El Reino Unido ha decidido, por 52 a 48, abandonar la Unión Europea. Escocia, Irlanda del Norte y Londres han votado a favor de permanecer, pero Gales y la Inglaterra más castiza han votado en contra. Los electores han dado la espalda a los partidos que, teóricamente, los representan en el Parlamento británico. No ha sido un voto conservador el que saca Gran Bretaña de la Unión Europea. Más allá del partido anti europeo UKIP, de Nigel Farage, y de buena parte de los electores del partido de David Cameron, muchos votantes del Partido Laborista han apoyado la salida evidenciando una distancia insalvable entre la maquinaria partidaria y los trabajadores y los sectores populares que son sus tradicionales votantes. Es una dramática evidencia de la desconexión entre los partidos y los ciudadanos, de cómo los primeros son incapaces de ver más allá de su ombligo y de cómo los segundos han tomado una decisión política de gran calado al margen de las consignas de los grandes partidos que les pedían votar a favor de permanecer a la UE; una decisión, todo se tiene que decir, influida por el miedo a los extranjeros y por la xenofobia.

Es un día triste para los que nos sentimos orgullosos de ser europeos y de viajar por el mundo con un pasaporte de la Unión; para aquellos que consideramos que Europa es ?incluso con lo que está pasando en nuestras fronteras con los refugiados, que nos avergüenza? uno de los territorios más habitables del planeta. Además, la decisión británica abre muchísimas líneas de reflexión ineludibles, a la vez que ha disparado toda una serie de preocupaciones de gran tamaño en cuanto al futuro de la propia Unión y en cuanto a la realidad vital cotidiana de todos nosotros.

La irresponsabilidad de David Cameron, que abrió la puerta a la consulta por razones estrictamente particulares, con objetivos relacionados exclusivamente con los intereses del Partido Conservador, pasará a los libros de historia. Pero no es sólo a él al que hay que pedirle cuentas, incluso ahora que ha anunciado su dimisión. ¿Qué pasa con los otros grandes líderes europeos? ¿Qué Europa es la que han conseguido forjar desde que estalló la crisis, la que vimos actuar de manera insensible con Grecia, la que ahoga los países del sur con los recortes y la desigualdad? ¿Qué han hecho las grandes instituciones europeas, qué pasa con el Parlamento de Estrasburgo? ¿Qué grado de malestar, de distanciamiento, ha hecho patente la decisión de los británicos, que puede afectar a otros muchos europeos?

Vamos a vivir tiempos difíciles, pero ahora se trata de saber si Europa y los europeos europeístas vamos a ser capaces de reinventarnos, de ilusionar de nuevo la ciudadanía, o si ?al contrario? va a producirse un efecto dominó en otros países. Hay que decidir si vamos a alimentar la llama de la convivencia europea o si van a ser los respectivos nacionalismos particularistas los que se imponen. Más nos valdrá a todos que esto no pase y que la Unión Europea sea capaz de superar el golpe que hoy ha recibido en el Reino Unido.


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València