Hace unos días, mientras hojeaba uno de los tantos libros que leyó mi padre, topé con una frase escrita por él que me agradó de sobremanera: “Siempre me pregunto a dónde van esos perros de la calle con tanta prisa, habrán perdido algo, andarán buscando algo, yo creo que sí y se llama afecto”. Este pensamiento emanado de su caminar errante y afán de contemplar la vida con sus colores y sombras, me deja huella, una razón y valor emotivo para escribir estas líneas.

En mi deambular cada vez más asiduo a exposiciones y galerías de pintura y otras artes visuales, llama mi atención el rostro de un perro, un callejero de color negro que adorna un pendón instalado en las alturas de Casa E, inmueble victoriano enclavado en el Cerro Alegre de Valparaíso. “Avaro sol de los milagros” es el nombre de la muestra, Natalia Domínguez, la artista. Al ingresar me recibe precisamente un perro, uno de tantos que vemos (o no vemos) por nuestros espacios públicos y entre la masa (me incluyo) que corre por llegar a sus puestos de trabajo o de vuelta a casa tras la extenuante jornada laboral. Éste parece mirarme, escudriñarme como los innumerables que han coincidido conmigo en el camino. De color negro, tallado en madera, con una posición corporal que parece salir a mi encuentro, olfateando la presencia de este desconocido que quiere ingresar a su espacio, al territorio que eligió para “estar”.

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Una treintena de compañeros instalados en las paredes de la exposición representan ese “ser” del canino callejero que rompe convenciones, desata los nudos de las reglas y las normas, para instalarse, sentarse, vivir donde pueda, sea y le plazca.  Treinta y siete fotograbados con la técnica de la serigrafía en aluminio, visibilizando la presencia de los perros callejeros de Valparaíso y Viña del Mar, solo un esbozo de lo que ocurre en tantas ciudades, pueblos y rincones del país.

Porque eso tiene el perro callejero, esa autoridad y atrevimiento que llevó a los cínicos liderados por el filósofo griego Antístenes y su discípulo Diógenes de Sínope “el perro” a identificarse con las costumbres y el recorrer senderos de este canino errante. Estos filósofos aspiraban a identificarse con la figura de este animal, por la sencillez y desfachatez de la vida canina, la misma que veo en las serigrafías, echados en una vereda, afuera de un banco, dentro de un local comercial, en la costanera, jardines y plazas. Dueños y a la vez mártires de la selva de cemento.

Diógenes de Sínope, por ejemplo, en cualquier sitio se encontraba en su casa, así como estos animales, los mismos que contemplo en cada uno de los fotograbados monocromáticos, desperdigados por la urbe sin pedir permiso, sin autorizaciones, donde el cuerpo los lleve. La filosofía “del perro” adquiere plena consistencia. Ellos, los animales, alejados de los bienes materiales, el amor por la riqueza y los lujos, despreocupados de lo que pasa a su alrededor, instalan una lógica que tal vez debiésemos imitar cuando caemos presa de nuestra obsesión por la apariencia, riqueza o el que dirán.  Cada foto tiene un discurso, una evidencia que parece decir “aquí estoy, sin más equipaje que mi cuerpo”, soy parte de tu vida, recorrido y periplo.

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Antes de partir y mientras el perro en el centro de la muestra pesquisa todos mis movimientos, concentro mi atención en una fotografía que con su sola imagen comunica lo expuesto, que llama poderosamente mi atención y corrobora lo que pensaban los cínicos y yo en particular. Un perro blanco, como uno de tantos que vaga por las calles, acostado, echado sobre el característico limpiapiés de los bancos y estampado en su superficie con los logos de Visa, Magna y Redbank. “El cínico” echado a sus anchas, sin que nada lo perturbe, ingresando en uno de los exponentes del poder económico y durmiendo sobre los símbolos del dinero plástico, el capitalismo y arribismo chileno. La razón de vida, ascenso social y estatus de muchos compatriotas es para el perro solo un lugar caliente para poder dormir y pasar la tarde.

Esa es la filosofía del perro callejero, la que imitó Antístenes y Diógenes con el desapego a lo material, la que de vez en cuando podríamos adoptar, por unas horas, por un tiempo, para siempre. Quizás seríamos más felices, contemplando desde otra mirada la calle, el recorrido, lo que nos rodea. Y como dijo mi padre, encontrando en nuestra ruta a ese perro callejero presuroso que  busca nada más que afecto, tal vez al igual que nosotros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Profesor de Lenguaje y Comunicación. Profesor de Castellano UPLA