No habrá cambio en España. Ni siquiera ‘sorpasso’. El asalto a los cielos prometido por Pablo Iglesias se ha quedado en poco más que un tropezón a la puerta del cine.

El derechista Partido Popular de Mariano Rajoy ha ganado claramente las elecciones, mejorando sus resultados con respecto a las de diciembre y aumentando la distancia con el segundo. Ha sabido presentarse ante la sociedad española como un refugio seguro ante la incertidumbre reinante en Europa tras el Brexit (la bolsa española sufrió el mayor desplome de su historia tras la victoria de la salida de la UE el viernes). Demasiadas similitudes entre el referéndum británico y el que Podemos propone para Cataluña. Demasiados sustos a la vez en un país que tiene demasiado cerca su crisis y a Venezuela todos los días en el noticiero.

El factor miedo ha sido, una vez más, determinante a la hora de ir a votar. En ese escenario de río revuelto, el PP siempre ha demostrado ser un avezado pescador. La fidelidad del envejecido votante del PP merece un estudio serio. En este rincón de Europa y a esa edad parece que nada importan la corrupción o la inutilidad. Quizá por eso algunos piensan que África comienza en los Pirineos. Aunque eso no impide que el resultado legitime a Rajoy para intentar (esta vez sí) la investidura. Necesitará demostrar algo inédito hasta la fecha: que es capaz de entenderse con alguien ajeno a su mundo.

El PSOE de Pedro Sánchez, por su parte, pudo irse anoche tranquilo a dormir, su resultado no es bueno, ha perdido 5 escaños con respecto al 20D (de 90 a 85), pero ha salvado el primer punto de partido de su guerra particular con Podemos. Sigue siendo el referente de la izquierda española y se ha ganado el derecho a liderar la oposición. Puede parecer un objetivo menor, pero seguro que en Ferraz (sede de los socialistas) sabe a gloria. La figura de Sánchez sale reforzada doblemente, pues Susana Díaz, la todopoderosa presidenta andaluza, tendrá que olvidarse por un tiempo de dar el salto a Madrid para tomarle el relevo y centrarse en explicar a propios y extraños que el bastión ‘rojo’ andaluz se pinta desde hoy en los mapas de azul. Un duro golpe para los socialistas, que salvan los muebles a nivel general pero han sido incapaces de mantener su tradicional liderazgo en la comunidad más poblada de España. A fin de cuentas, el bipartidismo es un muerto sospechosamente vivo, aunque ni PP ni PSOE tengan muy claro el porqué.

Si el duopolio político español sigue capitalizado por los partidos tradicionales es por el descalabro de los emergentes. Ciudadanos era ya un ente más mediático que real antes de las elecciones y ahora los de Albert Rivera pasan a ser prácticamente irrelevantes. Tendrán que esperar mejores tiempos. El recambio generacional de la derecha quedó también ayer durmiendo el sueño de los justos.

Unidos Podemos fue, de forma rotunda, la gran decepción de la noche. Pablo Iglesias y sus socios mantienen el número de escaños logrados en diciembre (71) pero pierden un millón de votos en solo seis meses. Un resultado que invita a la reflexión dentro de la formación dado que el objetivo era muy superior. Cierto es que abren brecha en territorios como Cataluña y, muy especialmente, el País Vasco, pero ellos mismos se empeñaron en subir el listón y ahora han de responder por la frustración de no cumplir con las expectativas generadas. “Salvador Allende logró gobernar a la cuarta”, recordaba tras el escrutinio el propio Iglesias tratando de minimizar los daños. Dos y dos no fueron cinco, y habrá quien pueda decir que desde la irrupción de Podemos hace dos años solo han conseguido reforzar al PP y destruir a Izquierda Unida. No mentirán, pero tampoco contarán toda la verdad. Podemos ya ha cambiado España. Gobierna ciudades como Madrid y Barcelona y, a partir de ahora, tendrá una voz fuerte en un Congreso muy fragmentado. Han cambiado las prioridades, los códigos y los mensajes, pero quizá tengan que pasar generaciones para que cambien los votantes.

Eso sí, Podemos tendrá ahora una ocasión de oro para hacer algo que ha estado retrasando todo este tiempo, dejar de ser una máquina de guerra electoral para convertirse en un partido solvente y, sobre todo, ideológicamente reconocible, con un programa que no genere más interrogantes que soluciones y que logre acercarse a esa parte del electorado que ha salido indemne de su sobre representación mediática: los mayores, poco formados y de zonas rurales.

Como bien sabe el PP, en esos pastos se juega el partido electoral. Si Iglesias, Garzón, Errejón y compañía logran acercarse a ese mundo, quizá no haya que esperar a la cuarta. También es cierto que la España que llegue a ese escenario puede ser irrecuperable.


Periodista