Un garabato en el muro de un block originó una visionaria conversación entre Roberto Hernández y David Villarroel mientras caminaban una tarde del año 2010 por la población San Miguel, en la comuna del mismo nombre. Lo que empezó como una crítica a ese rayado indescifrable, se transformó en una ‘volá’ que los llevó a imaginar la población entera llena de coloridos diseños pintados en grandes dimensiones: su barrio de siempre, transformado en una galería de arte al aire libre. Sueños y críticas que derivaron en acciones concretas y autogestión cultural, luego de lo cual la población del sur de Santiago se convirtió en patrimonio de la comuna gracias a la creación de los 45 murales que conforman hoy el Museo a Cielo Abierto de San Miguel: 4 mil metros cuadrados de arte popular, callejero y gratuito. Todo ello nacido de una conversación informal que hizo renacer un barrio amenazado por la voracidad inmobiliaria y el desgaste de los años.

¿Por qué alguien raya un garabato incomprensible en un muro, sin importar que los transeúntes lo entiendan? Esa fue la pregunta que fundó los argumentos para el surgimiento de los murales en la población: el cuestionamiento a todos esos rayados hechos sin permiso y sin la intención de ser comprendidos por el espectador. Más tarde, pensaron en las posibilidades de hacer algo mejor que contara con la participación y la aceptación de los vecinos. Pensaron, debatieron y soñaron con el proyecto, sobre los recursos para financiarlo y la concreción del mismo. Cuando se estaban despidiendo aquella tarde, vieron en esos viejos muros, lienzos en blanco dispuestos para la creación y visualizaron su barrio vestido de coloridos murales.

Llegada la hora de conseguir los recursos y gestionar todo lo que fuera necesario para concretar el sueño -y tras enfrentar un fallido financiamiento privado- postularon a una línea Bicentenario, inédita del Fondart. Saltaron los cercos burocráticos propios de la gestión cultural, aprendieron el ‘teje-maneje’ de los fondos concursables y dos meses después obtuvieron auspicio público para 11 murales en la Avenida Departamental. Con ese Fondart Bicentenario se realizaron 21 obras y con el resto de pintura que quedó, se aumentó la cifra a 33. David Villarroel recuerda que al comienzo el trabajo fue difícil debido a un prejuicio contra el mural y el graffiti. “Había una idea asociada a la delincuencia y al temor a ser estigmatizados. Sin embargo, hoy en día todos quieren que sus muros sean pintados”, recalca el fundador de Mixart, centro cultural que impulsó el proyecto.

Para Roberto Hernández, los murales le dieron un título que él defiende con fuerza, sostiene que el trabajo tras la realización de los murales los convirtió en “gestores culturales” del Museo a Cielo Abierto. Además, plantea que el sello diferenciador de esta galería de arte callejera, es precisamente el valor que se le dio a la opinión de los vecinos. “Presentamos a los artistas y le mostramos el boceto a los vecinos. Nosotros somos notarios de un proceso, donde los vecinos terminan siendo los curadores del museo”, dice el actual director de Mixart.

Esta galería de arte urbana, donde los diseños cuelgan de los muros proletarios de una población nacida hace medio siglo, es una experiencia cultural que ha sido replicada en otras comunas. Los vecinos ya se han acostumbrado a recibir público habitualmente, ya que es visitada por colegios, turistas y estudiantes universitarios. El Museo a Cielo Abierto de San Miguel, ha sido un instrumento artístico cultural de los pueblos que ha servido como modelo para expresar el sentir de la comunidad, y ha inspirado otras iniciativas similares, adaptadas a las características de cada arrabal. Ha sido un referente nacional e internacional y un símbolo de la nueva etapa en el arte del mural callejero. El muralismo es una expresión artística que en Chile tiene su origen en los años sesenta y que carga con una fuerte tradición política y contestaría, de la cual algunos han pretendido desmarcarse y darle un nuevo aire, eso sí, sin dejar de lado el objetivo primigenio del muralismo: educar a través de la imagen en grandes dimensiones.

El barrio como galería de arte

Alejandro “Mono” González –referente indiscutido del mural en Chile y América Latina- es el director artístico del Museo a Cielo Abierto de San Miguel y en referencia a su participación en esta creativa iniciativa barrial, manifiesta que el muralismo callejero nacional es reconocido en el mundo entero. Además, destaca que su principal objetivo es ser una provocación visual que se instala en puntos de alto tránsito de espectadores ya que puede ser percibida por cientos de miles de personas. “El muralismo expresa la opinión sobre lo que está pasando y sobre lo que quiero que pase. En la calle es donde se producen las luchas ideológicas más grandes”, asegura el artista desde su galería en el persa Víctor Manuel, inmerso entre decenas de serigrafías propias y de otros artistas emergentes a quienes él apoya.

Para Mono González, los objetivos del muralismo urbano no han cambiado desde los años que lo vieron nacer en Chile. De hecho, considera que actualmente hay una reflexión y madurez mayor respecto de los sentidos de la calle. Para él, lo que está pasando en los museos a cielo abierto en las poblaciones, es una revolución que plantea la ocupación de los espacios públicos y barrios completos.

