Si existe una experiencia humana que los conflictos armados buscan destruir es la de la infancia. La pérdida de la niñez no es un efecto colateral, una consecuencia no deseada de las invasiones o la colonización, sino más bien un lugar de intervención, de producción de una determinada forma de vida. Por eso, no es una casualidad que Israel se haya convertido en un Estado que, secuestrando menores de edad, ha batido el record mundial de la minoría de edad encarcelada. De acuerdo a los datos de Defense for Children International, en abril de 2016 habían 106 niños palestinos de entre 12 y 15 años en condición de detención militar, 12 de ellos niñas. Si subimos la cifra total a 17 años, se llega a 414 niños privados de libertad. Este importante número tiene un impacto severo en una población palestina para la que no se respetan derechos civiles ni políticos, de manera que el encarcelamiento de menores (así como también su asesinato), funciona como una medida traumática, que recuerda constantemente las consecuencias que puede tener levantarse políticamente contra la ocupación israelí. Según la organización AdDameer “Las fuerzas de ocupación han detenido a los niños palestinos de manera sistemática, en el contexto de campañas de detención como castigo colectivo. Estos niños son sometidos a diferentes formas de tortura psicológica y física, y no se les concede protección. Las fuerzas de ocupación explotan la detención de niños buscando luego utilizarlos como informantes, extorsionando económicamente a sus familias, y forzando a sus familias a pagar grandes multas financieras para asegurar su liberación. La detención de niños tiene un impacto destructivo en el nivel de la salud mental de éstos, lo que a menudo conduce a los niños a desertar de las escuelas”.

La infancia no representa tan sólo el futuro de una sociedad, sino una experiencia en sí misma, demasiado presente. Reprimir a la infancia, secuestrarla y colocarla en centros de detención militares es un gesto extremo pero intrínseco al poder soberano sobre la vida. Menospreciándola como una forma incompleta de la vida humana, la infancia es una imagen patente de la separación que el poder establece entre una vida cualificada, capaz de ser sujeto político y una mera vida. Adultez e infancia pueden ser comprendidos como un campo de fuerzas con dos polos que pugnan y fluyen entre sí. El poder sobre la vida reside, en este sentido, en la administración del flujo, en la destrucción de la infancia como forma ontológica del humano y su reducción a un estadio de vida controlable y conducente al vacío progreso. Por eso, a la población palestina en su totalidad se la infantiliza, para darle la forma de la mera vida, al tiempo que a los niños palestinos se les hace entrar rápidamente en la adultez, donde ya siempre estarán separados de la infancia. En ese gesto de la máquina productora de adultos niños y niños adultos, el poder intenta asegurar la fragmentación total de la vida humana. En este sentido, es terminando con la infancia que el Estado busca frenar la resistencia, no la del futuro, sino la de hoy.

Una evidencia terrible es que los niños palestinos no son siempre separados de los presos adultos, sino que conviven con ellos, en las mismas condiciones y los mismos tratos, a pesar de una orden militar de Israel que establece la obligatoriedad de la separación. Al igual que los presos adultos, los niños palestinos secuestrados por las fuerzas de ocupación son interrogados sin presencia de un abogado o pariente y sin registro grabado de los interrogatorios. Allí, son obligados a firmar documentos inculpatorios en hebreo (lengua que en su gran mayoría no hablan), son golpeados por los agentes israelíes, atados con cintas de plástico, humillados verbalmente y amenazados de muerte o de ser violentados sexualmente. Durante los arrestos, el 86% de los niños dice haber sido vendado en los ojos, 70% declara que ha sido revisado desnudo y el 84% que no fue informado de sus derechos. Y aunque parezca increíble, la detención de los niños continúa por años aún cuando pueden ser liberados, dado que se les sanciona -además del período de encarcelamiento vivido- con una “sentencia suspendida”, que se activa cuando el menor es detenido nuevamente.

Es muy probable que el secuestro por parte de Israel de niños palestinos continúe aumentando, dado que en diciembre de 2015 la Knesset (parlamento israelí) aprobó preliminarmente una ley para encarcelar niños palestinos desde 12 años en adelante bajo la acusación de terrorismo, la que afectará tanto a los palestinos de ciudadanía israelí como a los de Jerusalén Este. De esta manera, la cárcel como experiencia se prolonga como un fantasma en la vida de los palestinos, transportados por la máquina de la ocupación hacia una adultez pasiva.

Sin embargo, debemos atender a la infancia como un lugar imposible de capturar. Ella termina abriéndose paso, de alguna manera, porque es la vida misma como potencia absoluta. Lejos de intimidar a los niños palestinos, éstos siguen siendo los principales actores de las protestas contra la ocupación. Tal vez sea porque la infancia en la que habita siempre todo humano, la comprenden mucho mejor los niños, para quienes el espacio, que los adultos intentan sacralizar, no es más que escombros de la catástrofe desde donde encontrar una piedra y resistir. La infancia puede ser secuestrada, pero ella no termina ahí, porque es la persistencia misma de quienes se alzan contra el poder soberano. Si los adultos que busca crear el poder soberano son aquellos que han sido educados para ser parte de una trama consumada desde siempre, tan cómoda como dominante, “los niños -dice Walter Benjamin- siempre disponen de la renovación de la existencia como de una práctica centuplicada, nunca entregada a la parálisis” [1]. Una política infantil es aquella que pudiendo ser secuestrada y torturada, no renuncia nunca a la renovación de su existencia. Esa es la política que los palestinos han llamado Intifada.

 

[1] Benjamin, W., Denkbilder. Imágenes que piensan, trad. Navarro Pérez, J., Abada Editores, Madrid, 2012, p. 126.


Doctor en Filosofía, Universidad de Chile