Recientemente nos hemos enterado del afán del Ministerio de Educación por eliminar la asignatura de Filosofía del currículo obligatorio de 3° y 4° medio, relegándola a una modalidad electiva e integrando sus contenidos en la asignatura de Formación Ciudadana que está en curso de implementación. Al respecto, se me vienen tres imágenes del largo romance que yo, simple trabajador de la enseñanza universitaria, he sostenido con la Filosofía desde hace largo rato.

Instituto Nacional, 1988. Primera prueba global de Filosofía. Huelo que no me va a ir muy bien. Con leve pánico miro y vuelvo a mirar las preguntas, y al final de la hoja noto que el profesor nos agregó, casi como regalo de consuelo, una cita célebre de John Lennon: La vida es aquello que ocurre mientras estás ocupado en otra cosa. No recuerdo cómo me fue en la dichosa prueba, pero ese guiño me dio una clave para abrir corazón y mente a la ciencia de las preguntas que realmente importan, algo así como una epifanía que selló un pacto de amor eterno con la Filosofía.

Plaza Brasil, 1995. Una colorina misteriosa, estudiante de Pedagogía en Filosofía, me regala una fotocopia bastante maltrecha de Lecciones elementales de Filosofía de Georges Politzer. Aún recuerdo la sinopsis conmovedora que ella hizo de la vida y martirio del autor, y de cómo me aleccionaba de lo importante que era dotar de fundamento teórico a la acción política. Sospecho que en aquel momento yo estaba más pendiente de las pecas y la sonrisa de mi interlocutora que de su emocionado panegírico hacia el finado filósofo. De la chica no supe más, mientras que Politzer y su manual a prueba de gallegos me acompañaron muchos años después. A este libro esencial, editado por sus alumnos a partir del curso que el joven maestro dictara en la Universidad Obrera de París en 1935-1936, le debo muchas de las primeras claridades que habitaron mi ejercicio pensante.

Campus Juan Gómez Millas, 2010. El profesor Humberto Giannini participa en un coloquio que trata sobre la vida cotidiana como fuente de reflexión, o algo así. Terminado el coloquio, el maestro se anima a tomarse un cafecito en el casino con algunos de nosotros, los escasos asistentes al evento. Dos horas después, don Humberto se entusiasma, agarra vuelo e invita a proseguir la conversación en un boliche de la Plaza Ñuñoa. Pocas veces aprendí tanto de Filosofía de la cotidianeidad como en esos cafés y esas copas. Tuve que irme temprano por cosas de la pega; los sobrevivientes de la proeza me contaron que la conversación siguió hasta que los garzones, compadecidos, tuvieron que echarlo a él y a sus alumnos de ocasión, después de tantos intentos infructuosos de arreglar el mundo.

Los tecnócratas que piensan en erradicar la Filosofía del currículo escolar y arrinconarla a un electivo prescindible no saben con quién se están metiendo. Creen que ella se puede suprimir como si fuese sólo una asignatura más, o peor aún, como si fuese subsumible en otra disciplina importante (¡enhorabuena que tengamos Formación Ciudadana!), pero situada desde un lugar distinto jerárquicamente: suena casi tan indigno como que la madre se vaya a vivir de allegada donde la sobrina política. Tal vez olvidaron que la Filosofía no es una asignatura más: es la disciplina que hace posible que nosotros, los pobres seres humanos, seamos capaces de trascender nuestra mera organicidad y convertirnos en sujetos pensantes, dueños de nuestra circunstancia, incluso cuando ella nos es desfavorable. La Filosofía es nuestra herramienta fundamental para combatir el sinsentido o el absurdo, incluso cuando todo lo que nos rodea invita a creer en ellos. La Filosofía es la que nos permite poner en contexto nuestra pasión vital, el Pathos, en el escenario de la existencia cotidiana, social y universal. Como ilustran las viñetas que con cariño compartí más arriba, la Filosofía nos permite recorrer, usando la razón, la hondura de nuestra vida, y cómo las preguntas y respuestas que ella nos enseña a construir se convierten en un vaivén de significados, un soplo vital que nos dota de sentido y de ritmo, a la manera del prana de los budistas.

