Adentrarse en los años tortuosos donde pobladores y pobladoras cerraban filas y ocupaban un rol protagónico en una sociedad donde siempre fueron excluidos –inclusive por aquellos que enarbolaban banderas en pos de la misma causa- sería ingresar a la nutrida gama historiográfica, sociológica y antropológica que analiza al movimiento de pobladores desde su fundación en la histórica población La Victoria en aquella fría noche de octubre de 1957.

Analizar el movimiento desde sus reivindicaciones sociales, como techo, terreno o insumos básicos, sería una acción pedante y académica de querer agotar a estas mujeres y hombres a, precisamente, la institucionalización de esas demandas; lo que reflejaría que los pobladores como movimiento, serían un fin en sí mismos.

Lo que se pretende dista de zanjar toda una problemática: la cuestión es hacer emerger una parte de nuestra historia que no ha sido analizada con rigurosidad; visualizar el eslabón perdido entre dos momentos presentes en nuestro ideario colectivo, a saber, las poblaciones marginales que desde mediados del pasado siglo, se erigieron como espacios de resistencia, que fueron capaces de construir por sí mismos, un discurso político. Por consecuencia, fueron desarrollando y constituyendo su subjetividad; hasta las mismas poblaciones ahora subsumidas bajo la violencia de bandas que crecieron en torno al narcotráfico y la disputa de territorio para ampliar su mercado. ¿Por qué la necesidad de encontrar ese eslabón? Yo me respondo problematizando sobre la misma interrogante: ¿cómo pretender creer que es sólo producto del azar que aquellas mismas poblas que comparten (in)directamente una fundación común en la toma de terreno, providencialmente hayan metamorfoseado a las poblaciones que hoy conocemos? Resulta por lo menos conformista plantear que sufrieron un desarrollo natural o que su evolución (¿involución?), responde a los nuevos tiempos.

La respuesta puede encontrarse a mi juicio, en la inserción de drogas duras en esos espacios. Es relativamente sabido que Pinochet tuvo una relación con las drogas muy cercana: desde la extradición de todos los cárteles del narcotráfico chileno hacia EE.UU. (miedo que siempre tuvo el capo de la droga colombiano, Pablo Escobar -de quien se documenta que un chileno es quien le presenta el negocio de la droga- quien conocía perfectamente el antecedente chileno), los primeros meses luego del golpe, hasta la suculenta cuenta en el Riggs suizo, nutrida activamente por sus negocios ilícitos con la cocaína negra. Aún así, no se documenta la entrada de las drogas a las poblaciones santiaguinas –y por cierto, no sólo en Santiago- y la escasa bibliografía que pretende abordarlo, deja de lado la real causa de esta inserción: la destrucción de una subjetividad (comprometida socialmente, pero también con un proyecto de sociedad que desbordaba ampliamente surealidad) y desde aquí, el movimiento deliberado de construcción de otra subjetividad totalmente nueva (hedonista, consumista, individualista; de apología del deseo, no de tal o cual, sino de la noción misma de desear); en fin, un tránsito que no sólo se explica desde la droga , sino que este es un factor ingratamente analizado.

Desde fines de los ’80, la cocaína comienza a verse en los sectores marginales de Santiago. Muchas veces los mismos agentes de la CNI eran los que la repartían. Prontamente la juventud se vio expuesta a esta y, a causa de su rápido poder de adicción, unida a la consecuente degradación de la cocaína hacia la pasta base, amplias masas de jóvenes fueron retirándose de la actividad política y volcándose a la nueva experiencia que en torno de la droga se construía. En definitiva, la destrucción de los códigos: el neoliberalismo instala un discurso –totalmente hegemonizado, por cierto- de que todo código se puede/debe romper-, por lo mismo, todo se vuelve instantáneo, perecedero, desechable, al alcance de todo medio, por sobre cualquiera.

Enjuiciar a la dictadura por esto sería cómodo y obsecuente para con los gobiernos de la Concertación, ya que en gran medida fueron estos los que excluyeron al movimiento de pobladores, principalmente desde mediados de los ’80 y principios de los ’90 (no sólo a los últimos estertores de los movimientos revolucionarios), sino a toda una población marginal que, si bien no pedía a gritos un cambio radical en la sociedad, sí podía ser un obstáculo potencial importante en un futuro cercano tras, por ejemplo, la administración de un modelo de sociedad –decir económico sería simplista- heredado de la dictadura.

No es antojadizo que tras el pacto que esta hizo con la Concertación, viniera una retirada exponencial de comandos partidistas en las poblaciones, además, del cese de las actividades de la iglesia católica en las mismas. Todo un andamiaje realizado para la despolitización de esas masas que ayudaron en amplia medida en la erradicación del régimen de facto, pero que “derrotado” (en enormes comillas), ya no eran necesarios: no sólo se les retira de la vida política, sino que se les debe destruir, alienar, para dar paso a otra obsecuente a los nuevos tiempos. Cría cuervos: los mismos nuevos tiempos que traen consigo la violencia delincuencial, el narcotráfico y los -por muchos denominados-guetos, entre muchísimas otras cosas.

El (mal) ejemplo chileno es sólo otro en la concatenación de acontecimientos ligados con droga y el juego construcción/destrucción: desde la Guerra del Opio (que dará comienzo al siglo de humillación china, terminada con Mao), pasando por el financiamiento de las contras anticomunistas nicaragüenses gracias a la epidemia del crack, o las anfetaminas en el país vasco tras la España franquista, por ejemplo.

La droga como medida de Racismo de Estado como Foucault presenta, a propósito de la nueva expresión de poder. La droga entonces como medida paliativa no explícitamente violenta para contrarrestar el fervor (o posible encono), de ciertas capas de la población. Asimismo, como Michael Cetewayo Tabor, corroborando que la droga es un instrumento violento de destrucción-construcción no manifiestamente nocivo, lúcidamente decía: “El opresor (…) se da cuenta de que esto no puede hacerse abiertamente sin intensificar el fervor revolucionario de las personas (…). Por lo tanto, se necesita un pretexto para la colocación de más cerdos (policías), en el gueto”.


Estudiante de Filosofía