Insistir en el pensamiento de la comunidad hoy, en un contexto intelectual donde desde hace al menos tres décadas se desarrolla un reemergente e intenso debate –especialmente al interior de la filosofía política, la ética, la metafísica y, más insularmente, en la sociología y la antropología– sobre los fundamentos de una noción que atraviesa toda la historia del pensamiento occidental, no puede ser sino un trabajo recibido como justo. Justo en la medida en que su esfuerzo de conceptualización cae dentro de las preocupaciones actuales por comprender aquello que ha irrumpido fuerte y extendidamente como invocación sobre “lo común”, identificada como el principio político central y efectivo que ha animado las múltiples luchas contemporáneas contra el orden dominante y sus estados empresariales, cuya emergente razón es preciso pensar y definir más allá de sus usos corrientes irreflexivos y amnésicos, tal como desafían Christian Laval y Pierre Dardot en su último trabajo Común (2015). Y justo, también, porque en medio de una urgencia humanitaria que se extiende hace más o menos el mismo tiempo, sus ahora solo más visibles alcances trágicos evidencian ser consecuencia y a la vez desborde de la comprensión dominante que organiza globalmente la experiencia del ser en común, o sea, del ser con otros. Una justeza teórico-práctica –si se puede decir así– sin reservas y, por tanto, incesante y de largo aliento la que acompaña El problema de la comunidad. Marx, Tönnies, Weber (Prometeo, 2015), de Daniel Alvaro; obra que con cuño derrideano, se entrevera en lo que se ha dado en llamar el “renacimiento de la comunidad”, como acontecer diverso en la agenda política e intelectual de un mundo que así parece estar procesando una inminente crisis civilizatoria (o su ser-en-crisis como civilización).

Sumergiéndose en los cauces centrales de este reemergencia, con una erudita comprensión de la problemática, este trabajo concretamente busca establecer e interrogar, desde los márgenes de las llamadas “ciencias sociales” hacia su consistencia supuesta, la idea de “comunidad” en tanto significante inaugural de dicho campo disciplinar: “cifra” de un problema que surgiría de la constatación reiterada y sistemática, en la experiencia de la modernidad –y también de la contemporaneidad–, de la falta de vínculos atribuidos a lo comunitario, de la pérdida de la comunidad misma. A partir de allí, se plantea llevar a cabo una lectura en “clave deconstructiva” de lo que identifica como el privilegio de la comunidad –que también denomina “comunocentrismo”– en los discursos fundacionales de la tradición sociológica en su vertiente alemana; particularmente de Karl Marx, Ferdinand Tönnies y Max Weber.

Como operación intelectual, la tarea podría verificarse del siguiente modo: Partiendo de un diagnóstico que observa en dichos discursos fundantes la estructuración de un esquema oposicional sentado sobre la distinción conceptual comunidad-sociedad que marca la distinción y autorepliegue de la sociología como ciencia; el autor, “apropiado” de la estrategia deconstructiva, no solo avanza para evidenciar una olvidada e incontestada complicidad metafísica en los cimientos mismos de aquello que se erige como conocimiento objetivo para explicar lo social o, a decir del autor, la socialidad humana. Al llevar a cabo un análisis específico de los usos y significados que adquiere la idea de “comunidad” en las teorías de los autores mencionados, Alvaro también realiza una suerte de genealogía de esta noción opuesta e indisociable al concepto de sociedad, cuya relación con otras oposiciones metafísicas (e.g. naturaleza/técnica, propiedad/impropiedad, sensible/inteligible) conforma lo que identifica como un dispositivo o sistema dialéctico. No obstante, el esfuerzo va más allá –adonde en realidad buscaría ir la deconstrucción–, apuntando a distinguir, en el transcurso de esta escritura subversiva de las jerarquías, lo que Jacques Derrida llamaría la emergencia irruptiva de un nuevo «concepto», acá de socialidad, vale decir, la posibilidad de una otra ontología de lo común que irrumpe desde el entre, en aquellos “indecidibles” apuntalados a lo largo del texto que no se dejan comprender por el régimen de oposiciones binarias descubierto en los discursos sociológicos fundacionales.

