Conocí muy poco a Andrés Gallardo: nunca cruzamos más que unas pocas frases, seguramente fórmulas de cortesía, comentarios sobre el clima, la comida o algún otro tema genérico, no tan distintos de los que suelen intercambiar los personajes de su narrativa. La solapa de uno de sus libros, probablemente escrita por él mismo o con su complicidad, nos cuenta que “nació en Santiago en 1941. Se tituló de Profesor de Castellano en la Universidad Católica y obtuvo su doctorado en lingüística en la Universidad del Estado de Nueva York, EEUU. Ha ejercido su actividad académica en la Universidad de Concepción. Decidió ser profesor de lingüística porque, si hubiera sido profesor de literatura, habría tenido que leer cosas que no le interesaban; porque, además, habría tenido que decir cosas coherentes sobre ellas y porque prefiere que los estudiantes despotriquen contra la gramática y no contra El Quijote.” Sigue un listado de sus obras, que incluyen Historia de la literatura y otros cuentos (1982), Cátedras paralelas (1985), La nueva provincia (1987), Obituario (1989), Tríptico de Cobquecura (2006) y Estructuras inexorables del parentesco (2013). La solapa, del año pasado, no alcanza a consignar su fallecimiento, el 6 de julio de este año.

Andrés Gallardo era un hombre quitado de bulla, de una afabilidad algo retraída que coexistía sin conflicto con un dejo de ironía. Un hombre agudo e inteligente que no permitía que esas cualidades se le subieran a la cabeza, un escritor situado en las antípodas de los pavoneos, reyertas de bajo calibre y afición a la farándula intelectual que define a muchos de los protagonistas de nuestro mundo literario (que, por cierto, tiene más de mundillo y de mundano que de mundo: como mucho da para un pueblo chico de esos que la literatura de Gallardo se especializó en describir con humor cariñoso).

Comencé a leerlo hace años, siguiendo como muchos otros lectores la pista de los comentarios de Adriana Valdés sobre sus libros. Creo que me deslumbró primero el lúcido ingenio de Obituario, un volumen de brevísimos relatos que resumen cada uno una vida en pocas líneas y que consiguen conciliar la ligereza risueña con la gravedad (es al fin y al cabo un volumen sobre la muerte, que incluye un lamento por la del propio autor y que inevitablemente lleva al lector a preguntarse por la propia: qué palabras quedarían como síntesis de nuestra vida si tuviéramos que condensarla en un par de párrafos). Gallardo practica un género emparentado con las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, la Historia universal de la infamia de Borges y la La literatura nazi en América de Bolaño, pero también con el ingenio literalmente lapidario de los epigramas clásicos (poemas originalmente inscritos sobre una tumba). Las vidas de sus personajes no son nunca admirables, gloriosas o ejemplares sino que prosaicas, ordinarias, mínimas, y por lo mismo la muerte desde la que se recuerdan no es nunca la culminación de una trayectoria cargada de sentido sino una siempre inesperada interrupción que tiene poco de tremendo y mucho de cómico en su brusco corte de lo que los personajes se habían propuesto: la muerte expone lo fútil y ridículo de todo empeño, expone la vida como el intervalo entre dos fechas, tan certeramente señalado por un guión.

En una época en que la literatura tiende con frecuencia a explorar lo extravagante, lo críptico o lo extremo, para llegar a lectores sobreestimulados, la escritura de Gallardo mira de cerca la más insípida normalidad y le da un gusto que nada tiene que envidiarle a platos más exóticos y aliñados, al mismo tiempo que la registra con una distancia que nos revela claramente su carácter absurdo. La suya es una sátira en sordina, sin la crueldad con la que escritores de la tradición de Flaubert, Kundera o Nabokov disectan a sus sujetos, sino más bien con un cierto aprecio por los personajes cuya pequeñez se expone proponiéndola como un espejo en que el lector se reconoce. Los personajes de Gallardo son todos ridículos, pero también lo es la empresa de contar sus peripecias (y, por extrapolación, la de leerlas). La risa de Gallardo es siempre una risa que se ríe de sí mismo y de nosotros los lectores tanto como de los otros, es una risa humilde en su conciencia de ser parte inexorablemente del mundo pequeño y trivial que retrata.

