Con este su segundo libro recientemente publicado, Greta Montero Barra (Coronel, 1986) entra de lleno en la elaboración de una poética sutil en sus complejidades, pero efectiva a la hora plasmar una poesía donde la mezcla adúltera es norma y el espacio es compartido por una suma de intimismo y contingencia que nunca se decanta por ninguno de ambos polos.

Balada del señor cuervo (Ediciones Overol, 2016) se pasea tanto por las callejuelas de la población Alessandri en Coronel como por los dominios de Thornfield Hall, por la literatura victoriana y las películas del cable: las memorias familiares podrían llegar a confundirse con el anecdotario de los protagonistas de Jane Eyre, Ancho mar de los Sargazos o, en suma, un grupo acotado de narrativas que tienen como denominador común el acento en las demandas de género, en las modulaciones de una voz feminista que tensiona las posibilidades de la lírica para dar con el tono reivindicativo que busca.

Dividido en tres secciones (“El cautivo mar del Golfo de Arauco”, “Balada del Señor Cuervo” y “Nuestros nombres fueron cubiertos y reescritos sobre el cuerpo de algunos de estos poemas”), el libro establece una diégesis donde una serie de eventos y memorias se suceden sin que tengamos mayor información (ni tampoco se necesite) en torno a la locación de los mismos ni acerca de la voz que los narra.

En “El cautivo mar del Golfo de Arauco” vemos la recreación de un mundo familiar donde cobran especial relevancia la figura de las amigas y las hermanas, en consonancia con el epígrafe con que se abre el libro. No es casualidad, entonces, que la biografía de las hermanas Emily y Charlotte Brontë sea traída a colación de manera central como uno de las fuentes intertextuales más socorridas del conjunto. Y si bien es probable que no todos los lectores de Montero conozcan con exactitud los detalles de la vida de estas dos escritoras victorianas, ese supuesto peligro, por llamarlo de alguna manera, se subsana en la medida en que la suma de referencias a distintos aspectos de estas autoras (mundos creados por ellas, entorno familiar, personajes de sus novelas), todos se suman para solventar una atmósfera que resulta convincente en su totalidad y no requiere de entrar a dar explicaciones que aquí no vienen al caso.

Lo importante es que estos poemas de Montero crean sus propios mundos imaginarios a partir de otros, son capaces de ponernos en un contexto urbano a partir de la recreación de otros contextos urbanos, el de la ciudad de Coronel para el libro que hora nos ocupa.

Es evidente que un tono narrativo abunda en estos poemas, los cuales tienden a desentenderse de otras figuras retóricas como metáforas, paralelismos, metonimias, personalizaciones y otras. O, por ponerlo de otra manera, las figuras que sí están presentes en estos textos, están sin embargo supeditadas a la exposición de un “relato”; el resultado de esto es que Balada del Señor Cuervo funciona antes como conjunto que en la individualidad de cada uno de estos textos por separado (algo de eso ya estaba presente en el primer libro de la autora, Dummies). Piezas de un puzzle que sólo cobra sentido cuando es contemplado en su totalidad, los poemas de este libro dan lo mejor de sí mismos en una lectura que los entienda antes como capítulos de un todo, antes que partes aisladas.

“Baladas del Señor Cuervo”, la segunda sección del volumen, explora algunas posibilidades de un discurso más contingente que sin embargo no se aleja de lo que ya habíamos visto.

Temas de la coyuntura se cuelan aquí como parte del habla de ese personaje cuervo/grajo que en su animalidad (forma parte de la cofradía inaugurada por Poe y continuada por Hughes en el habla inglesa y M.A. Zapata desde el Perú) recorre elementos de la historia chilena para preguntarse críticamente en torno a ella (desde la matanza de la Escuela de Santa María de Iquique hasta la figura de “estadista” de Ricardo Lagos Escobar), ampliando las posibilidades de sentido de lo que hasta ahora era sólo una cuestión de género. En ese sentido nos interesa rescatar un texto como “Parque Isidora Goyenechea”, una trasposición velada del Parque Isidora Cousiño, en Lota, también en la octava región de Chile.

Como se sabe, el parque en cuestión fue construido por la familia Cousiño, primero por Matías Cousiño y luego por su hijo Luis, casado en aquel entonces con Isidora Goyenechea Gallo (1836-1897); Isidora Goyenechea es comúnmente reconocida como una sagaz administradora del patrimonio familiar y una visionaria a la hora de seguir explotando las riquezas naturales de las que su familia usufructuaba. Más allá o más acá de los méritos mismos del personaje histórico, creo que aquí se quiere rescatar la figura de una mujer que logró amasar una de las mayores fortunas del siglo XIX, a la cabeza de un imperio económico, cuando pensar que una mujer pudiera cumplir con tales tareas era simplemente inimaginable. Lo que hace Montero es una reivindicación de esta figura a posteriori, leyéndola desde un siglo XXI donde estas disputas de sentido cobran cada día mayor validez y urgencia.

Otro texto de características semejantes es el que comienza con el verso “Adieu, adieu, Christophine”, donde se recrea parte de la trama de Ancho Mar de los Sargazos, la novela hasta cierto punto autobiográfica de Jean Rhys. ¿En dónde radica la importancia de citar esta novela? Recordemos que Ancho Mar de los Sargazos es una precuela de Jane Eyre, dándonos amplia información de la vida de Bertha Mason (título, también, de uno de los poemas de Greta Montero) cuando todavía era Anthoinette Cosway, una rica heredera blanca criolla, que después de su matrimonio verá como es separada tanto de los blancos aristocráticos como de los negros jamaiquinos. En el personaje de Mason/Cosway se equiparan matrimonio con colonización, civilización con pérdida de identidad. El gesto de Rhys de darle vida propia a la que hasta ahora era simplemente la loca del ático, da vuelta la jerarquía del habla desde el punto de vista del territorio colonizado, siendo capaz de contar una historia que de otra manera permanecería silenciada. La misma Jean Rhys sufrió en carne propia este tipo de ostracismo.

Leemos, entonces, bajo una nueva luz, textos como “Misiones en el Alto Bío-Bío”, o incluso la tercera sección completa del libro, “Nuestros nombres fueron cubiertos y reescritos sobre el cuerpo de algunos de estos poemas”, donde se continúa con la mezcla de los fragmentos imaginarios de Jane Eyre en su versión local de Lota y sus alrededores.

Balada del Señor Cuervo es, en suma, uno de esos libros que te empuja a seguir leyendo, más allá de sus mismas páginas. En su atildada combinación de elementos históricos y ficcionales, Greta Montero nos expone a la pregunta por la identidad de género en un minuto en que ese cuestionamiento es cada día más necesario. También nos parece que este libro sabe recoger de poéticas ya establecidas (la escenificación, el gesto posmoderno de la hibridez cultural y estilística) para convertirlo en un discurso propio y que si mantiene deudas con alguna tradición, estas han sido pagadas con creces.