la deshonrosa marginación de los poetas. De hecho, ni siquiera son responsables de que el 52 por ciento de los habitantes de Chile declare ‘no leer’. En lo que a la poesía respecta, ocurre que no cualquiera es un ‘lector’ en Chile. Serlo no sólo implica competencias concretas. Significa más que leer libros, implica formar parte de un campo simbólico. Leer poesía chilena envuelve asimilar ciertas coordenadas estéticas y compartir una exclusiva ostensión moral. El lector debe entregarse a un supuesto arduo anti-capitalismo y a una puja trascendente casi espiritual. Ejercicio que se presta, en algunos casos, para reverenciar a los poetas y la forma en que, por “amor patrio”, se purgan. La responsabilidad por la carencia de lectores, en realidad, es del establishment literario chileno que condena a los bestsellers como equivalentes de una pudorosa y legibilidad presurosa, casi ilegal. Es por ello que Pedro Lemebel, uno de los pocos poetas y escritores que vindicó esta estructura bastarda nunca recibió el mentado premio. Hoy, no obstante, cambiar este tejido cultural es justo y necesario: poetas como Elicura Chihuailaf y Teresa Calderón trazan otras geografías y economías de deseo que son necesarias para ampliar el régimen de disciplina del lector chileno.


Escritora y Doctora en Estudios Latinoamericanos, Universidad Libre de Berlín