En aquellos días en que la dictadura dominaba el país, éramos una nación sitiada por los militares. El silencio del sufrimiento humano acumulaba victimas secretas y los gritos de dolor no eran escuchados, como si de pronto se instalara una sociedad de zombis, y el miedo se respirara más que el smog.

La muerte asolaba el país del edén y así tomaba los ribetes de un infierno instalado en nuestra cotidianidad. En ese momento cuando nadie se atrevía a hablar, es el amor el que instalo las primeras pancartas, el amor de los familiares y de los hijos, los hermanos, los tíos, los abuelos, los esposos, los enamorados de la vía chilena al socialismo.

Las primeras hablas se encontraron en un eco cómplice, esa comunidad nuclear de la sociedad comenzó a buscar a sus seres queridos. Cuando la jurídica concepción no hacía ningún reconocimiento y mandaba a pasear a los familiares.

La raíz dialéctica de un reconocimiento es el desprecio moral. Y la dictadura con su desprecio instalo la negación de una parte de los chilenos, de un ethos completo que querían extirpar de la sociedad.

Las leyes sociológicamente en sus inicios siempre han tenido que ver con una noción ética primigenia que está en juego, así lo declara Hegel. Aquí estaba en juego la vida y su condición de respeto, limite que fue cruzado con una política genocida de terrorismo de Estado.

Cuando nos preguntamos cuál fue la moralidad que quebró la moralidad de la dictadura, fue la moralidad de los derechos humanos, como seres humanos y como pueblo, pues la rebelión tomo en este sentido un estatuto moral, ante un desprecio moral.

Esta ética fue fundamental para articular una resistencia, como para construir un relato que abriera caminos a la democracia. Ese reconocimiento fundamental de los derechos humanos permitió un argumento internacional que aisló a Pinochet.

Fue la base de una conciencia social que otorgo sentido a multitudes que a la larga salieron a ocupar las calles sitiadas cuando el régimen instalaba los pilares de la revolución neoliberal. Esa mezcla tan sádica entre autoritarismo genocida y desregulación económica, sobre el rostro de miles de violentados se instaló la semiología de un marketing de productos y servicios.

Era como si el guion lo dictará Tarantino, y así con saña meticulosa se hacía el mal sin asombro, con prolijidad y disciplina, con recursos de todos los chilenos, se sistematizaba la noción de un enemigo interno. Alguien a quien perseguir, torturar, matar, violar, ultrajar y hacer desaparecer.

Pero esa conciencia moral sentó las bases del reconocimiento de la democracia y sus derechos, generó la convicción en miles de trabajar día a día, y construir día a día otro devenir. Porque la conciencia del alma de Chile ya no se tragaba los fantasmas de la guerra fría, y entendía que la palabra libertad no sólo tiene un sentido económico como en el neoliberalismo, sino que tiene un profundo sentido humano, moral, y político.  

Así la historia de los derechos humanos en Chile surge como una lucha antidictatorial y antineoliberal. Porque el péndulo de la Doctrina de Seguridad Nacional  fue negar y reprimir para imponer una negación sistemática y estructural de los derechos sociales que son parte inalienable de los derechos humanos.

La operación de negar la política no sólo tenía que ver con negar la UP sino que era una operación hacia el futuro de negar el imaginario del pueblo y su lucha histórica por los derechos sociales, que fueron la impronta dialéctica del Siglo XX como presagió Marx, a pesar de su persecución ideológica, y su posterior negación por el posmodernismo que presagio el fin de la historia.

Pues ni la historia término, ni la dictadura desapareció por completo, parte de su gran obra, cristalizada en una sociedad sin derechos, donde la acumulación de riqueza se concentra en unos pocos, sigue siendo la conflictividad central de estos tiempos, y que es eso sino la instalación maquinal de un desprecio moral, la ausencia de reconocimientos sociales es una herencia de ese infierno.

Es por eso que la lucha por los derechos humanos sigue siendo la lucha por los derechos sociales, se trata de una moralidad que debemos levantar como patrimonio de nuestro pueblo, aunque nos vistamos de ciudadanos modernos, somos pueblo que atorrantes venimos peleando desde otros siglos por una prometida emancipación que ha se ha diluido en tecnocracia.

La memoria social de los derechos humanos es una ética que reconoce a los pueblos en sus derechos inalienables, es una ética para los pueblos y su futuro, no es solo memoria del pasado, es conciencia social de lo que debemos cambiar para ser felices y dignos.

En la medida en que es patrimonio nacional debemos reivindicar su memoria para construir un Chile sin neoliberalismo, sin más AFP, con educación gratuita y de calidad, salud, trabajo, vivienda, y libertad. Esta testarudez tiene el mérito de tener una herencia en la historia larga de la humanidad, porque la lucha por los derechos humanos ha sido la lucha por los reconocimientos sociales, y eso está en movimiento no es una animita del pasado, es la ética del relato de los chilenos y sus malestares.


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