Ilustración: Latuff

Ilustración: Latuff

Justo a los pies del morro de Babilonia se instala una patrulla de policía. Es la primera señal de una división marcada por los contrastes. De un lado: enormes y bellos edificios, autos del año, gente de tez clara, calles limpias y vegetación cuidada. Del otro, cuesta arriba: modestas casas construidas con materiales ligeros; moto-taxis para los que pueden evitar subir a pie escaleras infinitas; gente de tez oscura y cabellos rizados; calles a mal traer con basura que se acumula en las esquinas, árboles que crecen rebeldes e interrumpen el asfalto.

Desde hace un tiempo, la palabra “favela” se convirtió en un término despectivo para referirse a las tomas o poblaciones donde se concentra la población más pobre. Es en ese espacio de abandono, en el que muchas casas no tienen electricidad o servicios sanitarios básicos, donde se asentó el narcotráfico. A diferencia de ciudades como Sao Paulo, en que la mayoría de estas comunidades se ubican en la periferia, Rio de Janeiro es una mixtura de realidades que se enfrentan y cuestionan cotidianamente. La del morro Babilonia, Chapéu Mangueira, colinda con los condominios de Copacabana, en el sur de la ciudad. Esta comunidad posee una Unidad Policial Pacificadora, las UPP, un proyecto de la Secretaría Estatal de Seguridad de Río de Janeiro que pretende desarticular las mafias que controlaban el territorio. La primera de estas UPP se instauró en 2008 en la favela Doña Marta, en Botafogo, también al sur de Río.

Las UPP han sido fuertemente criticadas por organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional (AI), cuyos informes denuncian que las ejecuciones extrajudiciales en operaciones de la Policía Militar son frecuentes y se respaldan en la llamada “guerra a las drogas”. Rio de Janeiro se ha convertido en el ícono de la violencia extrema, pues según relata AI, entre 2005 y 2014 se registraron 8.466 casos de asesinatos como consecuencia de la intervención policial. De las 1.275 víctimas de homicidio como consecuencia de intervención militar entre 2010 y 2013, el 99,5% eran hombres, el 79% eran negros y el 75% tenían entre 15 y 29 años de edad. El estudio añade que el discurso oficial suele culpabilizar a las víctimas, que ya son estigmatizadas por el racismo, la discriminación y la criminalización de la pobreza.

Quizás por eso, la primera impresión al llegar hasta ese rincón sobre el cerro es el de represión. Durante mi primera jornada como huésped en Chapéu Mangueira, decidimos salir a caminar por Copacabana. Apenas cerramos la puerta de entrada de la casa, aparece un grupo de 7 policías cargados con metralletas.

-“Dejen las mochilas ahí y apártense hacia el muro”, dice uno de ellos con un gesto brusco.

El hombre abre las mochilas y comienza a buscar entre las pertenencias. Sus colegas aguardan atentos sin soltar la mirada intimidante. Abren los bolsillos y vuelven a cerrarlos algo desilusionados al no encontrar lo que buscan. Sólo encuentran una cámara fotográfica, un objetivo, una bolsa con una grabadora y todas sus piezas; un par de libretas y un estuche con tabaco, papelillos y filtros. Con esto último, el policía se entusiasma, como quien encuentra al fin el tesoro escondido. Luego comprueba que sólo es tabaco. Nada más. No hay drogas, ni siquiera marihuana. Y ante su desilusión, hace un gesto rabioso en el que ordena a Pablo Pérez-Cano, mi acompañante y anfitrión, que abra las piernas y se apoye contra el muro. Lo revisan y comprueban, una vez más, que él tampoco transporta nada prohibido.

“Es una operación de rutina”, responde el policía, sin dejar espacio para más preguntas. Junto a sus colegas, continúan su ronda cerro abajo, deseando “bom dia”.

“Fueron amables porque somos extranjeros y no somos negros. Con la gente local son muy violentos”, se apresura en decir Pablo, quien ha visto cómo a su vecino lo golpeaban e insultaban en una de estas mismas “operaciones de rutina” sólo por mirar a los ojos a su agresor. Pablo es un periodista mexicano que llegó hace meses a vivir a Brasil y se instaló en este espacio donde ya ha cosechado amistades. Este lugar, barato y muy cerca del mar, se ha convertido en una alternativa asequible para muchos latinoamericanos provenientes de otros países del continente, sobre todo de habla hispana. En su mayoría son argentinos, pero también hay mexicanos, peruanos, colombianos y chilenos, como Pablo Valenzuela, dueño de Green Culture Eco-Hostel. A diferencia de su tocayo mexicano, este otro Pablo nació en Santiago hace 37 años, vivió gran parte de su vida en Suecia y desde pequeño viajaba regularmente a Brasil para visitar familiares, donde surgió una conexión con el país.

Fue hace 5 años cuando decidió instalarse en Río de Janeiro y aprovechó sus conocimientos en turismo y negocios, además de la buena economía por la que atravesaba Brasil. En ese entonces, ya se preparaba la organización de la Copa Mundial 2014 y las Olimpiadas 2016. Instalarse parecía fácil, pero los altos costos de la ciudad hicieron que el chileno se instale en una zona más desconocida para el turismo, pero que comenzaba a provocar interés en los extranjeros: las favelas.

