Acaba el verano para los que tienen un trabajo razonable con sus consiguientes vacaciones, y de manera convencional decimos que comienza el nuevo curso. El escolar sí, ese sí que se abrirá en cosa de días, pero el curso político será pura continuación y prácticamente idéntico al que ahora se cierra.

En España, interinidad, atasco, insolvencia, carencia de liderazgos, crisis institucional, deshonestidades diversas, castigo a los electores que no saben votar, falta de sentido de Estado, oportunismos impresentables, urgencias incomprensibles, aislamiento internacional, indefinición económica, parálisis en las urgencias sociales… en fin, un desastre sin paliativos, gracias a todos los dirigentes partidarios, con mención especial al señor Rajoy.

En el mundo que no es España, que aunque para algunos parezca no existir existe, muy pocas luces y muchas sombras. Citemos entre las primeras la esperanzadora firma de la paz en Colombia, tras casi seis décadas de guerra interna. Apuntemos en cuanto a las segundas desde la gestión del abandono británico de la UE a los peligros de imitadores que puedan surgir en Holanda, Austria, Francia o los países nórdicos; el inacabable drama sirio, los desafíos de la cuestión migratoria en las fronteras de la UE, las elecciones de noviembre en Estados Unidos con un terrorífico candidato en liza, la inestabilidad brasileña postolímpica, la inquietante política exterior rusa, el terrorismo internacional de matriz islámica o los desastres naturales que quiebran el alma.

En este rincón del planeta desde el que escribo se ha alcanzado un acuerdo entre el PP y Ciudadanos que facilitará el voto favorable, aunque insuficiente de los de Rivera al candidato Rajoy. Habrá tiempo para evaluar lo firmado, pasados los vapores grandilocuentes de los negociadores, pero a vista de pájaro parece que los del Partido Popular han conseguido neutralizar las exigencias de penalización a los corruptos, así que en la medida que ese era el escollo principal de los seis puntos de Rivera puede decirse que el PP ha salido con bien del envite. Ciudadanos tiene unos principios, se ha leído estos días en las redes sociales, pero si al Partido Popular no le gustan, tiene otros. De ese tamaño han sido las renuncias de Rivera y compañía, que tienden a anunciar sus intenciones con gran teatralidad para luego rectificarse a ellos mismos con idéntico entusiasmo. Gran sentido de Estado, inflamado de patriotismo y generosidad,  llaman a eso.

Pablo Iglesias vuelve de sus vacaciones y reaparece en la radio. Sin sombra alguna de autocrítica por nada, ni de lo hecho ni de lo dicho, ni de lo no hecho o lo no dicho, como buen politólogo aplica su lente analítica a la realidad y dictamina que todos lo hacen mal. Explica, y no le falta razón, que en el PSOE conviven tres opciones de diferente tamaño en cuanto a qué hacer ante la investidura de Rajoy. Los socialistas, por su parte, siguen girando sobre su ombligo. El sorprendente silencio de Susana Díaz es interpretado por unos y por otros, pero todo el mundo coincide en que la batalla interna de los socialistas está simplemente en tiempo muerto. Esperan que Rajoy se estrelle en las dos primeras sesiones y luego… ya se verá.

La situación catalana está que arde, en vísperas como nos encontramos de la Diada, el 11 de septiembre, de la moción de confianza de Puigdemont, de la aprobación de los presupuestos, y de los apremios de la CUP por declarar la independencia en tal fecha y a tal hora. Cuesta trabajo creer que organizaciones políticas formadas por un porcentaje importante de gente sensata se comporte como se puede observar a simple vista. Pero ésta no es una característica catalana tan autóctona como el pa amb tomaca, sino que es simétrica de la que se observa en Castilla y en España toda.

¿Sólo en España? No, el mundo es un lugar hostil. Siempre lo ha sido. Sin embargo, a los humanos siempre nos parece más insoportable lo que ocurre en nuestros días, y cuesta trabajo aceptar tanta negligencia, tanta falta de preparación, tanta exaltación de la ignorancia, tanta subordinación de los intereses generales a los particulares por parte de pequeños grupos de individuos que no reconocen fronteras, ni banderas, sino exclusivamente sus beneficios tangibles.

Ahora comienza el curso -ya hemos dicho que es una forma de hablar- y nos enfrentamos, como ciudadanos anónimos, a una coyuntura de alta complejidad. Que algunos de los que pretenden ser timoneles de sus países ante una borrasca como la prevista sean conocidos por su indigencia política y su insolvencia moral sencillamente induce al pánico.

No obstante, bien mirado, la cosa ya era así antes de las vacaciones, en el curso pasado. Así que confiemos en que los desastres que vendrán serán del tipo de los ya padecidos, y aplicaremos el refrán de lo malo conocido. Lo dramático será que a fuerza de perseverar en las calamidades, finalmente, casi sin darnos cuenta, lleguemos al descalabro total.


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València