La transición chilena a la democracia llegó a su ineludible declive ideológico: el ocaso de los ídolos de la socialdemocracia chilena que a lo largo de los últimos 26 años han hecho que aquello que se entendía como un programa social y económico basado en la justicia social bajo el principio redistributivo, universalista y garantista quedara fuera de los marcos de comprensión colectiva, ha hecho posible que haya un espacio político aún por redefinir y ocupar.

La relativa estabilidad social del sistema político chileno en la transición fue posible, entre otros muchos factores, por la “concertación” de las distintas élites dirigentes en un programa en común que, por sus rasgos distintivos, podemos definir como neoliberal. En efecto, los problemas sociales que hoy constituyen un eje prioritario en la sociedad chilena (sistema educativo, previsional, sanitario, laboral) fueron parcialmente resueltos por falsas dicotomías (centroizquierda-derecha) que, alentado por el sistema binominal, fueron articulando el imaginario político chileno. En rigor, tanto la centroizquierda como la derecha se han constituido como una antinomia, una especie de concertación de partidos que a pesar de un programa político e ideológico en común, necesitaban definir su espacio político por oposición, porque de otro modo el descrédito de la política (aunque no de lo “político”) y de la diversidad ideológica que hace suspirar a los teóricos liberales de la democracia (liberal, también), hubiese peligrado su programa común.

Por lo general- y como diría el filósofo esloveno Zizek- lo que todos entendimos de manera difusa como “socialdemocracia” dominó en Chile primero como tragedia, después como farsa. En mi opinión, el bajo porcentaje de aprobación a los viejos liderazgos de la élite política chilena refleja una desconfianza hacia los partidos políticos que se debe interpretar. Normalmente escuchamos a expertos (economistas que hacen de politólogos, y de politólogos que terminan pensando como economistas) revelando la obviedad: hay un profundo descrédito hacia la política. Si vamos más allá, podremos ver que el problema de la baja aprobación expresa la desilusión social del “cuento del tío”, de una tragedia que se volvió farsa. Es así como en estos largos 26 años vimos pasar frente a nuestros ojos un progresismo que no existía en la centroizquierda, y de un liberalismo que vestía trajes en dictadura.

Las nuevas definiciones de lo político y el nuevo crédito dado a nuevos liderazgos, en el cual desde Revolución Democrática hasta candidaturas independientes como las de Alejandro Guillier, o los esfuerzos de la izquierda por unirse para una “Nueva Democracia”, nos esperanzan en que por primera vez en nuestra corta vida democrática existan verdaderas alternativas políticas e ideológicas al modelo neoliberal que, como he dicho, estaban fundamentadas en falsas antinomias entre partidos que contraponen su naturaleza política por salud democrática, pero que legislan bajo un mismo sentido común.

 


Sociólogo (UCM)