El inteligente movimiento de Rivera proponiéndole a Rajoy seis puntos de confluencia bastante asequibles a cambio de su sí a la investidura ha descolocado a la izquierda hispana, cautiva de sí misma y desarmada de argumentos, para hacer frente a la ofensiva conservadora.

La izquierda española, la general y la particular, la sistémica y la que se opone, no levanta cabeza. Ni sabe, ni puede y, con frecuencia, ni siquiera quiere. Se constata con facilidad que es presa de sus rencores, los de los unos con los otros, y son estos los que la mueven. Sus rencores y sus ofensas del pasado, sus deslegitimaciones, sus insultos, sus descalificaciones, todo parece ser, incluso, más determinante que la confrontación con los adversarios conservadores. Los hay entre sus representantes que serían capaces de saltarse un ojo si consiguieran dejar ciego a su pariente ideológico. La derecha, claro, se frota las manos y aprovecha el viento de cola para sacar tajada y llevarse el agua a su molino.

La situación de Cataluña, además, ha hecho estragos entre la sinistra peninsular. Pronto veremos, además, como la inhabilitación o no de Arnaldo Otegui para ser el candidato de Bildu a lehendakari se traslada más allá de las fronteras de Euskadi y tiene un efecto parecido.

Esquerra Republicana de Catalunya ha llegado a la conclusión de que la independencia del país es ahora o nunca, así que toda su acción política se subordina a ese fin tan discutible como difícil de alcanzar. Con los de ERC excitados por la posibilidad de reducir a escombros al nacionalismo conservador del PDC y espoleados por la competencia de la CUP, con el desmoronamiento del PSC y la amenaza todavía no completamente dimensionada para los independentistas de En Comú Podem, el escenario catalán es una olla a presión que –también en este caso- solo beneficia al PP y a Ciudadanos. Les favorece, eso sí, exclusivamente en sus particulares y miopes intereses partidarios, porque el encontronazo que se anuncia entre la legalidad española y la desobediencia de los soberanistas será un desastre para la sociedad catalana y también para la española. En cualquier caso, a lo que íbamos: todas y cada una de las fuerzas de izquierdas [entiéndase en un sentido coloquial] están a estas alturas del año cautivas de sus propias contradicciones.

En el País Vasco lo que está poniendo en marcha la negativa judicial a la candidatura de Otegui divide ya a los partidos del territorio y, además, eso pronto tendrá efectos sobre el resto de la península. PP y C´s por un lado y a lo suyo; PNV, PSE-PSOEy Podemos por el otro y a no hacerle favores a Bildu, regalándole una campaña basada en incluir en el martirologio judicial a su líder. La derecha española sabrá aprovechar la coyuntura y sacará –antes o después de las elecciones- dividendos políticos del asunto.

La propuesta de Rivera a Rajoy ha descolocado a la izquierda hispana de ámbito estatal más de lo que ya lo estaba tras el 26J y ha golpeado fuertemente a sus electores, que esperaban más iniciativas y más consistencia ante la desvergüenza de los conservadores y el inmovilismo del líder del PP. Los votantes progresistas, por el contrario, se han encontrado con poco más que retórica de consumo interno. Una retórica, además, que mayoritariamente son acusaciones y descalificaciones entre las mismas formaciones de izquierda.

El Partido Socialista no sabe cómo cañonear a Rivera y C’s, que hace unos meses eran sus socios para conseguir la investidura de Pedro Sánchez. Ellos siguen con la matraca de que dirán no a Rajoy, no proponen ninguna alternativa para formar gobierno y no quieren terceras elecciones. Ahí queda eso. Los más de los barones y la señora que los comanda han comprado butacas de palco para ver cómo Sánchez se cuece en su caldo, víctima del fuego cruzado de Felipe González y colegas de la vieja guardia y la prensa de la Villa y Corte, que -cada cual en su frecuencia y con su distinta potencia- advierten a los sitiados en Ferraz que las plagas de Egipto serán un chubasco comparado con la gota fría que caerá sobre España si Sánchez no hace presidente a Rajoy.

Podemos está missing, o lo parece. Emula al PSOE en que se está hablando de ellos más por los problemas internos que por su actividad política. Pablo iglesias se ha ido a descansar, con teléfono, eso sí, y se ha sentado a esperar no se sabe exactamente qué. Que Sánchez se ahorque en la buhardilla de Ferraz tras hacer presidente a Rajoy, o que se convoquen las terceras elecciones qué, esas sí, alumbrarán il sorpasso soñado al PSOE. Que el CIS haya pronosticado unos resultados muy parecidos a los de junio parece no importarles, y de manera un poco infantil están circulando declaraciones en los que se ridiculiza al PSOE por su anterior noviazgo con Rivera. Magro consuelo, en cualquier caso. De Izquierda Unida se ha perdido la señal, y no se sabe si están o cuándo volverán. Son los partidos aliados –las llamadas confluencias–  las que están manteniendo viva la llama del discurso de Unidos Podemos; desde los valencianos de Compromís a los catalanes que lideran Xavi Domènech y Ada Colau, pasando por las Mareas gallegas. Con éstas últimas –literalmente en el tiempo de descuento- se ha salvado la confluencia electoral para las elecciones de septiembre. No serán, parece, un paseo militar para Núñez Feijóo.

Ni los unos, el PSOE, ni los otros, Podemos, tienen argumentos solventes para resistir, todavía menos para contratacar, ante la ofensiva conservadora: ni la pasiva de Rajoy ni la proactiva de Rivera. Eso hace que cunda el desánimo y la melancolía entre el electorado que soñó con acabar con la pesadilla anti-social del gallego y su partido ejecutada desde La Moncloa. Muchos de esos ciudadanos pueden entender que sus representantes, los diputados de esa izquierda hispana [entiéndase en un sentido coloquial], está cautiva y desarmada.


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València