Así es. Este es el nombre un libro que fue muy leído y controvertido a fines de los años sesenta. Fue escrito por el obispo de los pobres del nordeste de Brasil, Dom Helder Cámara. Menudo, con apariencia de fragilidad, pero un hombre con gran fuego interior en favor de la justicia y la paz. Su lectura provocó reacciones encontradas, como no. En particular, en las elites poderosas de extracción católica, en Brasil y fuera de Brasil. Lo novedoso es que hizo una lectura diferente de las injusticias de la sociedad brasileña y al mismo tiempo, de las respuestas que aquellos afectados por ella iban dando.

Como casi siempre ha sucedido en la historia latinoamericana, los dueños del poder sostenían que esas respuestas eran expresiones de violencia ilegítimas, porque todo debía conducirse según los plazos y modos que esas elites concebían (para no perder nunca su poder e influencia). Como expresiones de descontento debían ser reprimidas, si iban más lejos de lo permitido. Lo novedoso de Dom Helder era que en su visión de las cosas, la violencia reactiva que pudiera darse de parte de los afectados por las injusticias había que entenderla como una forma de respuesta a lo que llamó una violencia “institucionalizada” en la sociedad. Entender o comprender la existencia de un orden social des-ordenado –o que genera condiciones que agreden posibilidades de vida digna- no implica justificar cualquier tipo de reacción violenta o destructiva como forma de acción para generar transformación. Esto lo digo de entrada, para que no se crea que, porque hay un cierto tipo de institucionalización que violenta el bien común, es decir, que es injusta, entonces está justificada cualquier tipo de respuesta por parte de la sociedad.

Esta visión de un modo u otro pasó también al diagnóstico de la situación social de nuestra América que hizo la Conferencia Episcopal de Medellín, Colombia. Cuán lejos estamos de esos acertados diagnósticos, lector/lectora. Se preguntará, ¿a qué viene todo esto? Pues lo relaciono con los eventos de violencia que se vienen sucediendo desde el 21 de mayo, en distintos lugares del país. Cada vez que hay manifestaciones públicas y ellas desembocan en que un pequeño grupo de encapuchados terminan haciendo desmanes y enfrentándose con Carabineros, se desata la discusión en los medios de la elite sobre cómo terminar con esas situaciones: ¿con más represión? ¿Impidiendo a los ciudadanos el uso de la calle para expresarse? ¿Poniendo un control de identidad preventivo? Es decir, medidas coercitivas principalmente.

Las elites nuestras creen que las únicas expresiones de la violencia son las que hacen algunos tipos de delincuentes, las de las marchas estudiantiles, de las tomas de establecimientos, o las que se dan en territorio mapuche. Desde esa mirada no se encuentran caminos de salida, salvo continuar y alimentar la espiral de violencia. Aquí es donde cabe nuevamente la diagnosis del Obispo brasileño: esta es muchas veces una violencia reactiva en su mayor parte (donde no faltan quienes creen en la purificación por medio de la acción destructora) ; y se reacciona ante aquello que se considera una injusticia, una humillación, un sufrimiento social, una represión desmedida, o una falta de escucha y solución. El origen de la violencia estructural que vivimos como sociedad se encuentra, creemos, en la imposición por la fuerza de la utopía de un libre mercado autorregulado, a nivel nacional y global. Esa pretensión ideologizada trae consecuencias que se dejan sentir en distintos niveles de la vida social (y claro, no solo en Chile), y que no son un producto de la “naturaleza” de las cosas, como se quiere hacernos creer.

Como sostiene el profesor John Gray, de la London School of Economics, esas consecuencias han implicado en los EEUU (y de paso, para nuestro Chile también):

  • a. desintegración social en un grado desconocido para otro país desarrollado (¿cómo andamos por casa en este tema?);
  • b. el orden social ha sido apuntalado por una política de encarcelamiento masivo . Afirma Gray que ningún otro país industrial avanzado usa la cárcel como medio de control social de manera semejante a los USA (¿cómo estamos con el tema de las cárceles?)
  • c. a su vez, la imposición de mercados libres autorregulados ha traído la destrucción del lazo social, de las comunidades (desde la misma familia) y los mercados sociales;
  • d. en donde se ha intentado aplicar esta utopía han aumentado los niveles de desigualdad y concentrado el ingreso y la riqueza . Según Gray, los niveles de desigualdad que tienen los EEUU, están más cerca de los países de América Latina, que de cualquier sociedad europea. Según el FMI habrían hoy unos 46 millones de pobres, y una enorme caída en la composición de la clase media; al mismo tiempo, habría un 22% de niños en situación de pobreza. Todo ello, en particular, después de la aplicación de las políticas del Consenso de Washington, hace más de treinta años;
  • e. afecta también de manera muy profunda las posibilidades de establecer una democracia real. Genera apatía ciudadana, descontento con los políticos y desconfianza con las instituciones políticas, porque termina subordinando la política a la economía y los mercados;
  • f. por último, y habrían más, tenemos las consecuencias que está generando esta utopía a nivel del medio ambiente, y los desequilibrios denunciados ya largamente por distintos actores, que generan contaminación, cambio climático y problemas alimentarios.

La pretensión de imponer a la fuerza la utopía de un libre mercado autorregulado, influirá también en una antropología y epistemología de la realidad social, marcada ahora por un individualismo posesivo y un positivismo de nuevo cuño. Con esto queremos decir que los diagnósticos de nuestros múltiples problemas del presente no dan lo mismo, en particular, para el diseño de caminos de salida. Mientras no veamos esto, no habrá posibilidades de una vida mejor, y las medidas que se tomen, serán siempre “parches”.

Así y todo, a pesar de estas consecuencias directas que trae la imposición del libre mercado desregulado, no se debilitan en nuestras elites el apoyo con que cuenta. Por lo cual, podemos esperar que la espiral de violencias existentes (agresividad intersubjetiva, delincuencia, corrupción de los poderes, desconsideración de los pueblos originarios, aglomeración carcelaria, desigualdades, pensiones y salud vergonzosas, etc.) continúen y se agraven. ¿No son esas, acaso, expresiones de una nueva violencia, sistémica, institucionalizada y cotidiana, hace ya varios años entre nosotros? Como bien lo expresa el profesor Gray: “se necesita una transformación fundamental de la filosofía económica (…) Los mercados están hechos para servir al hombre, no a la inversa. En el libre mercado global, los instrumentos de la vida económica se han emancipado peligrosamente del control social y político”. Y agrega, de manera nada promisoria, que la libertad que hemos concedido a los mercados hará que, en el futuro-presente, la era de la globalización se recuerde como una etapa más en la historia de la servidumbre. ¿Estaremos aún a tiempo para entenderlo y reaccionar?


Académico U. Alberto Hurtado