Avenida Pedro de Valdivia, muy cerca del Liceo 7 de niñas. Es domingo en Santiago. No hay nada abierto ni camina nadie por la calle, pero esa es la misma esquina que, en la antesala de cada marcha, se llena de lienzos y barricadas. Valeria Barahona (Peor es Nada, 1988) se las arregla para arrancar un rato de su turno de fin de semana como periodista en la red de medios regionales de El Mercurio. A diez años de la primera piedra de los movimientos sociales de este siglo en Chile, Valeria aceptó conversar con El Desconcierto para hablar de su ópera prima “Señoritas en toma” (Emergencia Narrativa, 2016), de las consecuencias de la Revolución Pingüina, del panorama literario y de la importancia de dejar un registro en el arte de la historia social del país.

Estudiaste en un colegio católico, pero tú o tus papas ¿son (o fueron) católicos?

Sí, po’. Para la matrícula te pedían certificado de bautismo junto con un compromiso de los padres de que la alumna participe de todos los ritos propios de la religión, desde pre-kinder hasta cuarto medio: misa los lunes, confesiones una vez al mes, primera comunión, confirmación, etc. Y uno de mis derechos como ex alumna es casarme en la capilla del colegio.

El sueño de toda chiquilla.

(Risas) Oye, varias han hecho uso de ese derecho y es la raja porque igual arrendar una iglesia es caro, po’.

Y cuando eras más pequeña, ¿tenías un vínculo más fuerte con la fe o nunca pescaste mucho?

Es que inevitablemente pescái porque casi todas tus profes son monjas. La mayoría de nosotras, hasta octavo básico quisimos, por ejemplo, entrar al convento. Hay jornadas vocacionales y algunas se quedaban los fines de semana en el convento. Ese es el “negocio” de los colegios católicos: criar fieles y, a la vez, futuros religiosos. Se supone que es ahí donde te inspiran para seguir la vida monacal.

El libro es un relato de ficción, sin embargo, es obvio que entre medio se cuelan tus experiencias personales relacionadas con la trama. ¿Cómo viviste tú, en ese colegio, el movimiento estudiantil que se inició el 2006?

Desde las autoridades del colegio nunca hubo una iniciativa de conversar sobre el tema, pero en ese tiempo nosotras teníamos 16 ó 17 años, y ver en la tele a gente de nuestra edad hablando sobre modificar el país y el sistema… o sea, eran verdaderas conferencias de prensa las que daba el presidente del centro de alumnos del Instituto Nacional, del Liceo 1, del Carmela Carvajal y yo pensaba “chucha, son cabros de nuestra edad que de verdad están haciendo historia”. ¿Y qué estábamos haciendo nosotras? Aprendiendo a bordar, a pintar loza, estudiar arte. Un tipo de conocimiento muy anacrónico.

Aprendiendo todo lo que tiene que saber hacer una mujer en el siglo XIX.

Ni tan así, porque estos colegios de monjas como el Villa María o el de las Ursulinas forman esposas de gerentes, y una esposa de gerente tiene que saber de arte, moverse en ciertos círculos, hablar de todo y estar regia.

Antes de la publicación de “Señoritas en toma”, escribiste un reportaje llamado “La vía encapuchada a la educación”. ¿Qué te hizo dar el paso hacia querer retratar la experiencia de las movilizaciones ya no desde el periodismo, sino desde la literatura?

Nosotras nos tomamos el convento por tres días, lo que puede parecer poco, pero esos tres días modificaron muchos destinos de mis compañeras. Desde afuera está la imagen de que a estas chicas la vida les pasa por el lado, que sólo están pendientes de ir a la peluquería, pero al vernos insertas directamente en un proceso histórico, empieza el cuestionamiento sobre lo que nos habían dicho que debíamos ser cuando grandes. Estábamos a meses de dar la PSU, momento en el que de verdad teníamos que decidir qué hacer el resto de la vida y las opciones eran “voy a ser la esposa del pololo con el que llevamos muchos años”, “iré a buscar marido a la universidad” o “quiero construir mi propio camino”. El 2006, como te decía, modificó muchos destinos. Tengo compañeras que ahora son abogadas, funcionarias públicas, sin guagua y sin marido, pero eso no hubiese pasado sin el movimiento pingüino.

El libro narra el impacto del 2006 en un grupo de niñas privilegiadas, sí, pero que no eran las protagonistas de ese momento. Cuando se recuerda lo que ocurrió ese año, el foco se sitúa principalmente en los estudiantes de los liceos emblemáticos, los que “salieron en la foto”, pero es interesante constatar que los alcances de las movilizaciones de ese año también llegaron a los márgenes: estudiantes de colegios particulares, particulares-subvencionados, regiones…

Sí, po’. Hace un mes vi en las noticias que unos cabros estaban cortando Apoquindo con Manquehue. ¡Las Condes! Si yo le hubiese planteado una idea así a mi editora cuando estaba escribiendo el libro, la hubiese desechado al tiro por inverosímil.