Pero hay más. Los burócratas del Mineduc, pobremente armados con sus precarias presentaciones en PowerPoint, se pisan la cola cada cinco minutos y esgrimen argumentos contradictorios acerca de la importancia del pensamiento crítico y, a renglón seguido, la necesidad de limitar la presencia de la Filosofía en el currículo; les recomiendo que lean la declaración pública de la Red de Profesores de Filosofía de Chile al respecto. Ciertamente, olvidan que la Filosofía es el arte del diálogo: tanto del diálogo interno que se pregunta por la propia esencia, como del diálogo entre los seres humanos y entre éstos y la naturaleza. Y desde este diálogo entre los seres humanos y dentro de sí mismo -que de pasada, es el asunto básico de mi oficio, la psicología-, parte toda posibilidad de convivencia realmente humana, como nos recordaba amablemente el maestro en el atardecer del tercer café. Un coexistir que nos permita el crecimiento en sana convivencia y no la anulación mutua, no la descalificación odiosa que destilan los comentarios en Facebook al pie de casi cualquier noticia (¡necesitamos Filosofía con urgencia!).  Este coexistir sólo es posible desde el diálogo, y a su vez el diálogo sólo es posible desde la reflexión. Y para eso necesitamos, entre muchas otras cosas, buenos profesores que enseñen a pensar, como los que tuve el privilegio de conocer. Necesitamos una Filosofía elevada a la dignidad de disciplina central de cualquier ciclo formativo; incluso incorporarla –como sugieren los amigos de la Red de Profesores– en la educación de adultos… ¿y por qué no pensar en Filosofía para niñas y niños?

Por lo contrario, si eliminamos la Filosofía del liceo, los ciudadanos que vengan después de nosotros sólo conocerán la versión descafeinada de diálogo que nos vendieron los políticos profesionales del duopolio: un mero llenar el aire de palabras, para que en una maniobra más de gatopardismo discursivo, todo siga igual. Sospecho que el diálogo que pregonan los administradores del modelo no es más que un sucedáneo desprovisto de la sustancia necesaria para poner en juego las propias convicciones; una pseudo-conversación carente del fuego necesario para encender cualquier posibilidad de transformación social. Porque como enseñaba Politzer en esas clases casi artesanales de la Universidad Obrera: para que la acción social y política sea expresión de un ejercicio activo de toma de conciencia y de asalto a la realidad, debemos partir por lo básico: enfrentar en plena desnudez el ejercicio, la disciplina del pensamiento.

No olvidemos tampoco que la reflexión y el diálogo son las bases que se requieren para constituirnos en sujetos. No importa desde qué vereda estemos parados: para significar el mundo necesitamos pensarlo, para situarnos en él necesitamos pensarnos a nosotros mismos, y para hacer algo significativo con el mundo necesitamos dia-logar, es decir, construir un conocimiento común acerca de nuestras circunstancias. Hacer todo eso sin el auxilio de la Filosofía es impensable. Desde Sócrates hasta Zizek y pasando por Sartre, el encuentro del ser con su propia responsabilidad como prerrequisito a una acción colectiva que valga la pena, se nos impone como misión actual de la Filosofía. Y no se necesita ser un adicto a las teorías conspirativas para darse cuenta que esta maniobra de las eminencias grises del Mineduc es un intento más de arrinconar el pensamiento reflexivo y crítico a los patios traseros de la educación: rebajar la dignidad esencial de la Filosofía –así como de otras disciplinas “poco rentables” como la Historia y el Arte– es atentar contra el derecho de toda persona a pensarse con herramientas que favorezcan el encuentro con su humanidad, más que su inserción en el engranaje de la productividad.

Por otra parte, el argumento ministerial de la equidad se cae solo: si se quiere democratizar la educación, el camino no es reducir la Filosofía, es mejorar la formación docente, y me consta que materia prima hay de sobra. Ya bastante se ha perdido en el despojo sufrido por las disciplinas reflexivas en el ámbito de la educación técnica y comercial: muchachas y muchachos talentosos e inquietos son excluidos del contacto fecundo con lecturas y experiencias que enciendan fuegos iluminadores en sus cabezas, y son llevados por un camino que los formatea para el trabajo y el renunciamiento; como si esto ya no fuera suficiente, ahora se quiere, en nombre de una equidad bastardeada, eliminar la Filosofía en la formación de los pocos estudiantes de la educación pública que todavía conservaban ese escuálido espacio para el pensamiento en estado de plenitud y pureza. El supuesto elitismo de la Filosofía no es más que un mal entendido que en realidad esconde el recelo que los poderes abrigan ante la posibilidad de que los oprimidos puedan filosofar. Porque cuando eso ocurre, las cosas se vuelven interesantes: el individuo homo sapiens se humaniza, el ser humano se convierte en sujeto, el sujeto se convierte en persona, y la persona deviene en actor social.

Un abrazo afectuoso a todos los profesores de Filosofía, y en particular, a Jorge Henríquez Molina, mi maestro en el 4° J del Instituto Nacional, en ese lejano 1988.


Psicólogo y profesor universitario