Posible es aquello que puede suceder o existir. La realidad es un campo de posibilidades siempre abierto. Sin embargo, quienes detentan el poder se esmeran en tratarnos de convencer de que su posible es lo único posible. El “posibilismo” del poder define un posible restringido y agónico. El “posibilismo” de los subordinados apuesta siempre por “unos posibles” ampliados y vitales.

En Chile, la expresión “justicia en la medida de lo posible” reforzó un ethos nacional miedoso y gris todavía vigente hasta hoy. La medición de lo posible se hizo con una vara de medir corta y timorata que se opuso hasta el paroxismo a cualquier forma de imaginar algo distinto al diseño institucional realizado en las múltiples “cocinas” y cloacas partidarias. Este período histórico se inauguró con un enunciado pusilánime que subrayaba los límites, no el potencial, de la justicia, los valores, la economía y la decencia restringiendo el campo total de posibilidades y los significados de Democracia para la sociedad chilena.

Una imagen y un deseo de equilibrio estable y conservador se impuso sin cortapisas. Pero sabemos que “el equilibrio estable excluye el devenir porque corresponde al más bajo nivel de energía potencial posible; es el equilibrio que se alcanza en un sistema cuando todas las transformaciones posibles fueron realizadas y ya no existe ninguna fuerza; todos los potenciales se han actualizado y el sistema habiendo alcanzado su nivel energético más bajo, no puede transformarse de nuevo” (G. Simondon).

La transición quiso borrar cualquier atisbo de imaginar “otro mundo posible”: buscó instalar un imaginario social anémico que asumiera que ya no había energías sociales disponibles para seguir transformando lo transformable, que no había más sueños realizables que aquellos que soñaban los que tenían la sartén por el mango.

Se condenó a los márgenes y al exilio interior a cualquier forma de desviación del camino trazado por un dibujo político milimétrico consensuado entre quienes (aparentemente) ganaron y quienes (aparentemente) perdieron.
Durante décadas y hasta hoy la disidencia ha sido un comportamiento permitido sólo al interior del bloque del consenso, eternamente en disputa de un centro que los expertos en marketing político les definieron como la pieza de caza más preciada. La disidencia ha sido sólo aceptada como un goteo inofensivo de “díscolos” provenientes del mismo bloque del consenso pero cuya desobediencia nunca se ha salido de las coordenadas del uterino “partido del orden”. Junto a los díscolos, los “conversos” de todo pelaje han sido las figuras sociales dominantes que han asegurado la estabilidad ideológica del bloque del consenso. La armonía de las elites, sólo ha aceptado notas discordantes dentro de una misma melodía uniforme.

La disidencia extramuros del bloque del consenso ha sido definida por la vertiente aparentemente “más hacia la izquierda” de ese bloque (Concertación primero y Nueva Mayoría después) como exótica, utópica, ruidosa, incluso desleal. Ha sido codificada no como diferente y válida sino como inferior al consenso entre los (aparentes) ganadores y (aparentes) perdedores y, sobre todo, como ilegítima.

El segmento más hacia la izquierda del bloque del consenso se ha negado sistemáticamente a dialogar con las ideas, prácticas y propuestas extramuros. Ha rehusado escuchar voces y discrepancias que, aunque disruptivas, provienen de su misma matriz emancipatoria. Estos diálogos podrían haber aportado algo de optimismo a su voluntad menguada por el pesimismo de su razón o su indolencia. Este segmento ha preferido oír, repetir y acatar los claims provenientes de la modernización capitalista más burda (emprendimiento, innovación, competencia etc.) que estar atento a las prácticas, sensibilidades y discursos procedentes de nuevos sujetos sociales capaces de otros enunciados políticos, comunitarios o ecológicos. Han visto sólo capuchas y molotov donde hay mucha más energía, honestidad, utopías y propuestas. A lo más, ante la evidencia irrefutable de la corrupción y hedor dentro de sus huestes han realizado gestos permisivos y de simpatía con disonancias internas honestas, pero más o menos integradas al bloque del consenso, como Revolución Democrática heredera institucionalizada de las revueltas estudiantiles.

Desgraciadamente los discursos y prácticas extramuros no están todas preñadas de imaginación y de futuro. Están aquí presentes también muchos de los discursos, gestos, prácticas y bravuconerías de una izquierda que tiene mucha facilidad de confundir radicalidad con extremismo y que es amnésica frente a sus fracasos históricos. Leninismos, trostkismos, mirismos, guevarismos o anarquismos extemporáneos y mal digeridos pululan con sus enormes banderas y consignas tratando de imponernos la enésima revolución redentora. Esta izquierda, en su obsesión por el Estado, ya sea tratando de ocuparlo o de negarlo, se agota en palabrerías y rituales tribales y triviales que rebotan, como las piedras en los blindados vehículos lanza aguas, en la complejidad de la estructura inmóvil del Poder y lo refuerzan. La obsesión por el Estado lleva a empobrecer las formas de oposición posibles consumiéndolas en las mismas liturgias de siempre sin prefigurar, aquí y ahora, el futuro deseado.
Las opciones emancipatorias no tienen por qué estar eternamente eligiendo entre el mercado y el Estado. Lo posible no tiene por qué estar limitado al empequeñecimiento de uno y a la ampliación del otro. Está claro que es necesario oponerse con energía a la privatización creciente de más y más aspectos de nuestra vida en común pero son vanas las esperanzas en el Estado como respuesta única a esa privatización. Es importante oponerse tanto a la naturalización del Estado subsidiario como a la naturalización de cualquier tipo de Estado. El Estado es una forma sociopolítica contingente que tal como apareció podrá desaparecer. Por otra parte, tanto la deriva totalitaria de los socialismos “reales” como la deriva neoliberal de los Estados socialdemócratas son evidencias del fracaso histórico de esas esperanzas.

Nos queda la posibilidad de abrir otros territorios para la acción emancipadora, a través de la autoorganización y la autonomía, construyendo “comunes”, negando lo actual y proponiendo “haceres” alternativos, es decir, abandonando tanto los patéticos simulacros de la democracia representativa como las ilusiones de la toma del Palacio de Invierno.

Extremismo es quemar un banco; radicalidad es crear una cooperativa de crédito. Radicalidad es explorar nuevas formas pedagógicas y didácticas en el liceo ocupado. Radicalidad es cuestionar el mismo sentido de la Universidad en una época de saberes expandidos y disponibles. Radicalidad es diseñar espacios de enseñanza-aprendizaje alternativos a la escuela y a la universidad tanto privada como estatal. Radicalidad es exigir primero igualdad no gratuidad. Radicalidad es agrietar cotidianamente el capitalismo con propuestas y prácticas que prefiguren, en este presente, el mundo deseado. Radicalidad es “no quedar atrapados en el falso y destructivo mundo de la política estatal” trabajando en los intersticios sociales y partiendo de lo particular (J. Holloway). Radicalidad es apostar por la autoorganización de los productores directos (Marx) de conocimientos o alimentos y establecer redes entre ellos. Radicalidad es hacerse cargo comunitariamente de la salud, la educación, la gestión de residuos, el agua con un horizonte decrecentista. Radicalidad es también apostar por los huertos urbanos como espacio de producción, de aprendizaje colaborativo y como experiencia pedagógica. Radicalidad es ir a las raíces. Radicalidad es, continuando a Simondon, diseñar posibilidades de igualdad que incluyan el devenir.