Yasna Mussa

Yasna Mussa

Los huéspedes

-“La persona que elige hospedarse acá en general es europeo, joven y viajero. No es el típico turista que busca la postal, sino que se trata de una persona que ama viajar y conocer de manera más profunda la vida cotidiana de la gente local”, explica Pablo Valenzuela a El Desconcierto mientras se balancea en una hamaca multicolor.

Minutos antes de nuestro encuentro en la cima de la ladera donde se encuentra su hostel, recibí un mensaje de texto en el celular. “¿Dónde estás?”, preguntaba Pablo Pérez-Cano, preocupado. “Mejor no subas por ahorita porque al parecer hubo un tiroteo”, me advirtió en seguida. Esperé lo necesario y al llegar al encuentro con el dueño de Green Culture Eco-Hostel, el chileno aseguró no haber escuchado nada pero que “ese tipo de cosas ocurren todo el tiempo. Y la vida continua”. Y así parecía: dos mujeres conversaban relajadas en la esquina cargando a sus pequeños hijos. Más allá, una peluquería para hombres, que funciona sin horario y con la música a todo volumen, atendía a varios clientes. La vida continua. Y esa naturalidad es la que según Valenzuela resulta atractiva para los viajeros que están hartos de la foto con el Cristo Redentor o una panorámica desde el Pan de Azúcar.

El nivel de peligrosidad también depende de su ubicación. Al norte de Rio se encuentran las más conflictivas y violentas. Al sur, las más controladas por la policía y con cierta estabilidad que permite que hostales como los de Valenzuela funcionen sin mayores riesgos.

Durante el tercer día de mi estadía en Chapéu Mangueira los rostros se volvían conocidos. Más allá del “buenos días” que sagradamente repite quién sea que aparezca en tu camino, los vecinos ya me reconocían como nueva habitante. Por la noche, volviendo de la zona baja de Copacabana, un ruido nos alentó que debíamos abrir el paso en ese estrecho camino por donde suben y bajan con destreza toda clase de vehículos. A mi lado había un hombre de mediana edad que cargaba bolsas con sus compras. Subían en caravana 8 camionetas militares repletas de efectivos armados con metralletas. En la cabina, en la caja y en los bordes, lucían sus armas y uniformes en un operativo que tenía tanto de violento como de misterioso.

El vecino puso su mano para detener mi paso y susurró: “enviaré un mensaje de texto para saber cómo está todo allá arriba”. Asentí con la cabeza. Luego de un par de minutos anunció que podíamos continuar sin problemas.

Así se cuidan en las comunidades, pues han aprendido que todo depende de ellos. Desde construir sus casas, conseguir lo básico para ser menos pobres dentro de su pobreza y cuidarse entre amigos y familiares, pues la policía no representa un alivio para su inseguridad. La favela se militarizó y con ello la impunidad se ha institucionalizado.

Fuego Cruzado

AI se percató de la importancia de la tecnología en la red de protección entre los vecinos por lo que decidió crear una aplicación llamada Fuego Cruzado. En un mes, la app consiguió que más de 30 mil personas la descargaran en sus celulares para dar aviso de lugares donde habían tiroteos. AI también denunció el abuso y los asesinatos perpetrados por las fuerzas policiales que en los últimos tres meses, en una especie de “limpieza pre olimpiadas”, aumentó la cifra en un 100 por ciento en relación al mismo período de 2015.

La segregación es tan evidente que en el camino que une al Aeropuerto Internacional Galeão de Rio de Janeiro con la ciudad, una kilométrica valla exhibe imágenes alusivas a las postales cariocas más típicas, mientras sirve de capa para ocultar las interminables casas pobres y destartaladas que espantan a los turistas.

Las armas de guerra que ahora se exhiben por toda la ciudad son parte de la coyuntura. Las amenazas de terrorismo pusieron el foco en este mega evento deportivo en un país que atraviesa una crisis política, social y económica. Con el Estado de Rio de Janeiro declarado en bancarrota y un presidente interino, Michel Temer, acusado de golpista, las calles cariocas vieron desfilar interminables manifestaciones los últimos meses.

El costo para sus habitantes no es sólo parte de la deuda de 9 mil millones de euros que cuesta el evento. Cada vez que Brasil asume su lema de “orden y progreso” para ser anfitrión de una cita internacional, los vecinos de las comunidades se vuelven más sospechosos y menos protegidos. Algunos -si podemos considerar algunos a 77 mil personas- se convierten en desplazados pues su territorio ha sido requerido para la infraestructura del evento, como es el caso actual con la Villa Olímpica.

El último día de mi estadía en la casa de Pablo Pérez Cano, me contó de lo crítica que se volvía la situación durante los días de los Juegos Olímpicos. El cambio en el paisaje es tan brusco, que queda la duda para alguien pasajero de si se trata de una excepción por las circunstancias o es lo habitual. La segregación es de facto, dice convencido el periodista mexicano, pues toda la gente que vive acá es negra y la que está abajo del cerro es blanca. La policía actúa de manera muy diferente con cada una de ellas.

Cerro abajo, dos policías beben cerveza como si vistieran tenida deportiva y no un uniforme militar. Un perro ocupa todo el peldaño para dormir la siesta bajo el sol. En la curva, una mujer carga bolsas cuesta arriba y un europeo sale de su hostel con el rostro colorado por la insolación. Dos militares con metralletas hacen guardia en la intersección. La vida continúa.