Desde la población Lo Amor, Sara Gajardo, en Cerro Navia, Christian Ferrada, muralista, vecino y director artístico de PoblaciónArte, plantea que estamos viviendo una nueva etapa del muralismo y, a la vez, un resurgimiento del mismo. Esto debido a que, a su juicio, el muralismo ha generado más impacto en los últimos años. “Hay marcas que trabajan con graffiteros, iniciativa pública donde se ha utilizado el mural para decoración del entorno y fondos concursables para poder llevar a cabo todo esto”, señala Ferrada. Sin embargo, ve también con desconfianza tanto auge y teme a que el muralismo termine por “trillarse”.

Esa última reflexión es compartida por Mono González, quien dice que algunas municipalidades, incluso de derecha, ven el mural como una alternativa para evitar el graffiti. “Para que no sigan llenado las calles con garabatos, están ‘métale’ murales”. Para Ferrada este resurgimiento del mural callejero generará más conciencia en la masa. “No todo tiene que ser como lo estandariza el sistema, que tiene que ser todo gris y plano. Basta de eso, ¡nosotros somos los dueños de la ciudad!, no de los edificios, pero sí de donde caminamos. Somos dueños de lo que queremos ver y mirar”, enfatiza. El Mono González, también radicaliza su opinión al respecto y sostiene que “hay que romper el cerco y ganar los espacios. El Estado y el sistema deberían apoyar esta cultura de abajo, no imponerla desde arriba como lo hacen”.

Desde Buenos Aires, Alfredo Fernández, más conocido como “Freddy Filete”, comenta su visión sobre este arte callejero. Freddy es conocido por desarrollar y preservar el arte bonaerense del fileteado porteño. Su participación en PoblacionArte le dio la oportunidad de ver cómo las realidades de los pueblos se replican en los arrabales latinoamericanos. “No conocía la realidad social de Sara Gajardo, pero cuando participé me di cuenta que se parecía mucho al barrio donde nací, lo que demuestra que los sufrimientos y esperanzas de los barrios son iguales en cualquier lugar de nuestra América profunda. Fue una linda experiencia por lo que se generó y por dejar una semilla en forma de muro que genera un diálogo constante con los que conviven con esas paredes”, nos cuenta desde la capital argentina.

Oleo de mujer callejero

Pía Monardes ha sido parte de la experiencia PoblaciónArte, a través de su trabajo en la Fundación Urbanismo Social, organización que ha empujado esta iniciativa con el objetivo de generar una oportunidad de desarrollo urbano y social para la población. Ella indica que, además de poder democratizar la cultura y de llenar de color las calles del sector, “PoblaciónArte ha permitido fortalecer aún más a la comunidad”, mediante la participación de las personas en los proyectos y la recuperación de los espacios.

Esta trabajadora social, en conjunto con Christian Ferrada, los vecinos agrupados en el Club Deportivo Social Cultural Memorial Sara Gajardo y la Fundación Urbanismo Social, han recuperado murales históricos y han generado una nueva galería de arte público para Santiago, sumándose de esa manera a las distintas experiencias muralistas en Chile. Entre ellas destacan también el Museo a Cielo Abierto de La Pincoya (2012), los murales que se están realizando en la ribera del río Mapocho y el Museo a Cielo Abierto de Valparaíso, en el cerro Concepción (1992), además de todas las obras realizadas en las calles de la capital y a lo largo de Chile.

Para Freddy Filete, el mural es principalmente una herramienta social de comunicación, que rompe con los estereotipos impuestos por los medios masivos que a su vez, responden a intereses económicos. “El arte callejero nace de una necesidad, muchas veces autogestionada y nace de la identidad de los pueblos que ven en estas expresiones una unión de acción y pensamiento”, afirma el artista bonaerense.

“Cuando le preguntan a la gente dónde vive, ellos dicen: en la población San Miguel, la de los murales”, cuenta con orgullo Roberto Hernández, del Museo a Cielo Abierto de San Miguel. Asegura que los murales han tocado el corazón de la población y nos cuenta que el Museo se ha ganado a la gente. Además, insiste en que los murales que conforman el Museo a Cielo Abierto salvaron al sector de ser consumido por la voracidad de las inmobiliarias que acechan la comuna desde hace un par de años. Para Hernández, los murales de la población San Miguel son una inversión cultural que da cuenta cómo los “fondos públicos se transformaron en arte público y gratuito para todos los chilenos”.

Lo que en la mayoría de los casos ha comenzado como reacción al descuido y el abandono, se ha transformado en estas poblaciones en un rescate de los espacios con las propias manos de los vecinos. Algunos han sentido en sus espaldas la carga de ser gestores culturales y responsables de los murales que ellos mismos o connotados artistas han pintado. El sentido de pertenencia y la forma en que esa expresión de arte toca el corazón de las poblaciones es palpable y transmitida por las personas de a pie que han resignificado su territorio, por medio del arte en grandes dimensiones. Los murales han devuelto a las comunidades la oportunidad de aprender y trabajar en comunidad, han permitido a los vecinos olvidados autogestionar y crear arte de calidad, gratuito y respetuoso en los muros que conforman sus vecindarios. Los murales han visibilizado y transformado los otrora barrios grises en poblaciones vivas y verdaderas galerías abiertas y libres, llenas de color. En otras palabras, el muralismo callejero ha sido una revolución en colores que refleja fielmente que la democratización y acceso a la cultura real está en nuestras propias manos.