De que hay un fascismo de elite en la sociedad chilena, lo de Burgos lo demuestra con holgura, instala la sospecha y un miedo difuso a la acción maléfica, parece un guión de los ’70, sacado de la peor persecución al comunismo come guaguas, aquel del cáncer marxista que había que extirpar.

Walker y Zaldívar respaldan los dichos dando sepultura a la Nueva Mayoría, los activistas de Lagos sacaron la cara presidencial, su rótulo registrado. No es una proscripción ante un país sitiado por el neoliberalismo, sino un apartheid, la posición del miedo usada para revivir viejos fantasmas empolvados de la Guerra Fría, Burgos se quedó en el siglo corto de una bipolaridad geopolítica.

El país cambió las multitudes hablaron y han hablado, el país requiere reformas que impliquen transferencias económicas a las mayorías, el país ya no cree en los fantasmas, el terror y su invocación no es algo que esté de moda entre los chilenos, ese sesguillo fascista pasó de moda.

Las alamedas multitudinarias abrieron el conflicto de lo político, y no el estatus quo, si las élites binominales no se dieron cuenta el país hizo una transición forzada por la ausencia de derechos. Para estos sectores antidemocráticos que usufructuaron de una transición pactada “por arriba”, donde el protagonismo de la gente durmió una siesta larga, un inmovilismo que visualizaba en la sociedad chilena una ausencia de actores relevantes que pudieran poner en riesgo la quietud de las aguas, hasta que llegó el 2011 y se movieron los escenarios políticos al punto de abrir las agendas de reformas en distintos niveles de los quehaceres sociales sensibles.

Cambiaron los relatos y la elite se asustó, el quiebre del binominalismo abrió caminos para un PC que con su impronta gramsciana entro en el correlato de una alianza que ha sido minada por la peor crisis de credibilidad de la política, estableciendo una sintomatia que yacía estructural en la condición de un mercado totalitario cuyos tentáculos han atravesado los patios interiores del alma nacional.

La tradición democrática del PC es una característica peculiar de nuestra idiosincrasia política, el contexto reformista abrió la política, y por tanto, la aparición de actores con esa vocación se hizo ad hoc. La subjetividad de la calle está en otra, las élites si no quieren un aluvión institucional tendrán que entender que la cosa por arriba, entre cuatro paredes dejó de ser una garantía aprobable por la ciudadanía.

Burgos y Piñera instalan esa vieja fotografía de los eslóganes pinochetistas que nos traen al final la idea de que la democracia es una ficción, y el Estado trabaja para que nada cambie, menos los equilibrios del poder. Este intento de reinsertar fantasmas es una muestra de la desesperación de las élites que nos traen al lobo cada vez que sus intereses corren riesgos. Piñera defiende sin argumentos como el “pije” prepotente, una arrogancia cursi que no ha dicho nada contundente para defender el sistema de AFP, una pará choriza cuica de la peor escuela, muy lamentable performance, y ahora Burgos torpedea como el pendejo insoportable que no contento con los resultados del juego se quiere llevar la pelota para la casa.

Esto recuerda algo dicho por el viejo dictador, “cuando si le tocaban un hombre se acababa el estado de derecho”, esa es la escuela autoritaria que estos personajes quieren imponer, es su modernidad patronal. Solo faltaría escuchar y puede que lo escuchemos que “los chilenos somos mal agradecidos”, en fin, toda esta imaginería autoritaria tiene harto a los chilenos.

La democracia debe abrir proyectos políticos, sustentar un dibujo de horizontes distinto, la subjetividad de los malestares ya no permite la misma concepción de Estado mínimo, para dar cuenta de otra posibilidad de desarrollo social en Chile se requiere de otro Estado, y esto es lo que nuestras castas están viendo como un punto de inflexión insoportable, que se abre un nuevo Chile, y ese Chile está en disputa, y hay que salir a conquistarlo en la calle.

Estas piezas doctrinales autoritarias ya cumplieron un ciclo, la madurez de Chile está en otra, y las discusiones políticas que se vienen son parte del avance de la democracia, y los reconocimientos políticos y sociales son parte de una apertura sana que debe imponer otros derroteros al devenir nacional.


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