En sus dos últimas películas, el director Alejandro Fernández Almendras (45) ha decidido internarse en un terreno árido: el funcionamiento de la justicia en Chile y cómo ésta opera frente a ricos y pobres. “Matar a un hombre” (2014), su anterior obra, narra la historia de un padre de familia que, tras ver a su gente agredida por un por un vecino -que es también un conocido delincuente-, decide eliminarlo como una forma radical de acabar con su problema.

Fernández Almendras utiliza la ficción con el objetivo de entender la lógica de lo que él llama “el 5%”, la forma en que el cineasta se refiere en varias ocasiones a los ricos. “Aquí no ha pasado nada” (2016), film inspirado en el caso de Martín Larraín (el hijo del senador RN Carlos Larraín que, tras atropellar ebrio a Hernán Canales, se da a la fuga, dejando su cuerpo abandonado en una carretera de Curanipe), es parte de esa búsqueda para intentar destrabar y entender el pensamiento de la elite chilena. La cinta se estrenará en salas el jueves 1 de septiembre.

Aunque la historia nace a partir de aquel recordado caso, la trama de “Aquí no ha pasado nada” no es la misma: la locación es Zapallar y los nombres de los personajes son distintos. Sin embargo, hay una cosa que sí se mantiene: la familia poderosa del conductor quiere proteger a su retoño a como dé lugar, siendo capaces de transgredir o simplemente difuminar los límites de lo que todo el resto comprende como verdad o justicia.

Con esta cinta, Fernández obtuvo el premio a mejor director en la competencia internacional del SANFIC 2016. Tras el reconocimiento, El Desconcierto conversó con el realizador sobre los caminos que lo llevaron a ella y los hilos conductores que entraman su obra.

-En esta película querías retratar a la clase alta más dura, mostrar las lógicas detrás de una especie de aristocracia. ¿Cómo te aproximaste a eso?
La película empezó con la sensación que me provocó el fallo definitivo en el caso de Martín Larraín, donde sentí que no existía la posibilidad de hacer justicia cuando se trata de cierta clase. Ahí empezamos a buscar cómo adaptar la historia real a la actual Ley Emilia, para hacerlo siempre dentro del marco de lo que es posible. Así llegamos a este personaje, que no iba manejando en el momento del accidente y termina siendo inculpado. Empiezan a jugar una serie de sutilezas del imaginario de la clase alta, que tiene que ver con cómo importa el dinero, pero más que el dinero importa el apellido.

-¿No los millones que tienen en el banco?
Claro. Por ahí también va la decisión de no mostrar el lado de las verdaderas víctimas. la película se concentra en este mundo.

Las playas de Zapallar y Cachagua fueron las locaciones escogidas para filmar esta película. “Eran puras familias de alcurnia”, cuenta Alejandro. Para él, resulta importante aclarar que su película no ataca a personas particulares, sino que al sistema que nos alberga a todos. “No es responsabilidad de cada persona el lugar donde le tocó nacer, eso sería súper injusto”, reflexiona, añadiendo que dentro del equipo realizador había gente que podía calzar perfecto dentro del escenario de la ficción. “El productor es Augusto Matte, y aunque no es familiar directo de Eliodoro Matte, sí pertenece a una rama de esa familia. Quizás uno pensaría que todos los Matte o los Fontaine son iguales, pero que esa gente participe me parece que habla de una conciencia de su lugar de privilegio”, recalca.

El costo de los permisos para grabar en el sector eran tan altos que optaron por hacerlo sin autorización. “Llegaban los pacos para decirnos que no podíamos estar ahí, los vecinos reclamaba”, recuerda Alejandro. Eso los obligaba a actuar rápido en las escenas de exteriores. En otras ocasiones, simplemente se camuflaban con el paisaje, transformándose en accesorios para el sector más acomodado del Litoral Central. Como anécdota que lo ejemplifica, el director recuerda que en ocasiones les prestaban casas, pero sus habitantes no estaban dispuestos a alterar ni un ápice de su rutina por el rodaje.“Cuando filmamos el carrete, que era un carrete real los tipos que vivían ahí no estaban ni ahí con parar la música, tuvimos que adaptarnos”, evoca.

Una de sus estrategias para bajarle el perfil a su presencia era decirles a los residentes de que se trataba de un proyecto sobre el caso de Martín Larraín, pero afirmando que era un corto realizado como trabajo académico para alguna facultad de cine. “Se veía perfectamente posible, era muy chico el equipo”, indica.

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Enjuiciar el prejuicio

-¿Por qué te interesa tanto el tema de la justicia? Esta película y “Matar a un hombre” hablan de eso.
Me llama la atención que lo que imaginamos como verdad es ambiguo y manipulable. En el fondo uno creería que la justicia existe para establecer una verdad universal, algo más sólido que la intuición personal, pero es subjetiva. Nada asegura que nos podamos poner de acuerdo con lo que ocurrió, y en ese espacio de duda entra el juicio. A mi me interesa mucho enjuiciar el prejuicio y el juicio que tenemos sobre las cosas.

