Muy emocionante y significativo ha sido la presencia de los 10 deportistas refugiados en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Como una delegación más y bajo la bandera con los cinco anillos desfiló el Equipo Olímpico de Refugiados (EOR) por primera vez en un encuentro deportivo como este.

Han conmovido sus historias y se ha reconocido de manera unánime el esfuerzo de cada uno de ellos por llegar a esta cita deportiva internacional; también han sido fuente de muchas reflexiones interesantes como la importancia del deporte en sus vidas o cómo el deporte es un motor para salir adelante. Sin duda, estos atletas, nadadores y yudocas se configuran en una especie de modelos y ejemplos de vida.

Para quienes estamos trabajando o viviendo de manera cercana la migración o el refugio, las reflexiones no tienen relación solamente con el deporte en sí mismo sino en otros aspectos que también son relevantes para la vida de las personas. Una primera idea nace del hecho de que, por primera vez en la historia de los Juegos Olímpicos y en un ámbito deportivo, se reconozca que estamos en una situación mundial compleja, la que algunos han llamado “crisis de refugiados”. Nunca antes en la historia se han movilizado tantas personas buscando un nuevo lugar donde vivir. Lo conflictos y falta de oportunidades han motivado un éxodo importante de hombres, mujeres, niños y niñas que exponen sus vidas a peligrosas situaciones porque quedarse es sinónimo de lo mismo. No hay más caminos, no hay más alternativas, sólo queda salir.

La delegación de refugiados es también un reconocimiento mundial a esta realidad de la que muchos países no han querido hacerse cargo y de la que muchos dicen es un problema de otros. Entendernos como parte de un sistema internacional nos hace a todos los Estados responsables de los conflictos que existen dentro de los países y de la situación de las personas que allí viven. No es caridad, no es misericordia, es co-responsabilidad en un mundo globalizado. Y ante una situación tan compleja como la que se está observando en países como Siria, Sudán, el Congo o – más cerca-Colombia, no podemos sentirnos lejanos. Desarrollar políticas integradoras y reconocer el refugio de las personas que llegan, significa ser miembro activo de la comunidad internacional.

Una segunda reflexión que nace de este equipo tiene que ver con la razón de su existencia. Si bien entendemos su situación de refugiados, cabe preguntarse por qué no han sido parte de las delegaciones de sus países de acogida. Seguramente la respuesta tiene que ver con marcas deportivas, pero me atrevo a imaginar – esperando equivocarme- que también tiene relación con trámites administrativos relacionados con su residencia en el país y su nacionalidad.

En el caso chileno, es común encontrarse con diferentes requisitos administrativos que van poniendo trabas al proceso de inclusión de las personas que llegan al país. La necesidad de certificados y documentación que respalden estudios, experiencia y trabajo se van transformando en una carrera de obstáculos que dificultan el pleno desarrollo de los migrantes en Chile. Cuando el ejercicio de los derechos de los seres humanos a estudiar, trabajar y tener una casa se garantiza sólo si existe un RUT, una residencia definitiva o un contrato indefinido, lo que hacemos es construir muros invisibles y llenarnos de fronteras internas que no permitirán la real integración de las personas a la sociedad. Lo que finalmente terminará en la creación de una nueva delegación: “los que no son de aquí”.

Cada cuatro años el mundo celebra el deporte y esperamos que, en los próximos Juegos Olímpicos, el equipo de refugiados no aumente en número, sino que se cuenten como parte de las delegaciones de los países de acogida, países que han entendido que las crisis humanitarias se resuelven con políticas de cooperación, de acogida y de inclusión. Que en Tokio 2020 desfilen grandes delegaciones, compuestas por residentes provenientes de muchos países distintos, pero siendo parte del lugar donde han decido vivir.

 

 


Coordinadora Nacional del Área de Incidencia y Directora de la oficina local del Servicio Jesuita a Migrantes en Santiago