El consumo de carne es un tema cada vez más cuestionado por diversos sectores de la sociedad. Las principales críticas a la industria ganadera están asociadas a motivos de salud, por las enfermedades asociadas a una dieta excesivamente carnívora, y éticos, como consecuencia al maltrato animal inherente a la ganadería industrial.

No obstante, la evidencia científica respecto a los impactos ambientales provocados por la producción de carne, como cambio climático, consumo de agua y deforestación entre otros, son los que generan una mayor preocupación a nivel mundial debido a la magnitud y consecuencias de estos.

Si bien el sector pecuario es el medio de subsistencia para 1.300 millones de personas y supone el 40 por ciento de la producción agrícola mundial, producir carne de la forma como se hace hoy, es un desastre ecológico.

De acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la producción de carne y otros productos de origen animal es responsable de aproximadamente 18 a 20 por ciento de todas las emisiones de gases de efecto invernadero antropogénicos, es decir la producción ganadera produce mayor cantidad e intensidad de gases de efecto invernadero que todo el transporte mundial combinado.

El ser humano genera poco más de 35.000 millones de toneladas de dióxido de carbono anuales, al menos 350 millones de toneladas de metano y nueve millones de toneladas de óxido nitroso. Se estima que la ganadería produce un 9% de las emisiones globales de dióxido de carbono, un 37% de las emisiones de metano y un 65% de los óxidos de nitrógeno generados.

Esta situación se ve agravada por la deforestación de grandes extensiones de selvas tropicales y bosques para pastoreo y producción de forrajes, lo que libera anualmente 2.700 millones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera. Según un informe de WWF, alrededor del 75% de la producción mundial de soja se destina a alimentación de los animales de granja.

A lo anterior, hay que añadir además los impactos ambientales asociados a la contaminación provocada por desechos fecales que llegan a cursos de agua, la compactación del suelo y la huella hídrica asociada  tanto para cultivar alimentos proteicos como también para satisfacer la sed de millones de cabezas de ganado a nivel mundial.

De acuerdo a UNESCO, para producir 1 kg de papas se requieren 500 litros de agua, para 1 kg de trigo 900 litros,  mientras que para 1 kg de pollo se requieren 3.500 litros de agua y para 1 kg de carne bovina unos 100.000 litros de agua. Se estima que la industria ganadera utiliza 200.000.000 de litros de agua por año a nivel planetario.

A pesar de la evidencia científica sobre los impactos y costos asociados a la producción de carne, pareciera ser que este sector sigue ajeno a los cambios y transformaciones que apuntan hacia la sostenibilidad ambiental.

Como respuesta a los compromisos y objetivos acordados en la cumbre climática de París (COP-21) gobiernos, empresas y personas ya comenzaron a aplicar programas destinados a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a una fracción de sus niveles actuales. Un ejemplo es que en 2015, más del 90 por ciento de las nuevas inversiones en energía a nivel mundial se desplazaron a las fuentes renovables, mientras que los combustibles fósiles y la energía nuclear atrajeron a duras penas el 10 por ciento restante.

Del mismo modo, se trabaja en nuevas soluciones tecnológicas para reducir las emisiones asociadas al transporte, así como de la producción industrial, la construcción, la iluminación, la calefacción y refrigeración de edificios están en proceso de reducir sus emisiones. Si bien algunos sectores han respondido con más entusiasmo que otros a los desafíos que plantea una transformación ecológica, parece existir consenso general de que se necesitan cambios considerables para evitar una catástrofe ambiental absoluta.

No obstante, la excepción al desplazamiento general hacia la sostenibilidad ambiental pareciera ser la producción ganadera. La industria, gobiernos y organizaciones intergubernamentales como la propia FAO, siguen analizando la manera de elevar la producción mundial de carne de 200 millones a 470 millones de toneladas en 2050.

El aumento proyectado por FAO en la producción de carne es un motivo de gran preocupación, de acuerdo a un estudio de la Universidad de Oxford, el año 2050 la mitad de los gases de efecto invernadero que el mundo podría permitirse para limitar el calentamiento global en 2 grados Celsius,  provendrían de nuestro actual modelo alimentario.

La investigación señala que un cambio hacia una alimentación bajo directrices dietéticas globales que incluye cantidades mínimas de frutas y verduras podrían reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 29%, mientras que con una alimentación vegetariana se reducirían hasta un 63 por ciento; y en una vegana, hasta un 70 por ciento.