Los orígenes del cosmopolitismo han sido tradicionalmente atribuidos a la filosofía cínica y estoica de la antigua Grecia, en particular al filósofo Diógenes de Sínope. Al preguntársele de qué lugar provenía, Diógenes, más conocido como “el perro”, habría declarado ser “un ciudadano del cosmos”. He aquí el primer uso de la palabra “cosmopolitês. Otros filósofos de aquel entonces, como los socráticos, también expresarían similares ideas: “Yo soy un ciudadano, no de Atenas o Grecia, sino del mundo”, decía Sócrates. Ambas tradiciones plantean que más que pertenecer a países delimitados por fronteras particulares, los seres humanos somos miembros de una comunidad universal que es única e indivisible.

A la fecha, muchos tildan al perro Diógenes como un filósofo nihilista, alguien que simplemente rechazara cualquier vínculo con el Estado tradicional y las responsabilidades asociadas a la ciudadanía. Sin embargo, la evidencia para tales interpretaciones es bastante escasa. De hecho, cualquier interpretación que se haga del filósofo es una tarea riesgosa de acometer, pues no contamos con sus escritos ni tampoco sabemos con certeza si efectivamente alguna vez escribió. Por el contrario, su filosofía debe ser entendida como un proyecto anti teórico que se vive desde el ejemplo práctico de la vida cotidiana; cuerpos y animales son para él un sitio privilegiado de reflexión. De ahí entonces que su principal inspirador fuera un ratón, a quien vio tan despreocupado y libre que le haría incluso reformular su propia experiencia humana. Así, viendo a este hombre que se comportara como un animal, el pueblo ateniense lo comenzaría a llamar “el perro”, o “kýon” en griego (de ahí el término cínico de kynikós).

Queriendo resaltar este ejemplo práctico de la vida de Diógenes, más que mera indiferencia hacia las instituciones políticas del momento, lo que su cosmopolitismo pareciera sugerir es una alianza fundamental, inclusiva y positiva con el universo. Al menos en esos términos lo postulan Crates (pupilo de Diógenes) y Zenón (estudiante de Crates), ambos filósofos del movimiento cínico posterior a su muerte. Como herederos de sus enseñanzas, ellos plantean que toda la humanidad es residente del universo, y es por compartir esta vital unión, que las divisiones geográficas marcadas por bordes políticos nos debiesen ser más bien indiferentes. Cabe recordar, sin embargo, que para los antiguos Griegos la ciudadanía era un sinónimo de privilegio; metecos y esclavos, mujeres y niños quedan fuera de los beneficios sociales, los derechos políticos y las obligaciones fiscales propias del “hombre sabio”. Ahora bien, en el planteamiento de una comunidad cósmica, cínicos y estoicos no estarían pensando necesariamente en esta excluyente figura ciudadana. Para ellos, el cosmopolitismo es una utopía en la que todos devenimos individuos sabios, con sus prerrogativas, ventajas y comunes exigencias: “La única república es el mundo entero”, decía Seneca; “Debemos entender el cosmos como si fuera nuestra propia polis, pues ¿A qué otra forma de gobierno la humanidad entera podría declararse miembro?” meditaba el emperador Marcos Aurelio.

La utopía política de esta corriente nos sugiere, por ende, invertir la relación de un territorio como principio de división -o estratificación- por la de un territorio común, abierto e indivisible –principio de destratificación-. Imaginemos por un momento el mundo hipotético de dichos pensadores. Cosmopolitismo refiere aquí a un estilo de vida en el que todos devenimos sabios-ciudadanos.  ¿Acaso no debemos suponer que ese es el mundo que habitamos hoy? Tal ciudadanía, sin embargo, más que quedar delimitada por las fronteras geográficas de sus miembros (ej. países), debe ser definida por una común sabiduría (ej. ciudadanía global). Como escribiera Plutarco a propósito de la republica de Zenón: “No es que nuestra organización doméstica quede determinada por la particularidad de sus ciudades o distritos, cada una marcada por sus propios sistemas legales, sino más bien, que a toda la humanidad se le conceda una común ciudadanía, [y por ende] sea considerada como residente de nuestra localidad.”

Tenemos entonces una ética nómade en la que los individuos estamos llamados a transitar libremente por ese territorio que los griegos llamaban Gaia; la tierra viva. Tal nomadismo rechaza, fundamentalmente, ataduras políticas a lugares particulares, o sea, nos reorienta en la manera de relacionarnos con nuestros espacios políticos y sociales. Por otra parte, desde la orilla de las obligaciones, tal comportamiento ético probablemente busque hoy brindar soluciones globales a problemáticas tan urgentes como la pobreza, el calentamiento global, la pérdida de tierras, la desaparición de especies, genocidios y todo tipo de crímenes de lesa humanidad, comenzando por las actuales restricciones migratorias en occidente. Esta es una ética que no se basa ya en la máscara humanitaria de la caridad subyacente a las explotaciones de nuestro tiempo (como por ejemplo, la de los países “desarrollados” “ayudando” con sus créditos e instituciones financieras a los países “subdesarrollados”, o como la del Estado Chileno “remediando” las demandas indígenas bajo su lógica de control soberano) sino que, por el contrario, es una ética que acepta, se responsabiliza, y busca cambiar la complicidad subyacente del centro en su rechazo hacia el periférico-marginado. De hecho ¿No fueron acaso los europeos escapando de la guerra -quienes llenaran sus barcos para migrar a otras tierras- los mismos que ahora rechazan al mundo musulmán en busca de refugio en su democrática comarca? Entre mar y cordillera, al sur del mundo, Violeta también le canta a Arauco una similar pena: “Ya no son los españoles los que te hacen llorar, hoy son los propios chilenos los que te quitan tu pan”.

El tipo de comportamiento cosmopolita que necesitamos ejercer requiere, por lo tanto, liberarse de principios divisorios de control –ciudadanía excluyente y limitada- para comenzar a desarrollar una sabiduría que sea común a todos. Solo entonces podría asomarse una jauría estoica contra el Estado que abra y autonomice el espacio para que finalmente -realmente- la democracia, la libertad y la justicia puedan prosperar.

Destratificada así nuestra polis, abiertas sus fronteras, el cosmopolitismo se combina a una alianza positiva con el cosmos; un potencial transformador que activa el flujo nómade del perro Diógenes. Sin embargo, a la luz del mundo contemporáneo -con sus desigualdades, deterioros medioambientales y un constante desplazamiento masivo de refugiados y trabajadores -, aquel proyecto impulsado por el cinismo pareciera seguir habitando el eterno terreno de la utopía (no es casualidad que, por ejemplo, incluso hoy nos resulte más sencillo imaginar el fin del mundo que el fin de nuestras barreras fronterizas). Propongo, entonces, pensar en un proyecto ético de transformación que altere nuestra propia relación con el sistema político tradicional y sus fronteras geopolíticas, de modo que se pueda forjar, como lo enseñara la sencilla vida del perro, un flujo nómade que deterritorialize la polis en cuanto principio soberano de control. En corto, comportamiento global responsable e indiferencia hacia los límites impuestos por el Estado Nacional. Tal vez sea por este camino que, algún día, se pueda impulsar un principio de exterioridad que nos otorgue más horizontalidad y libre movimiento por Gaia, la madre Tierra y Diosa primitiva. Esa era, a mi parecer, la utopía cosmopolita del perro Diógenes.

 


Sociólogo, Universidad Católica, Magister en Moving Image, Universidad de Melbourne. Se desempeña como miembro del comité editorial del Yearbook of Moving Image Studies (Kiel, Alemania).