La lucha por recuperar la educación como derecho social lleva más de 10 años, los estudiantes y los diversos actores del movimiento por la educación han ido posicionando temáticas que sobrepasan las demandas gremiales o de mayor financiamiento, y han orientado la lucha a transformar el sistema educativo como base para construir una mejor sociedad para todos y todas.

La escuela, bajo la visión tradicional, es concebida como uno de los primeros agentes de socialización de las personas, además de la familia, por lo tanto, no solo cumple el rol de entregar el curriculum oficial con los contenidos académico (conceptuales, procedimentales y actitudinales), sino que también entrega un currículum oculto, en el cual se definen el conjunto de normas, costumbres, creencias, lenguajes y símbolos, siendo una fuente de aprendizaje y reproducción social para todas y todos los actores que conforman las comunidad educativa. Es la escuela, a través de ambos currículos, uno de los espacios donde se reproducen los roles y estereotipos en torno a cómo hoy, tanto hombres como mujeres deben comportarse en la sociedad.

Es necesario entender que el sexismo se encuentra presente en cada relación social, tanto dentro de lo público como de lo privado, como cristalización de los factores socio-culturales que operan en nuestra sociedad, por lo tanto, no podemos concebir a la escuela como única responsable de la superación del sexismo, sino uno de los agentes relevante que operan en esta la tarea.

El diagnóstico es claro: la educación en Chile está plagada de sexismo, en donde desde la pluma de los hombres, la historia se ha escrito bajo sus concepción de vida y realidad, mientras que el papel de la mujer ha sido relegado e invisibilizado. El discurso prevaleciente dentro de los libros es la de hombres protagonistas de las ciencias, de las matemáticas, de la historia, hasta del lenguaje y las ciencias sociales.

Si miramos las salas de clases e identificamos cómo se distribuyen los roles y la participación al interior del curso, las niñas son instadas a un comportamiento que gire en torno al servicio de otros, en donde sus necesidades quedan en segundo plano. En muchos casos se observa que las niñas asumen roles más discretos, mientras que la mayoría de las veces, el liderazgo lo ejercen los varones, lo cual es respaldado, sin darse cuenta, por las y los docentes, esto se traduce en que la participación de las niñas en las actividades académicas sea menor que los hombres, y con ello sus aportes suelen ser más simples o con menor grado de profundidad.

Son estas dinámicas que se reproducen a diario en todos los niveles del sistema educativo, las que se relacionan directamente con la elección de carrera universitaria o la especialización del área técnico profesional. Carreras vinculadas a la salud, a la enseñanza, al servicio son generalmente estudiadas por mujeres, mientras que las carreras que giran en torno al pensamiento abstracto, como las matemáticas, son principalmente las elegidas por los hombres. Esto lleva también a cómo hoy valorizamos ciertas áreas disciplinarias versus otras y cómo la precarización está a la orden del día en las profesiones “femeninas”, claro ejemplo las pedagogías.

Punto aparte es el cuestionar cómo se está formando a las y los docentes para tratar este tema en la sala de clases, la inclusión en la malla de pedagogías en torno a temas de género queda relegado a la autonomía de cada universidad, en donde su construcción es hermética y conservadora, donde los estudiantes y/u otros actores no tienen incidencia real y efectiva.

Reimaginar un sistema educativo que sea un instrumento para transformar la sociedad, exige incorporar la educación no sexista como una demanda central del movimiento estudiantil, pese a lo tardía y tibia recepción de los diversos sectores por elevarla como una bandera de lucha. Si no es el movimiento social por la educación quien la ponga a la palestra, no serán los poderosos o el gobierno de turnos quien lo haga, la conquista por nuestros derechos históricamente nunca se nos ha dado gratuitamente, han sido los movimientos sociales quienes los han rescatado a través de años de lucha.

Con instancias como el Congreso Nacional de Educación No Sexista, que se realizó a finales de septiembre del año pasado, que pareciese ser un puntapié inicial de la generación de conocimiento y aporte del movimiento estudiantil en ésta área, pero no pareciera hacer suficiente ruido en sectores que lo han relegado a un tema meramente coyuntural y que carece de importancia frente a temas como el financiamiento o democratización. Al igual que nuestro apellido materno, es un mero anexo de la demanda principal.

Hoy la tarea es clara: la educación debe ser un motor transformador de nuestro país, en donde nuestras diferencias no den paso a la segregación ni a la desigualdad, sino que debe ser la herramienta que fortalezca y nutra el aprendizaje de todas y todos.

 


Constanza Latorre y Sofía Guajardo, militantes Movimiento Autonomista PUCV