¿De que Burgos es un anticomunista militantemente furioso? Con certeza lo sabía desde mucho antes de conformar un pacto con un partido que no tiene precisamente un pasado democrático del cual puedan sentirse muy orgullosos.

Acusar de indisciplina al PC en circunstancias que todos saben que ha sido el único partido que no ha tocado con el pétalo de una flor a la presidenta, y se ha formado con regular disciplina detrás de un programa, aún cuando muchos de sus antiguos aliados y sus ex militantes le enrostran precisamente esa conducta como incoherente.

En rigor, los únicos Bachelet lovers de verdad, han sido los cuadros del PC, quienes le celebran hasta sus cumbias.

Como quedó demostrado en los dos primero años de gobierno, el PC se manifestó como el más entusiasta, acrítico, y leal defensor del programa de la Nueva Mayoría, y si es que en algún momento presionó, fue con una fuerza tanteada y con efectos calculados.

Así, su propuesta de nacionalizar SQM, que fue leída por Burgos como una vuelta a la UP, se trataba solo de una idea que no pasaría de ser eso, una idea. Pero que le sirvió al ex ministro para justificar su aparente encono.

Lo que asombra es el cuero duro que han cultivado los comunistas para soportar un proyecto político que se aleja tanto de lo que han sido las definiciones históricos de ese partido, como de lo que la gente emputecida exige hoy mediante vastas movilizaciones.

De las que, es vidente, el PC ha estado ausente.

Que puntualmente pondrán en valor esa lealtad cuando llegue el tiempo de negociar listados parlamentarios, es otra cosa. Lo cierto es que lo de Burgos es una cortina de humo.

El ex ministro se oculta en su anticomunista genético para encubrir su verdadero objetivo: recuperar la fortaleza del modelo. El aparente berrinche de Jorge Burgos no es sino una faramalla rasca para ocultar lo que de verdad hay tras bambalinas.

La eclosión anticomunista que encabeza no debiera asombrar a nadie. El ex ministro cultiva con esmero un perfil que concuerda con lo que debe ser un agente de la CIA enquistado en la política nacional bajo la bandera de un partido que le ha servido de cobertura al imperio.

Lo suyo es la defensa del sistema al costo que sea. Y ante las amenazas que se ciernen por un posible despertar popular, parte por tensionar una coalición debilitada por la corrupción, maniatada por la sus incapacidades y despreciada por la ciudadanía.

Burgos mete una cuña en medio de esas heridas con un toque de perfecto anticomunismo, en cuyo radio de acción cae también la presidenta y su pasado socialista. Despunta en su operación la necesidad de mover el centro hacia la derecha. No conforme con la derechización de su coalición y de su propio partido.

El palabreo de Burgos contra el PC, su bronca con reminiscencias del Departamento de Estado, es un intento por desarmar a la Nueva Mayoría.

La operación de Burgos emerge de un diseño que hace pie en el olor a cadáver que emite la Nueva Mayoría y el rigor mortis de su principal líder, la presidenta, y termina en el peligro de lo masivo de las movilizaciones populares, y en el resigo que estas se inclinen por candidaturas que opten por desplazar a los eternos alcaldes y concejales, ahora, para luego apuntar al Congreso.

Burgos estará extrapolando lo que puede pasar si la gente no solo sigue marchando, sino que a los desfiles agrega las votaciones como una forma de movilización.

Lo que se viene es la disputa por el reemplazo si se considera el fracaso de la actual coalición y el desplome de rasgos históricos de la presidenta. Y la necesaria corrección para el efecto de salvar el desfonde del modelo con vista a la derecha.

Lo que está en riesgo es la Nueva Mayoría. La posibilidad de la secesión no es descartable para la asunción plena de Lagos como el ordenar del naipe que tiene el beneplácito de la derecha y el departamento de Estado y por el otro flanco la crítica del PC.

El mensaje de Burgos es claro: como sea, pero sin el PC. Y en ese escenario ese partido tendrá su mayor desafío. Se alinea con la derechización definitiva o se va por donde llegó.

Como vemos, nada de que extrañarse, después de todo.