Las historias de amor en que incurría Walter Benjamin nunca eran de a dos, siempre eran de a tres: si estaba con Dora, esperaba a Jula; si estaba con Jula, iba por Asja; si estaba con Asja, pensaba en L., su joven y misteriosa “rosa parisina”. A ninguna de estas mujeres el asunto les quitaba el sueño: ellas tenían sus amantes también y de Walter, si les gustaba algo, era que las persiguiera tomando un tren detrás de otro dejando meridianamente en claro que las extrañaba. En los fabulosos ensayos que elaboró alrededor de 1920, se tomó el trabajo de dar algunas pistas al respecto. Esas pistas por supuesto que exégetas y académicos, inquietos ante la posibilidad de que la vida mundana de un pensador manchara el velo puro de sus propias formulaciones, para variar no las consideraron, al menos no lo suficiente.

Pero Benjamin las dio: en Las afinidades electivas ironizó sobre la noción de matrimonio del filósofo Kant, quien en la Metafísica de las costumbres se había permitido definirlo como “el enlace de dos personas de distinto sexo para la mutua y vitalicia posesión de sus propiedades sexuales”, y en las páginas destinadas a revisar el tema de los extraños vecinitos, de Goethe, recordó que toda pasión se perdía cuando buscaba “el pacto con la vida burguesa, la holgada, la segura”. ¿La holgada? ¿La segura? Eran el revés exacto de esa soberana distinguida –“letal e incruenta”, “insignia y sello”- que no se dejaba conocer y de la que en 1921 había escrito (fue en Para una crítica de la violencia) que podía en cualquier momento interrumpir el maridaje mítico entre las violencias que fundaban y conservaban el derecho.

El asunto no deja de ser interesante, sobre todo si se considera que la familia (la institución contra la que estaba al fin y al cabo disparando Benjamin) fue el duro hueso milenario que no pudo roer el comunismo. Sin llegar al extremo de Althusser, que estranguló a su esposa para liberarse de la última gran orquestación ideológica del estado, el ensayo sobre Goethe Benjamin se lo dedicó a Jula cuando estaba aun casado con Dora, así como le dedicó a Asja Calle de dirección única cuando estaba todavía con Jula.

Jula había desembarcado en Berlín el mismo año de 1921 en el que él estaba redactando su ensayo sobre la violencia, habían iniciado un amorío en 1912 y sería quizá excesivo desarrollar aquí la tesis esotérica –que a un Benjamin entregado por entonces a la grafología y al mundo de las correspondencias inmateriales no le habría resultado inapropiada- de que tanto el 12 como el 21 son cifras que suman tres. Para dar con ese número bastaría con considerar que a solo unos años de que Jula se instalara en Berlín, Benjamin se tomó un tren a Moscú. El viaje lo había revestido de un interés personal por aproximarse a la experiencia de la revolución y zanjar sus dudas respecto a si afiliarse o no al Partido Comunista Alemán, pero el motivo en realidad era otro: quería reencontrarse con Asja Lacis, de quien estaba profundamente enamorado.

En el ensayo consagrado a Jula, de quien a pesar de todo no trepidó en despedirse a beso limpio, había escrito que “cuando reina el destino, los amantes sucumben”, una especie de premonición respecto de lo que le pasaría a él mismo tras descender en la estación Bielorrusa-Báltico de Moscú, donde en lugar de Asja lo estaba esperando Bernhard Reich, pareja de Asja, quien tras darle un apretón de mano bien varonil lo invitó a subir al trineo en el que remontarían la Tverskaya rumbo al hotel. Benjamin no podía estar más desconsolado: fue un 6 de diciembre de 1926, el tibio sol del mediodía había derretido el paisaje y en la Tverskaya, por la que el carro avanzaba raudo, el barro se mezclaba con la nieve. Cuando llegaron al hotel, tuvo que bajarse y cruzar la calle haciendo el equilibrio que pudo con su gran maleta, como si fuese un oso al que de repente le han puesto patines. Por la noche se estrenaba una comedia de Gogol dirigida por Meyerhold, la comedia era El Inspector y daría que hablar durante varias décadas, pero Benjamin no podría asistir porque no tenía entradas.

