“El fenómeno de la violencia sexual se caracteriza por la no palabra”[1].

El abuso sexual es una forma de abuso de poder con connotaciones sexuales.

Un abuso consiste en tratar a una persona de manera impropia, incorrecta, improcedente, ilícita o ilegal. Esta es una de las definiciones de abuso para nombrar lo que hasta hace poco era innombrable por sus connotaciones sexuales, y que hoy está siendo objeto de estudios y leyes específicas, un fenómeno que ha sido parte constitutiva de las sociedades organizadas patriarcalmente (autoridad y jerarquía del pater familias).

En el último tiempo es creciente el conocimiento que existe sobre al abuso sexual y su conceptualización desde la psicología y el ámbito jurídico: abuso sexual, delito sexual, violencia sexual. Una violencia normalizada que se ejerce mayoritariamente desde hombres adultos heterosexuales sobre niñas y niños, jóvenes y mujeres, generalmente en roles de autoridad familiar y otros (laboral, profesional, etc).

En el ‘desconocimiento’ de esta práctica, lo más relevante a destacar es lo que señala la investigadora del Depto. de Psicología de la Universidad de Chile, Prof. Carolina Navarro: “el fenómeno de la violencia sexual se caracteriza por la no palabra”, es lo que indican los estudios realizados. “La mayor probabilidad es que un niño que ha sido víctima de delito sexual guarde silencio. La mayor cantidad de delitos sexuales son casos reiterados y silenciados. La mayor cantidad de víctimas llegan hasta la vida adulta y nunca le han contado a nadie que fueron víctimas, ni a sí mismas”.

El silencio sería la principal característica, tanto desde quienes fueron obligados a experimentar el abuso, niñas y niños que ni siquiera lo pueden verbalizar, como desde personas adultas cercanas que hacen parte de la complicidad del silencio. El punto es que de este modo se lo permite y pasa a ser una forma de normalizar y naturalizar tales actos. Razones hay muchas para callar, lo que equivale a constituirse en ‘cómplices pasivos’. Esto es también un atropello a los derechos humanos, aunque por lo general no se denuncia, así de fuerte el involucramiento de las personas en la vivencia que perturba a la víctima y a su entorno más directo, sus parientes o personas a cargo, donde están frecuentemente los abusadores.

Valgan estas notas introductorias para referirme a un hecho concreto: a raíz de una conversación con una de mis hijas y un amigo cercano sobre las excavaciones arqueológicas que se están realizando en la plaza de armas de Santiago, en el marco de la investigación conocida como “Mapocho incaico”, busqué más información en internet y les envié a ambos un correo con un link al respecto. Uno de los principales investigadores es el arqueólogo Rubén Stehberg, jefe del área de Antropología en el Museo Nacional de Historia Natural, con quien fuimos compañeros de estudios en la recién creada carrera de Antropología en la U. de Chile, en los años 70.

La respuesta escrita que recibí de mi hija dice: “Claro que me acuerdo de Rubén Stehberg, y malísimos recuerdos tengo de él […] varias veces él me tocaba mis pequeños pechos, todavía no desarrollados por completo, como quien no quiere la cosa, y tal vez más partes, pero no recuerdo bien, me decía que me tendiera en su cama a su lado y lo hacía de tal forma que nunca sentí que podía quejarme a nadie porque él tendría cómo desacreditarme”.

A comienzos de los años 80, esta hija preadolescente cuidaba a veces a los hijos de Stehberg (dos niños y una niña), considerando la amistad que teníamos con la madre de estos. Recién ahora hemos venido a conversar de este asunto sin existencia consciente hasta el momento de nombrar a esta persona, luego de años de no tener contacto. Por mi parte, el único recuerdo que yo tenía de Stehberg es que era bueno para copiar en las pruebas, después supe que tenía “debilidad” por las jóvenes (con la niñera que trabajaba de manera estable en su casa tuvo una hija, aparte de existir varias otras jóvenes en su devenir afectivo-sexual). Si hay consentimiento no habría problema. El punto es que el consentimiento no existe cuando se trata de menores de edad. Aquí se trata de abuso por donde se mire. Una forma pervertida de abuso de poder, más aún si se reitera.

“Las características del abuso no son mayoritariamente violaciones, es decir lo que se entiende por lo más doloroso, lo más evidente, lo más visible, sino que son formas de abuso y de transgresión del cuerpo que no dejan huella, que se instalan dentro de una dinámica que no parte siendo violenta, que parte siendo seductora, incluso como señal de afecto […] en algún momento para el niño es claramente una vivencia de abuso. Cuando eso ya se instala, ya está instalada la culpa, la manipulación y la serie de amenazas que los niños reciben o perciben que hacen que su única solución sea guardar silencio. Entonces, nosotros luchamos contra este silencio”, dice la psicóloga Navarro, una de las gestoras de la creación del Diplomado de Postítulo en Peritaje Psicológico Forense en Delitos Sexuales en la Universidad de Chile.

El arqueólogo Rubén Stehberg hizo uso y abuso de su autoridad como hombre adulto, pater familias en su hogar y la sociedad en que vivimos. Sin escrúpulos. Pervertido. Develar y denunciar lo que no podemos permitir que exista, es una obligación. Y esto en cuanto a toda forma de violencia, partiendo por las de tipo sexual. Se trata de hechos sin fecha de caducidad que deben ser erradicados, al menos castigados y reparados mediante la denuncia. La debida reparación adopta muchas formas. Esta es una, siempre insuficiente.

 


Feminista, Licenciada en Antropología