Como a Raúl Ruiz en su obra temprana, a Gallardo le interesa captar ciertos aspectos de la chilenidad, en muchos casos a través de una sagaz radiografía del habla local, con sus frases que quedan a medio camino, sus conversaciones en las que no se dice propiamente nada, su agresividad camuflada bajo un velo de disimulo, su capacidad infinita para evitar el conflicto directo cambiando de tema o de tono, su condición de lugar sintomático de los conflictos de clase, sus sutiles convenciones y alambicados recovecos. Casi siempre que leo a narradores chilenos tengo la impresión de que las conversaciones de los personajes hubieran sido redactadas por un libretista mexicano de teleseries, que se esforzara por limpiarlas de todo localismo extremo y traducirlas al español estándar, esa lengua de todas partes y de ninguna: Gallardo en cambio, siguiendo la pista de Parra y seguramente ayudado por su formación de lingüista, capta con oído fino ciertos giros de la lengua que revelan el carácter peculiar de una cultura y sus contradicciones.

Contra el trasfondo de la literatura del “bum”, como lo llama alguno de sus personajes, y sus novelones de pesadas pretensiones alegóricas, Gallardo cuenta en sus relatos y novelas historias mínimas, intrascendentes, que no se proponen la ambiciosa tarea de revelar el ser chileno o latinoamericano, pero justamente sin querer nos dicen mucho sobre ellos al explorar la sociabilidad de los pueblos sureños en los que se sitúa su narrativa. Narra tu aldea y serás universal, propone un dicho. No sé si Gallardo lo logra, ni creo que se lo proponga, sino que su obstinación por captar lo local lo vuelve un antídoto a las pretensiones agigantadas de cierta literatura que aspira a inscribirse en la Historia. La historia reciente de nuestro país no está, por cierto, ausente de la narrativa de Gallardo, pero siempre vista al sesgo, desde la perspectiva de sus personajes secundarios o sus extras: hacia el final de La nueva provincia, novela que concluye como quien no quiere la cosa en el año 1973, mientras la radio transmite sin interrupción noticias alarmantes sobre los sucesos en la capital, uno de los personajes sentencia “parece que está quedando la grande (…); duros tiempos se ciernen sobre la República de Chile…”, a lo que su amigo replica: “se veían venir”. Luego ambos “levantaron sus vasos, los hicieron chocar y bebieron confiados, ganosos, eso sí que con un visible resabio de preocupación.” Ahí termina la novela, y es en ese recurso a la frase hecha para condensar una catástrofe, en vez de proponerse contarla, que radica su efectividad.

En general, los textos de Gallardo tuvieron escasa recepción crítica, lectores sumamente selectos y poca circulación en el momento de su publicación original, pero en los últimos tiempos varios de ellos han sido reeditados, y es probable que otros de sus libros también lo sean: algo de su modo de escribir resuena con las nuevas generaciones, un valor que se fue volviendo perceptible con el paso del tiempo, al que en algunos casos resisten mejor la modestia y lo mínimo que las aspiraciones a la gran literatura. Leerlo hace bien como lección de persistencia en un oficio ejercido con más placer que pretensiones de inmortalidad, un oficio que se sabe mortal y lo asume sin grandes aspavientos.

En una novela reciente de Franco Pesce, un entrevistador le pregunta a Carla Cordua si filosofar le ha enseñado a morir, a lo que la entrevistada responde que no. Y agrega: para morir no hace falta saber nada. Eso nos enseña la literatura de Gallardo, entre otras cosas, y tal vez saber eso nos ayuda a vivir y a escribir mejor, sin pompas ni pedanterías, disfrutando los placeres pequeños y los males necesarios, los achaques y desilusiones con el alivio de saber que, al igual que nuestras vidas, no se prolongarán eternamente y tienen mucha menos importancia de la que tendemos a atribuirles.


Escritor y académico de la Universidad Alberto Hurtado.