Salto con mis amigos  de un fardo a otro, como quien cruza de montaña en montaña. Fardos de ropa americana repletan el patio de mi casa. La familia ansiosa espera el desembarco de Estados Unidos, para elegir su ropa y luego de esa elección, ponerla a la venta. Nos vestimos con ropa de segunda mano. Mi hermano mayor, tiene dos o tres chaquetas al estilo guerra de Vietnam, mi papá, pilotos largos hasta las rodillas como la serie Las Calles de San Francisco.

Es el año 1978, el negocio familiar está ubicado frente a la Plaza Chacabuco, en Independencia. El lugar es frío y enorme, se trata de un ala del antiguo Teatro Valencia. Por las noches cuando está oscuro y en silencio, se congregan las fantasmales voces deshilachadas de los asistentes al cine. Un espeso polvo antiguo habita ese espacio. Bolitas de naftalina estratégicamente puestas para ahuyentar el apetito de las polillas.

En la entrada del local, hay bandejas repletas de ropa, filas de gente, son cuadras de personas. Han venido de todos los barrios del sector norte. Se ha corrido la voz. La oferta es sacar a quince pesos la prenda, cerros arrugados de ropa donde se anuncia que viene completamente sanitizada.

Los clientes entierran sus manos obreras en esos cerros, bucean en el azar de las texturas. No hay ninguna jerarquía, en un mismo canasto pueden encontrar un traje de baño, calzoncillos, una polera, pijamas e incluso hasta un paraguas.

La economía chilena abraza con caluroso afecto al modelo económico. Se podría decir que se trata de un abrazo largo y asfixiante. Picoteos de palomas en las migas de pan del país del norte. Residuos que llegando a América Latina se transforman en ropa exclusiva, rarezas. Los nombres de ciertas universidades norteamericanas estampadas en polerones de tallas excesivamente grandes. Esa narrativa del encuentro une a la familia. Pero eso la familia no lo sabe, tampoco lo sé yo porque soy muy chico, pero recuerdo ese orgullo y hasta me parece oír: “¿Y ese abrigo tan lindo?” “Es de la ropa americana”. Luego el brillo en los ojos y la emoción de la exclusividad. Exclusividad en un país uniformado o de uniformes, de gente gris.

El reciclaje de la clase media desfavorecida -por decirlo en términos elegantes- nos hacía soñar por un minuto en que estábamos en Oklahoma, Iowa, Nueva York, Arkansas o Minnesota.

En una ocasión, mi madre escogió para mí un canguro, un pijama de franela celeste de una sola pieza, que tenía un cierre que partía en la zona baja (en la entrepiernas) y terminaba formando una u cerca del cuello. Dormía como si fuera un astronauta. Una mañana que me apremiaba orinar, con dificultad, en el baño intenté sacarme el traje de astronauta y terminó mi infantil miembro atrapado en ese cruel cierre. Alertados por los gritos de dolor, mi familia se congregó para liberar al rehén que ya comenzaba a ser devorado por los dientes imperialistas. La maniobra fue larga y cruda, llena de indecisiones. Ese momento se tornó interminable y hasta siento que a veces se repite esa imagen en mi cabeza.

La ropa americana fue una rebanada ensangrentada, amparada en una prosperidad de mentira. Ahora que lo pienso, había tenido suficientes incomodidades en el barrio con la ecléctica combinación de colores con que mi mamá escogía mi ropa. Me sentía exclusivo y colorinche, pero desde entonces una alarma de fuego se ubicaría en la genitalidad de mi recuerdo.

Nací en los 1000 días del gobierno de Allende, en 1972, año en que Allende en Nueva York dio su discurso en la Asamblea General de Naciones Unidas, donde habló y denunció el bloqueo económico financiero hacia Chile, donde habló del imperialismo y el colonialismo con nombre y apellido. Hijo de los 1000 días, luego vino lo que vino. Un accidente que se repite. La ropa americana.

 


Poeta y guionista