Desde entonces han pasado diez años. ¿Qué cambios has visto en la forma de vivir el proceso formativo, tanto escolar como universitario, a la luz de este acontecimiento?

De partida, las nuevas generaciones han seguido con el movimiento, es decir, éste ha sido sostenido en el tiempo. Diez años de niños marchando por las calles es un hecho que llama mucho la atención y, dado que yo abordo este tema en la novela, me ha permitido estar en la Feria del Libro de Lima porque desde allá están muy atentos con lo que pasa en Chile. Son niños quienes le están diciendo a sus papás “hay que cambiar esta cuestión” y, si lo extrapolas a otros movimientos, como el de No+AFP, es evidente esa influencia.

Claro. Imagino que esos padres dirán “si mi hijo sale a marchar, por qué yo no”.

O algo así como “si mi hijo es capaz de exponerse a la arremetida de Fuerzas Especiales, yo, que soy un adulto… “.

Volviendo a la novela, ¿es esta una novela de carácter “iniciático”? Porque la trama se enfoca mucho en cómo estas adolescentes de clase alta viven ese momento histórico, pero también habla sobre búsquedas que se presentan a esa edad: el amor, la amistad…

Yo no la consideraría así. Mi interés principal estaba en graficar, a través de la ficción, lo que ocurrió durante el movimiento estudiantil y su impacto en las vidas de estas niñas. Por supuesto que ese eje principal se complementa con el desarrollo de los personajes en su intimidad, pero no quise poner tanto el foco en ese tema.

Desde el periodismo, área en la que trabajas, ¿está presente también este personaje “aro de perla” o buscas salir de ese espacio de comodidad, por ejemplo, al escoger los temas que reporteas?

Es que ya no me pienso como periodista. Soy escritora. En este momento, mi relación con el periodismo es un matrimonio bien avenido. No daríamos la vida el uno por el otro, pero llevamos la fiesta en paz, no falta la plata en la casa… (risas). Eso sí, para mí el periodismo se transformó en una herramienta para la literatura. El hecho de ir a reportear las marchas me brindó un panorama general de lo que quería yo escribir en “Señoritas en toma”. Una escena del libro transcurre en el Parque de los Reyes, entonces yo fui a ese lugar a pensar cómo sería ahí una escaramuza después de una marcha para poder relatarla lo más fiel a la realidad. Para crear a Felipe Rodríguez, el protagonista que estudia en el Instituto Nacional, yo fui dos noches a dormir a la toma de ese liceo.

Según indicadores etarios, tú eres parte de esta nueva generación de autores a quienes la prensa ha denominado “La Neo-Nueva narrativa chilena”. ¿Cómo te relacionas con esa etiqueta? ¿Te sientes parte?

Para darte un ejemplo, me siento como la Taylor Swift de este grupo (risas). Cuando empiezan a hablar de “la estética” y cosas así, yo sólo pienso en bailar “Shake it off”. Cacho a lo que están refiriendo, pero la verdad es que no me interesa mucho.

¿Y cuáles son estos rasgos que tú distingues en esa literatura y que, como dices, no están presentes en tu obra?

En la seriedad. Con un amigo siempre echo la talla de que estos autores nacieron viejos. Libros tan serios, tan densos, escritos por personas que todavía no tienen treinta años. A mí me encanta la Joven y Alocada (Camila Gutiérrez) porque te entretiene. ¿Por qué los cabros chicos no están leyendo? ¿Por qué los escritores chilenos no venden más? ¡Porque escriben hueás fomes, po’! En mi libro hay una intención de trascender, más allá del discurso social que pueda tener yo como autora. Me interesa que me lean los papás para entender mejor a sus hijas, por ejemplo. O los mismos cabros que lo compran para entender este cuento desde la otra vereda, la del privilegio. David Foster Wallace decía que la literatura tiene que despertar a los que están dormidos y darle un poco de consuelo a los que están despiertos. Por ahí va mi rollo.

¿Y el rollo de los otros? ¿Por dónde va?

Lo que yo critico es que para ser joven-chileno-narrador tienes que haber “nacido” en un block y vivir en el centro de Santiago. Para el resto, para quienes no nacimos en blocks, no tenemos otro parangón que Fuguet.

Tu libro tiene la ambición de vincularse con la historia social del país. ¿Esto también estará presente en tus futuras publicaciones?

Mi idea es publicar una trilogía. Ya escribí sobre el colegio. Me falta hablar sobre la universidad y el trabajo. Por contrato con la editorial, voy a publicar primero el libro del trabajo. Va a quedar desordenada esta trilogía, como Star Wars. En ese libro, el vínculo viene dado por la experiencia, muy chilena, de vivir un terremoto como el del 2010. El mundo no entiende por qué cuando aquí hay un temblor de 6° Richter la gente no corre y yo quiero contar ese relato. Nuestro relato.

