La primera de las Seis propuestas para el próximo milenio de Ítalo Calvino es la levedad. Recomienda que la literatura ofrezca diseños livianos para necesidades complejas, como lo hace la tecnología. Frente a la densidad sociológica con la que intentamos comprender los movimientos sociales que condujeron a la revolución pingüina y luego a las grandes tomas por la gratuidad y calidad de la educación, Valeria Barahona presenta en Señoritas en toma una novela ágil, en la que le asigna una importancia vital a los amores y rebeldías adolescentes, importancia que solo podrían asignarle los mismos involucrados, como motores de una nueva sociedad. Su prosa engancha por diversos motivos aparte de la administración temporal de la información y con ella de cierto suspenso. El motivo inicial, creo, es la empatía que genera la narradora en primera persona, gracias a cómo se ríe de sí misma y de un entorno reconocible. La segunda razón parece contradecir la primera, porque, como en las novelas de Witold Gombrowicz, los eventos a veces se suceden sin consistencia de los personajes ni notación de espacio, sino por un ritmo que marca caídas entre anécdotas desopilantes. Barahona interrumpe su relato, además, con descripciones que de tan líricas en el toqueteo del lugar común uno las asume con ironía y, sin embargo, vuelve a emocionarse con ellas, como si efectivamente oliera en la primera página esa lavanda “púrpura pálida flotando sutil con cada caricia del viento (…) entre el vestido de la primera comunión y la blusa rosada semitransparente que tan bien combina con ese sostén blanco que anoche te firmó el vocalista”.

Se trata de una ficción cuyos referentes son reales y notorios en Chile: por un lado, adolescentes de clase alta en un colegio de monjas durante la efervescencia de las tomas estudiantiles, y por otro, el mundo comprometido al que empiezan a tener acceso, propio de nuestra narrativa social. Pienso también en Stendhal, en las dicotomías de alto y rico, pobre y bajo, que desarrollaron las novelas decimonónicas, pero sucediendo ahora, en Chile. Es relevante la toma de conciencia de esta desigualdad, de este retraso, en Señoritas en toma que, sin pretensiones demagógicas ni reivindicatorias, tal vez uno de sus principales méritos, sigue de cerca y festina con las bromas y tomateras colegiales que llevaron a estas adolescentes al ojo del huracán sin alterar su formación católica –cuando se rebelan son los mismos valores católicos los que sobreponen la acción a la inacción que enseñan las monjas–, sino aplicándola a una realidad que les ha sido vedada por la fuerza de las instituciones. Niñas privilegiadas, criadas, sin embargo, para tejer y satisfacer al marido en la cama, en la cocina y en la iglesia, con los niños. Barahona sitúa aquí la paradoja que Simone de Beauvoir desarrolló en El segundo sexo: las protagonistas pertenecen a la clase dominante –particularmente clasista y violenta en el caso chileno–, pero dentro de ella son el género dominado. Esta situación interna en la que son las víctimas de la explotación rara vez ha generado una lealtad entre las mujeres de distintas clases, porque las de la clase alta han preferido históricamente defender sus privilegios, que pueden resumirse en simplemente no trabajar, en la seguridad y libertad cotidiana que les ha brindado el cobijo de la propiedad masculina. Las señoritas en toma cuestionan esta jaula de oro con las monjas y, un poco menos, con sus padres, pero no la ejercen de modo distinto cuando en la política del movimiento estudiantil se resguardan tras el amor de un hombre héroe, sea el hijo musculoso del patrón o el activista del Instituto Nacional. Porque esta obra, decía, no responde a otra agenda que la de una Bildungsroman o novela de formación en la cual las diversas peripecias vividas por las protagonistas las cambia solo como individuos o, a lo más, como representantes de una clase. No tendrían por qué esperar del mañana otra cosa que, por ejemplo, este magnífico momento de la página cincuenta y seis: “Apoyé mi cabeza en su hombro y cerré los ojos en busca de un recuerdo para el futuro”. El recuerdo pasa a formar parte del acervo del lector también por cómo huele, pues continúa: “Una mezcla de duraznos y madera recién cortada se impregnó en mis dedos”. Hay instantes cursis, pero la juventud, sabemos, es una enfermedad que se pasa con los años y no por ello hay que dejar de contarla. La novela suma recuerdos de este tipo, de alguien que ve cómo circunstancias arbitrarias, propias del espíritu de la época, la convierten en quien es, distinta de quien se esperaba que fuera. Eso es profundo cuando se lo expresa con la levedad que pedía Calvino, con la candidez y calentura verosímil de la narradora que protagoniza eso que cuenta.

Señoritas en toma podría ser un best seller pituco, porque quienes más compran libros en Chile, las mujeres burguesas, se sentirán representadas, pero lo publicó una editorial más bien marginal de provincia, a la cual le tengo un reconocido cariño. En esto el libro se parece también a sus protagonistas, que se desplazan del centro seguro al riesgo del margen y en ese desplazamiento describen las liberaciones personales y un deber ético, que resulta tal vez mayor en quienes trazan el camino contrario encontrándose con el poder. El final de la novela, que no les contaré, por supuesto, y que me pareció inesperado, inquieta por los cambios de signo de las experiencias de sus protagonistas diez años después, y merece múltiples interpretaciones, varias de ellas incorrectas políticamente, pero aún ahí Barahona busca, entre talla y talla y en la vieja vasija individualista de una novela, la belleza heroica, la de los enamorados y los perdedores, de la clase que sean, en la utopía de lo comunitario.


Escritor