En un país como Chile donde los temas relacionados a la sexualidad todavía son tratados como tabú, donde aún provoca malestar hablar clara, tranquila y honestamente sobre derechos sexuales y reproductivos, vemos una vez más que una niña de 11 años es violada por un cercano y está embarazada. Un país como Chile donde, para mantener y aceptar esa limitación, perpetuamos el silencio a que son obligadas, por vergüenza y miedo, niñas y niños abusados sexualmente.

Una niña abusada sexualmente sabe que está sufriendo, pero siente y sabe que no puede hablar sobre el abuso que soporta. No puede hablar porque su corta edad no le permite distinguir el mal que le están causando aunque esté sufriendo.  No puede hablar porque con nueve, diez u once años no sabe cómo hacerlo, ni con quien.  No puede hablar porque si lo hace teme ser reprendida, rechazada, castigada, maltratada y castigada por aquella persona responsable de protegerla.

Una niña o un niño abusado sexualmente gritan por ayuda. No gritan con palabras denunciando al agresor, gritan en silencio con gestos, actitudes y posturas corporales, señales que la mayoría de las veces no son escuchadas ni reconocidas por aquellos que las cuidan. Quien debería proteger a las niñas y niños de sufrir una agresión sexual, no aprendió a escuchar. No conoce los códigos y señales que denuncian el abuso.  No escucha el grito silencioso pidiendo ayuda porque no sabe, lisa y llanamente, que esos gestos, señales y conductas son, en realidad, un grito de socorro.

Quien cuida, y debiese proteger a las niñas y niños de abusos, no escucha porque tiene miedo de hacerlo.  Quién cuida también es hijo e hija de la cultura que no le permite hablar sobre abuso, sexo, relaciones sexuales o aborto como algo legítimo de ser conversado. Quien no escucha es otra víctima del tabú y de creencias que no le permiten imaginar que, escuchando, el tabú acabaría.

Las niñas y niños abusados sexualmente, muchas veces, al recurrir a un adulto responsable se encuentran frente a alguien que deslegitima lo escuchado o, peor aún, valoriza la conducta del agresor, sosteniendo que se trata de un comportamiento amoroso y natural, pervirtiendo una  relación supuestamente basada en el afecto que, en la realidad, no existe.

Las niñas y niños abusados sexualmente por un cercano de “confianza”, padre, abuelo, tío, hermano, cura o entrenador, sufren una comunicación paradojal, la que llamamos de doble vínculo, o sea, lo que se le comunica a una niña o niño cuando es abusado, deslegitimado o no escuchado, son dos mensajes que se contradicen entre sí y la niña o el niño no comprenden cuál de los dos mensajes, emitidos por el adulto en que confía, debe acatar.

En el doble vínculo que se genera en niñas y niños abusados sexualmente, comunica que deben confiar, amar y respetar al adulto, padre, abuelo, hermano o tío que está abusando de él o ella porque es un familiar o un ser querido y confiable y, al mismo tiempo, este ser que abusa sexualmente, aniquila su integridad física y psíquica comunica, con su actuar, el daño que la persona menor de edad sufre.

La niña o el niño abusado, al recibir esta comunicación paradojal, no saben qué hacer.  Por un lado siente el daño que sufre, pero por otro imagina que este daño infringido por ese adulto, en el cual debe confiar, es una demostración de amor. Una niña de tres, cuatro o nueve años no comprende que lo que le sucede no es ilegítimo y la transforma en víctima de una relación donde el duplo vínculo se establece al mismo tiempo que la violencia psicológica del abuso sexual, principalmente al que caracterizamos como incesto, porque contiene también un vínculo afectivo.

El niño o niña abusada sexualmente sufren por no poder distinguir entre la brutalidad que se esconde no ser abandonada y protegida, peligro de vida real para un niño o niña de tres, cuatro o nueve años, y la legitimación del abuso.

Niñas y niños abusados están aterrorizados, confusos y con mucho miedo de contar lo que les sucede. Permanecen en silencio porque no desean perjudicar al abusador o dañar al adulto responsable que la protege. No desean provocar un problema familiar y temen ser consideradas culpables. Niñas y niños son abusados sexualmente todos los días y no los escuchamos.

Niñas violadas desde los cinco años a los nueve, diez u once años – como la niña de Villarrica – que quedan embarazadas producto de una relación impuesta. A ellas tampoco las escuchamos. Cuando todos los gritos silenciosos no escuchados de una niña abusada sexualmente se transforman en un embarazo, la castigamos.

La castigamos sin escuchar, la castigamos sin verla como un ser humano legítimo. La obligamos a parir.  A parir el fruto de ese abusador que le provocó sufrimiento, dolor, vergüenza y miedo.  Así, perpetuamos el ciclo de silencio obligatorio, el síndrome de secreto impuesto a niñas y niños abusados sexualmente.

El Estado que no promueve el derecho a la sexualidad y los derechos reproductivos legitima el tabú que no nos permite cuidar y proteger a nuestras niñas y niños abusados sexualmente, obligándolos a permanecer en silencio. Así un estado viola reiteradamente los derechos humanos de esa niña, una niña como la de Villarrica.


Psicóloga