Chilenos atravesados por el desastre, en todas sus dimensiones.

Claro. Raúl Ruiz dice que los chilenos se ríen de sí mismos justamente por esta exposición permanente a la tragedia. Es interesante lo que ocurre con él porque, pese a ser un artista que superó las fronteras nacionales, aquí no lo pescan mucho. Porque Cahiers du Cinema en Francia le dedicó una retrospectiva este año, nació el interés de hacer lo mismo aquí en Chile.

Nadie es profeta en su tierra. Eso también ocurrió con Gabriela Mistral, a quien sólo le dieron el Premio Nacional de Literatura después de ganarse el Nobel.

O María Luisa Bombal, que es una de las almas en pena de la literatura porque se murió sin que le dieran el Premio Nacional. Lo mismo con Vicente Huidobro, a quien no se lo dieron porque era cuico, pero qué tanto tiene que ver eso si finalmente él fue el pequeño dios, po’.

Respecto de esa vara socioeconómica con la que se juzga a los artistas chilenos, tú también eres cuica (risas). ¿Te has topado con ese tipo de menoscabo, onda “Otra cuica más escribiendo”?

Sí. En la editorial donde publiqué “Señoritas en toma”, Emergencia Narrativa, que es parte del circuito de la Furia del Libro donde están los outsiders de la literatura, escuché comentarios para mi editor donde le decían “todavía estái a tiempo de arrepentirte de sacar ese libro”, refiriéndose a que yo soy cuica, la portada es rosada… publicarme, al parecer, representaba una mancha en este sello punk de la editorial para algunos.

¿Y te han hecho esos comentarios a ti, directamente?

No, porque el mundo de la literatura es muy de sobarse el lomo entre todos. Te sonríen en los eventos, pero después te mandan la puñalada por detrás o bien desde columnas. Un profesor de la U, siendo que él mismo me corrigió los tres primeros capítulos de la novela, escribió una columna donde, a pesar de que trataba sobre otro tema, en uno de los párrafos me tira el palo: “Hay gente que está acostumbrada a hacer carrera en fiestas, porque son de cierto sector social… ”. No obstante, cuando tomé la decisión de publicar, de dejar de escribir para los amigos y empezar a hacerlo en serio, asumí que estas dinámicas son parte del mundo literario y es lo que estoy dispuesta a aceptar.

¿Y estas dinámicas ya están cristalizadas? ¿No hay una inquietud por cambiar esta forma de relacionarse?

Yo he tratado de ocuparlas a mi favor, porque igual es divertido. Algo muy cierto que me dijo Rafael Gumucio fue “lo que tú consideras como tu peor error o tu peor defecto, al final es tu mayor virtud”. Entonces si yo ya estoy catalogada como la hueona del aro de perla, voy a ser la más aro de perla de todo el espectro.

¿Crees tú que la visibilización y masificación de los conflictos sociales han dado a luz a una forma de hacer arte inédita en Chile?

Totalmente. En los días que estuve en la toma del Instituto Nacional me topé con Guille Söhrens, quien está próximo a sacar una película que también pone el ojo en los diez años de movimiento estudiantil, y con Alex Anwandter, que también estaba recopilando datos para “Nunca vas a estar solo”. Yo creo que en el futuro algún tesista va a tomar este tema, sobre todos los autores que estamos generando contenidos al alero de los conflictos sociales, haciendo el trabajo de registro de los tiempos que vivimos. Es la historia de nuestra generación.

Y tu arte, en particular, ¿a qué o a quienes responde?

A nadie. Siempre hueveo con las formas de venderse a un Fondart: hablar de Valparaíso, poner a Víctor Jara. No entro en el formato Fondart, no quiero que el Estado determine lo que yo escribo. No me interesa congraciarme con un gobierno, sea de izquierda o de derecha. Cuando entré al ámbito de la literatura empezaron a aparecer “tentaciones”, de sectores políticos para trabajar con candidatos de avanzada, futuros presidenciables… pero quiero mantener mi independencia y autonomía.

Transar en esos aspectos sería perder la coherencia contigo misma, en cierto modo.

Claro. No quiero, más adelante, avergonzarme de lo que escribí y, al mismo tiempo, tampoco quiero defraudar a mi yo del pasado con la adulta que soy ahora. Como escritores tenemos el privilegio, por decirlo de alguna forma, de seguir siendo niños. Para crear un personaje, yo me pongo en la piel de ese personaje y me comporto como él durante todo un día. Juego a ser otra persona. Nunca dejamos de jugar.

señoritas en toma

Señoritas en toma: Un colegio de monjas en la revolución pingüina
Valeria Barahona
Editorial Emergencia Narrativa
125 páginas
Precio de referencia: $8.000
A la venta en: Qué Leo, Metales Pesados, Feria Chilena del Libro, Antártica y Ulises