En el invierno de 1935, un barco repleto de judíos alemanes dejaba atrás la costa de Bremerhaven para dirigirse al puerto de Haifa, en Palestina. Desde la perspectiva de hoy, las inscripciones de la nave no podían ser más paradójicas: en la popa se podía leer Tel Aviv en letras hebreas mientras flameaba en el mástil una bandera con la esvástica nazi. Los casi treinta millones de dólares repartidos entre las maletas de los viajeros hablaban de un pronto proceso de colonización en el oriente medio del que EEUU y el Occidente liberal terminarían por ser, como nos consta hoy, los cómplices más violentos y descarados.

El traslado de los “colonos” judíos había sido efecto del llamado de la Jüdische Rundschau a que sionistas y nazis se trataran entre sí como “buenos compañeros” y el Gran Muftí de Jerusalén, para ser justos, no se ahorraría cinco años más tarde un encuentro en persona con Hitler para convencerlo de que extendiera su carnicería hacia los territorios del norte de África, ocupados entonces por la Francia de Vichy y la Italia fascista. El Imperio Británico ya había cerrado con el Tercer Reich su acuerdo naval, dos años antes un concordato con el führer había sido firmado por la Santa Sede y el mundo protestante no tardó en incurrir en una actitud similar. No sabemos si no serán algunos de los hijos menores de aquellas causas los que poblaban con caritas de SS la cuadra sobre la que escribió ayer David Bustos en este medio o suplemento.

Pero lo que sí sabemos es que los únicos que estuvieron a la altura de medir las consecuencias de la masacre que se avecinaba fueron los miembros del Partido Comunista de Stalin, quienes si bien es cierto terminaron firmando un pacto de no agresión con Alemania en agosto de 1939, lo hicieron al final de la cola y solo cuando estuvieron seguros de que no les quedaba ninguna otra salida. El pacto de todos modos, como cualquiera sabe, no duró mucho tiempo: le fue útil a Stalin para hacerse de algunas estrategias mínimas y ahondar en la ciencia meteorológica (salía todos los días a la terraza a ver si se avecinaba por fin el frío, el hielo, la nieve), poco antes de que la operación Barbarroja pusiera al ejército alemán en territorio soviético, donde desencadenó la batalla más cruenta de la Segunda Guerra Mundial y donde las bajas del ejército de la URSS, que deben ser contadas en varios “millones”, fueron interrumpidas solo por la dureza del invierno ruso que el líder comunista tanto aguardaba.

A pesar de esto, la intelectualidad de occidente se concentró en el famoso pacto, dejando misteriosamente de lado el resto de los acuerdos firmados con Hitler y la guerra brutal que éste protagonizó contra el comunismo. Esto debido en parte a que como lo prueba Doménico Losurdo en un libro imprescindible, Stalin, historia y crítica de una leyenda negra, una investigación acuciosa que indaga en todos los documentos desclasificados de la época y en especial en el abyecto Informe Secreto de Kruschov, redactado en febrero de 1956 en ocasión del XX Congreso del PCUS, el Occidente liberal elaboró para su total provecho el retrato de un dictador salvaje con visos sanguinarios y enfermizos que asesinaba a mansalva y promovía hambrunas feroces en Ucrania.

La filósofa Hannah Arendt, de la que soy un lector fervoroso, no dejó de aportar su lamentable grano de arena: devota de las virtudes “democráticas” que la revolución americana presentaba respecto de la francesa, sin que al parecer le importara mucho que el defensor más conspicuo de esa revolución, Alexis de Tocqueville, recomendara en el siglo diecinueve la quema de las cosechas que mataban de hambre a los niños árabes durante la resistencia a la conquista en Argelia ni que esos mismos “demócratas” pusieran a funcionar un régimen racista siniestro que, como acaba de mostrar Mbembe en otro libro reciente (Crítica de la razón negra), dura hasta nuestros días, Arendt postuló en El origen del totalitarismo la fábula de dos verdugos malignos que se admiraban a hurtadillas entre sí y que terminarían como buenos compinches dividiendo el mundo entre fuerzas pangermánicas y paneslavistas. Se podrá convenir en que la geopolítica no era su fuerte, pese a lo cual la delirante tesis del nazismo y el comunismo como pan-movimientos indiferenciados por el fanatismo de los que se sienten elegidos (tesis que dicho sea de paso dejaba olímpicamente de lado al único país en el que hasta el día de hoy se pronuncian discursos desde ese lugar: EEUU) roció rápidamente el espíritu de occidente.

Cinco o seis años después de que ella publicara ese libro, su propio ex marido, el escritor Günther Anders, iniciaba una correspondencia privada con Claude Eatherly, el voluntario de guerra de la aviación norteamericana que terminó en un manicomio luego de lanzar sobre la indefensa población de Hiroshima nada menos que la bomba atómica. Pero al parecer son detalles, como lo fueron Nagasaki y la devastación de Dresde y el apoyo a la “solución final” en India, donde la hambruna provocada por el gobierno conservador británico causó en Bengala la muerte de tres millones de seres humanos entre 1943 y 1944. Tampoco pareció importar mucho, como bien nota Losurdo, que Hitler se refiriera abiertamente al ejército comunista como una “tropa de bestias” o de “animales feroces”, o que mencionara a los bolcheviques como seres satánicos, o que se refiriera a Stalin como un caníbal proveniente del mismísimo infierno. No, resulta que ¡eran amigos!

Decir que sobre Stalin se mintió a destajo (no son pocos los historiadores, Wendy Goldman entre ellos, que estiman en una décima parte los crímenes que se le adjudican) no equivale a defenderlo: es apenas una forma de volver a dialogar con la historia, una historia compleja cuyo relato, asimilado irresponsablemente por buena parte de la intelectualidad liberal de izquierda en Europa, no dejó de redituar los más jugosos beneficios, como lo intuyó célebremente Derrida en su Espectros de Marx, a la celebre contraofensiva maníaca iniciada por Reagan y Thatcher en los años que siguieron a la caída del muro. La contraofensiva, que dejó a Estados Unidos como único bloque, la padece hoy una gran franja de la tierra y no da la impresión, al menos por el momento, de que esto vaya a cambiar.

La tesis de un Stalin diabólico no sirvió al fin y al cabo para otra cosa que no fuera el condicionamiento de las reformas de Gorbachov, la aceleración de la caída del bloque socialista y la actual división en Ucrania, en Arabia, en Medio Oriente y etcétera. La desmedida ambición –esta sí profundamente diabólica- de una burguesía financiera decidida a barrer con cualquier límite que se oponga a su salvaje régimen de acumulación ha causado la muerte de más de medio millón de niños en Iraq y a título de una supuesta presencia de armas de destrucción masiva se estima que el embargo de EEUU ha generado en ese país, solo por poner un caso, más muertos que todas las armas de destrucción masivas en la historia juntas. Losurdo menciona, estadística en mano, que es “como si el país árabe hubiese sufrido simultáneamente el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, y los ataques de gas tóxico del ejército de Guillermo II y de Benito Mussolini”, y nos seguimos quedando cortos, como esta crónica también, a la que se le acabaron los caracteres permitidos para este domingo y no le queda otra que continuar el próximo.

 


Escritor y profesor Universidad de Chile