Las cosas evidentemente no iban bien: con Asja no podía quedarse porque estaba internada, sufría de una depresión severa y tenía la cara hinchada, y Bernhard, con quien había tenido que resignarse a pasear por Moscú a pie en medio del hielo, lo aburría de sobremanera contándole anécdotas que no acababan nunca. A esta decepción inicial tuvo que anexar muy pronto la que le causaron los famosos intelectuales soviéticos, divididos tras octubre y los sacrificados días del comunismo de guerra entre la fe incondicional por el futuro y un silencio temeroso u obsecuente. La conclusión la extraería de un encuentro al que asistió y en el que se debatía si Meyerhold estaba o no acabado, con intervenciones de Biely y Maiakovski, de cuyas pujas concluiría que no habrían sido posibles en Berlín, pero que tampoco le interesaban particularmente.

Nada le estaba interesando particularmente y, como si esto fuera poco, el texto sobre Goethe que por mediación de Reich le fue encargado por la dirección de la Gran Enciclopedia Rusa, lo fue enredando sin piedad: los rusos querían una biografía con los mismos rasgos metafísicos que él había aprendido a desechar leyéndolos a ellos. Pero estos rusos al final habían resultado ser más idealistas que el propio Berkeley y hasta Lunacharski, Comisario del Pueblo, terminaría enviando una carta tiempo más tarde quejándose a la redacción de la Gran Enciclopedia: había leído el artículo de Benjamin, algunas de cuyas tesis le habían parecido “extremadamente sospechosas”.

Con todos estos antecedentes no es de extrañar que el Diario de Moscú lo dedicara menos a describir las nuevas potencias vitales de la URSS, que a resaltar un sinnúmero de detalles que le llamaron la atención: las raras formas de los pastelitos que dormían en los escaparates, las pellizas que no cesaba de mirar, los extravagantes adornos navideños que en aquel mes de diciembre decoraban las vitrinas, etc.. Las referencias a los juguetes de papel y el resto de las reliquias que había ido divisando en las vidrieras mientras Bernhard lo apuraba (de esos juguetes el Mausoleo de Lenin, “completamente venido abajo”, era una pobrísima nota a pie), tampoco podían faltar. Las tardes que había logrado quitarse a su improvisado amigo de encima, salió del hotel desesperado en busca de esos juguetes increíbles, que compraba por montones a precios altísimos en los puestos de Moscú.

De los caminantes a los que ponderaba, como Baudelaire, Walser o su amigo Franz Hessel, Benjamin había heredado más el hobby que la destreza, pues cargar con su propio cuerpo en general siempre le había costado y la combinación entre el suelo resbaloso a causa del hielo y los bocados rusos difíciles de digerir no le hacían esta vez la tarea más fácil. Además tenía por naturaleza un pésimo sentido de la orientación, se perdía en todas partes y las derivas del escritor romántico que tanto se le atribuyeron, propias del que se detiene ante una bella flor o vaga por pensamientos insondables, realmente no eran tales: Benjamin era un consumista compulsivo, ansioso, que saltaba  obsesivamente de un negocio a otro en busca de alguna pieza que no podía dejar de comprar. En la mayoría de los casos esas piezas eran juguetes de papel o de madera que, descontada la relación con Asja Lacis, primer y único motivo de su viaje, le importaban ahora más que la vida de los intelectuales rusos o las intrigas de los bolcheviques comprometidos.

Es cierto que, parafraseando el Salmo de Trakl, “por donde quiera que se va se roza una vida anterior”, pero para Benjamin esa vida anterior era ya una calle de dirección única: “la calle Asja Lacis, la ingeniera que la había abierto en el autor”. Esto lo anotó en la dedicatoria de aquel ensayo y el 23 de febrero de 1927 le escribió una larga carta a Martin Buber prometiéndole el resto de sus impresiones sobre el viaje. Una de sus impresiones la retrató así: “en Moscú todo hecho es ya una teoría”. Las plazas, los mercados, los kioscos, las esquinas, las vitrinas o los bares se le habían presentado como verdaderas realidades parlantes que se alejaban para siempre de las divagaciones interminablemente prolijas sobre los pormenores del materialismo dialéctico o las filosofías de la historia.  Asja era también ya una divagación la mañana de febrero en la que se despidió con su pesada maleta repleta de juguetes, rojo mitad por el pudor, mitad por la tristeza, con esa enorme maleta que confesó haber apoyado “sobre las rodillas mientras se iba llorando, por las calles crepusculares, hasta la estación”.

 


Escritor y profesor Universidad de Chile