La época estival ha llenado la península de canícula. Los calores acechan y el asfalto se derrite en la piel de toro. Son tiempos de playa, horchata y festivales. La reblandecida neurona española no está para otros menesteres en estos tiempos de premeditada ociosidad. En el Congreso, que encarna la representación popular, pasa lo mismo: hasta los leones de la puerta piden a gritos una sombra donde cobijarse. Si trabajar ya se hace duro en estas calurosas condiciones, formar gobierno parece una misión imposible. Como besarse el codo.

Mariano Rajoy (PP) ha aceptado el encargo del rey de formar gobierno. Lo ha hecho con su particular estilo: con un sí pero no. Con esa innata facilidad para doblegar la realidad a sus necesidades, Rajoy ha explicado que sólo se presentará a la votación de investidura si tiene garantizado de antemano ganarla. Y, a día de hoy, no lo tiene.  Es lo que muchos han bautizado como una investidura ‘en diferido’. “Estoy dispuesto a gobernar con 137 diputados, que no es lo mismo que ir a la investidura con 137 diputados”, son sus palabras textuales. Solo el tiempo dirá si se trata de una jugada maestra o de otro de sus latigazos verbales como sus ya eternos “una cosa es ser solidario, y otra es serlo a cambio de nada”, “España es una gran nación y los españoles muy españoles y muchos españoles” o el premonitorio “a veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión, que también es tomar una decisión”.  A los más cercanos siempre les quedará el consuelo de pensar que Rajoy ya era así antes de que llegará el verano.

El candidato del PP sigue empeñado en no mover un dedo para ser presidente, una estrategia tan veraniega como peligrosa. Podrá decir que hay una prisa perentoria para formar gobierno, pero ha tardado 40 días en levantar el teléfono para acordar un encuentro con líderes de los partidos que pueden frenar su mudanza de Moncloa. Para tener tanta prisa, lo disimula muy bien. Mejor disfrutar un poco del verano.

La pelota vuelve nuevamente al tejado del PSOE. Pedro Sánchez se ha mantenido en un discreto segundo plano después de las elecciones, traspasando la presión y la iniciativa al PP. Fue el primero al que vimos protegiéndose de los rigores del verano en un chiringuito de playa. El candidato socialista sigue sin deshojar la margarita del sentido del voto socialista, pero la ruta a seguir ya ha sido trazada. Es cuestión de cuándo echará a andar. Por si a Sánchez le quedaba alguna duda de que debe ordenar la abstención a los suyos, Felipe González ha bajado del yate para recordárselo: hay que “dejar formar gobierno, incluso si Rajoy no se lo merece”. Lo ha dicho en el invierno de Buenos Aires, suficientemente lejos de Madrid geográficamente como para no tener que escuchar el eco de sus palabras en el vacio vacacional pero suficientemente cerca sentimentalmente como para asegurarse de que retumben en todos los chiringuitos del país. La idea de regalar el gobierno al PP no será sencilla de encajar ni entre la militancia ni mucho menos entre la menguante base electoral socialista. El PSOE necesitará tiempo y mucha pedagogía para hacerlo. Le esperan meses de mucho frío al partido de la rosa y el puño. Mejor disfrutar un poco del verano.

A Unidos Podemos el hastío estival le ha llegado por imperativo democrático. Poco pueden interferir en la investidura de Rajoy salvo para generar ruido. No es su fiesta. Iglesias siempre ha dicho que él es más de montaña que de playa. Para la coalición también llegan tiempos revueltos: la anunciada catarsis morada espera al otoño. Mejor disfrutar un poco del verano.

Mientras tanto, en Ciudadanos siguen con la corbata puesta. Albert Rivera, que, como el electorado socialista, también es un líder menguante, hace mucho tiempo que tiene decidido que si Rajoy le dice ven lo dejará todo. Pero mientras la indefinición veraniega del presidente en funciones se mantenga vigente, Rivera aprovechará para vender cara su piel. No va a cambiar nada, pero es legítimo revolverse. Con algo hay que entretenerse mientras llega el frío. Pasatiempos veraniegos.

Rajoy amenaza con abandonar su letargo estacional esta semana para reunirse con Pedro Sánchez y con Albert Rivera en busca de su necesario apoyo para ser investido. Sánchez tendrá que olvidar la sombra del chiringuito y Rivera tendrá que remangarse; Iglesias, estar listo para el contragolpe. Será el fin del verano para los políticos españoles. Volverán las prisas acuciantes, González subirá de nuevo al yate y Rajoy no tardará en ser nombrado presidente. Finalmente, llegará un día en que la canícula retroceda y entonces muchos pensarán que ojalá fuera verano para siempre. Quizá no sea tarde.


Periodista