Ahora bien, la reemergencia actual de los debates sobre la comunidad han redundado para el autor en un retorno igualmente problemático de comunitarismos de diversa índole, no solo aquellos referidos a los discursos sociales refractarios de la modernidad occidental (nacionales, religiosos, sexuales, etcétera), sino uno más inquietante relativo a una “poderosa semántica comunitaria al servicio de políticas nacionales e internacionales urdidas en el seno de las democracias liberales” (p. 302) que, como antaño, vuelven a invocar lo común como elemento preponderante. Ello acontecería toda vez que se percibe en el presente un problema en el vínculo social, una carencia en la socialidad de la sociedad, donde la comunidad reemerge como lo que -nuevamente- falta.

De este modo, la apuesta señala también al contexto más próximo de recepción, que vinculado con la reemergencia del problema de la comunidad nos involucra directamente y obliga a pensar sobre nuestras propias claves de lectura. Porque, para decirlo brevemente, si consideramos los dos escenarios regionales que acá competen (Alvaro es de Argentina), el libro no es sino una inquietante provocación. Allende la cordillera, porque que nace polémicamente justo en un momento bisagra entre el balance respecto de la década kirchnerista y el giro conservador y empresarial que encabeza el gobierno de Mauricio Macri. Si bien, durante la primera no hubo una invocación expresa a la noción de “comunidad”, sí su lógica política populista es llamada a examen con lo que se pone en juego en este trabajo escritural respecto de “lo común”, toda vez que hace inevitable interrogar los términos idealizados con que el progresismo argentino invocó un “común”, sea el de pueblo, sea el de nación, como resistencia relativa a las directrices dominantes de la economía mundial para construir localmente poder y hegemonía. Y digo resistencia relativa, en tanto la apelación a ese común significó al mismo tiempo su sacrificio, dada la permeabilidad que hubo al despliegue capitalista tanto por la vía neoextractivista como en la expansión del mercado de consumo (con su reverso despolitizador), por nombrar gruesamente algunos puntos problemáticos. Invocación a un común que con la avanzada conservadora de derecha se desplazaría rápidamente a la sociedad civil haciéndose potencia de lucha ante la severa amenaza de toda experiencia material sensible de lo compartido, de todo lo que inmediatamente se entiende por común.

Amenaza, que de este lado de la cordillera es promesa cumplida por constitución, y cuyos vergonzosos efectos han significado desde hace al menos una década, potencia efectiva de lucha y movilización social, pero en función de un común que, en la larga y angosta distopía de la sociedad chilena actual, tiene más bien naturaleza de falta originaria, forma de lazo social que nunca habría tenido la experiencia de lo compartido salvo aquel secuestro común constitutivo, el daño colectivo como lo único común. En cualquiera de los casos, allá o acá, la intervención de este libro no puede sino resultar incómoda y polémica respecto de los automatismos políticos con que se entiende ese común que anima las luchas, obligando a salir de los lugares comunes que incontestadamente determinan la acción política, o en rigor, la comprensión misma de la política con presupuestos metafísicos automatizados, descarnados y no profanados.

Y que esta determinación sigua siendo metafísica se corresponde precisamente con el cerrado nudo hacia el cual se dirige el esfuerzo disolvente de un libro cuyo aliento trasciende los bordes que lo materializan. Una fuga, una trascendencia en rigor solo aparente, pues no pretende reinstalar otra verdad reinante; por lo que se describe mejor como un trabajo de permanente trascender, de fugarse en la misma inmanencia mediante una tarea que desoculta y deshace su pretendida absolutez. El texto quiere mostrar que estas teorías sociológicas fundamentales están habitadas por un “principio de ruina”, cortocircuitos o desbordes conceptuales que no se dejan capturar fácilmente por la lógica oposicional que busca cerrar el sistema y que determina nuestro pensamiento sobre la socialidad, del logos sobre lo social. Los “indecidibles” que irrumpen y que no son subordinables a la socio-logía de los discursos, posibilitan su deconstrucción y tienden a habilitar un “concepto” de común que, como diría Derrida, no es ni en sí metafísico, ni en sí no-metafísico sino relativo a una materialidad excesiva y exterior que no se agota en una resolución dialéctica; que no responde ni a comunidad ni a sociedad, o quizás es ambas cosas a la vez. Algo así como un comunismo extático que pese a su carácter de indecidible, su concepción mostraría para Alvaro ya signos inequívocos de que sí es pensable, aunque probablemente no bajo la captura de la matriz logocéntrica de nuestro devenir Occidente.


Estudiante de Ingeniería, PUC Militante del Frente de Estudiantes Libertarios, Izquierda Libertaria.