Los gruesos tiempos que se viven determinan una trama muy peculiar y caótica, la dispersión y la incertidumbre parecen ser la tónica de los alcances proyectuales.

Una crisis de credibilidad que ha evidenciado la política cercada por el mercado en la ordenación desregulada de nuestra sociedad. Escándalos que fragilizan cualquier relato y que genera una política de la caricatura del sinvergüenza. El sistema funciona por la inercia sistémica sin ningún encanto, nadie es cautivado por la constelación de una política que pierde su verosimilitud.

Son programas abandonados y alegrías que se transforman en frustración, gritos desolados de los jamás incluidos ni en los nuevos lotes, ni en los antiguos, sin meritocracia, solo con el arreglo de la miseria laboral que vivimos los chilenos.

Fragilidad y flexibilidad articulan la cotidiana ordenación del sentido y todo se descomprime en una atomización que no logra ni motivar a la familia nuclear como relato. Los habitantes caminan sus calles como autómatas de una búsqueda monetarista salarial que al final se disuelve en la vulnerabilidad y la precariedad, el sueño de Chile es solo para hogares muy selectos, para el resto solo el “pago de Chile”.

La real política se mueve en circuitos estrechos, en contertulios que no son alamedas, y esto no es la semblanza de Allende de aquellas alamedas abiertas, la matrix de Allende aún no encuentra un despertar, la imagen del pueblo es reificada como ciudadanía conceptual sin espíritu. No hay ethos democrático en esta democracia, solo manuales y pastillas para una depresión nacional endémica.

Hay desesperanza aprendida por eso que el voto voluntario no funcionará nunca, porque este orden de las cosas no provoca voluntad por la política. Todo es mercado como una red subjetiva que ordena los laberintos de la vida de los nacionales consumidores.

El supermercado de las razones da para toda explicación, la semiología argumental encuentra eslóganes de mucho volumen y poco peso. La solidez de las relaciones sociales se desvanece en una imagen de soledad multitudinaria.

La otredad ya no es una necesidad, solo un intimismo individualista muy triste que puede terminar en la depresión, la obesidad o el suicidio, en todas esas materias nuestros índices han aumentado, dando certidumbre a aquella imagen maquinal de una sociedad programada ya sin asombro.

Los actores sociales son un dibujo, los estudiantes intenta hacer la historia, pero la sociedad se transforma en la policía filosófica, hacen una política como repetición, pero nadie quiere “otro sensible”, porque nadie quiere despertar, al final todos optan por seguir en el sueño de un Chile que se puede ver por las vitrinas de productos y servicios.

Adentro del alma de los consumidores solo una pila que funciona a fricción donde la pulsión es un misterio de sombras, pero el truco es simple, solo deseo, solo deseo, solo cultura visual, y nada de contenido sustancial. Así nuestros aprendizajes también diluyen sus estanterías y dejan un soliloquio del individuo monosílabo, el imbécil que nunca piensa y camina como a hacer lo que le han dicho que hay que hacer. Lo ya probado, lo que sirve, lo que gusta a los clientes; nadie hace nada por nadie, porque esa fe ya perdió toda vigencia.

El amor y la política perdieron su noción humana y se quedaron en un horizonte de espejismos y ficciones, solo simulacros, la historia no absolverá a nadie porque nadie lucha, la lucha se dejó de molestar en su fraseología de la muerte y se quedó en la rutina de los días felices, los mismos siempre del sujeto común, el sujeto sujetado y arrojado a su historia.

La política se quedó en la realidad de lo posible, y aunque se arman nuevos lotes la biopolítica es la misma, administrar lo posible, administrar los cadáveres de los sueños imposibles, administrar su permutación por sueños líquidos, sueños fetichistas que nos enseñan una ética política que sufre la levedad del ser. Y la estructura del poder se come al hombre y desdibuja la cara de los sujetos, la historia ya fue vencida.

La metafísica de la historia de Marx demuestra su mesiánica entelequia, su religiosidad racional. Más solo el capital financiero logra la culminación de la historia del fetiche, su máxima proyección, su máximo convicción, su máxima persuasión. Este es el capitalismo triunfante, que tardío y reinante supone al lobo del hombre por el hombre, lo cual seguirá siendo la succión del sujeto a la máquina de la producción para que otros vivan.

Nuestro existencialismo panfletario ya no ralla ningún muro, solo cosismo, y bonos de término de conflicto, todo es dinero, nada es civismo. La cosificación de la vida desintegra las formas sustanciales del hombre, el renacimiento es una vieja historia, que más bien hoy se transforma en la transformación por la transformación, se hacen revoluciones para mantener la contrarrevolución y el tiempo ya va para atrás, en un ciclo del planeta y su ecosistema que se acorta a las posibilidades de una vida urbana.

Y la polis, la ciudad es financiada por la destrucción creativa del capital inmobiliario y el alma de la polis ya solo habita en los libros de historia antigua. La creación de mercancía es la red esquizoide de nuestra intersubjetividad, todos pensamos para producir la mercancía de nuestros deseos, ahí se queda la historia, en su sublimación, en su eliminación.


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