-Es que aparte la percepción de justicia que hay en la clase alta es muy rara, o no existe. Es como cuando Pinochet decía “No me acuerdo, pero no es cierto. Y si es cierto, no me acuerdo”. Saben que pueden zafar, y pasan piola.
Claro, pero lo de Pinochet ya es flagrante. Es un asesino y un ladrón, y él lo sabía. Lo que hacía era mentir, igual que el Mamo Contreras o Corbalán. Donde entraría lo de la justicia tiene que ver con los civiles que se vieron beneficiados con la dictadura. Pienso en Ponce Lerou o el Choclo Délano, gente que se hizo millonaria debido a privatizaciones truchas, que de verdad piensan que ganaron plata de manera limpia. Délano dice “yo creé tanto trabajo y ahora me tratan así”, él realmente cree eso. O Carlos Larraín, diciendo un año después del accidente que su familia ha sufrido mucho por el caso. Esta película trata de entrar en esas cabezas para ver cómo alguien va en contra de lo que todos podríamos pensar que es la verdad objetiva. Porque ellos en serio creen que son las víctimas.

-Larraín incluso se queja de la justicia. En LUN dijo que puso una denuncia en fiscalía porque en redes sociales habían amenazado con quemarle la casa y que la justicia no había hecho nada.
¿Decía eso? Qué hermoso (risas).

-Ellos no pueden perder, siempre se van a salvar. Como José Piñera, que volvió a Chile a defender las AFP cuando sintió que atacaban su modelo.
Y él nunca se fue. Él cree que vuelve, pero siempre estuvo acá. ¿Cómo poder entender esa lógica retorcida?

-Piñera agarra un montón de números, los da vuelta y jura que puede mostrar que el sistema funciona, aunque toda la gente tenga una pensión miserable y sepa que no es cierto. En este caso a Martín Larraín lo absolvieron  y a sus amigos que iban en el mismo auto los penalizaron por obstruir la justicia.
Es absurdo que exista obstrucción a la justicia -que uno supone que tiene que ver con la existencia de un delito- si no se prueba el delito. Es como ser cómplice de un crimen que nunca ocurrió. Por eso está la figura de este cabro que aunque no va manejando, sí tiene responsabilidad y nunca toma conciencia de lo que acaba de ocurrir. No ve que murió alguien, nadie se hace esa pregunta. Para mí, ese lugar moral es muy complicado y mucho más interesante que la idea de que hay buenos y malos. Si yo no creo que hay buenos y malos,  no puedo hacer una película con buenos y malos. Todo tiene que ser medio ambiguo.

-En “Matar a un hombre” te sitúas en un lugar completamente distinto. ¿Cómo crees que se notan esas diferencias?
En el desamparo frente a las condiciones que la misma sociedad genera. La violencia del “Kalule” en “Matar a un hombre” es producto del hacinamiento, la marginalidad, la segregación de una ciudad. Es lo que pasa con el aborto. Le prohíben a las niñas de 11 años abortar, pero cuando tienen la guagua se te olvidan ellas y la guagua te importa un carajo. Y si sale delincuente, no solo te importa un carajo: querís que lo maten. La lógica del tipo que tiene en el auto un sticker de “no al aborto” y al otro lado uno que dice “piteate un flaite”.

-Como un hashtag.
Eso. “Matar a un hombre” tiene ese lugar. Igual, toda la segunda parte de la película cuestiona la violencia en la reacción del personaje, que no es una salida. Toma la justicia por sus propias manos, como el papá y el hijo que salieron persiguiendo a un ladrón en San Bernardo y lo mataron a palos. Podís ser victima, pero si te pasái al otro lado erís victimario.

Imagen cedida

-Pero en el caso de “Matar a un hombre”, ves como todo el día te violentan a ti o a tu familia. Son todos pobres en un contexto muy violento. En lo de San Bernardo pueden ser pobres, pero están protegiendo un auto, y lo matan a palos porque atentó contra su propiedad privada.
Yo no sé de ningún cuico que agarre a palos al tipo que le robó el auto, lo que va a hacer es que va a llamar a seguridad ciudadana, siente que lo van a proteger y que va a aparecer un globo aérostatico para perseguir a los tipos. Si uno ve las noticias siente que Vitacura es el peor lugar, te muestran todo el día portonazos. Después te das cuenta que eso pasa en otros lugares y ni te enteras. Ahí veo el desamparo.

-Igual, si un cuico le pega un balazo al que le roba el auto, todo el mundo va a asumir que fue defensa propia. No va a quedar en prisión preventiva. No tendrían que armar una caravana que casi nadie pescó.
Y tendrías un mejor abogado, podrías inventar la situación para justificarlo. En una sociedad tan clasista y llena de castas es así. Eso me parece que hay empezar a abordar: cómo se dan las relaciones no solo entre las clases sociales, sino también dentro de la misma clase social.

-O sea, tu llamado es a reflexionar más que denunciar algo.
Yo no estoy haciendo una película para hacer un Twitter e ir a tirarle piedras a la casa a Larraín. Es más reflexionar sobre un tema que retratar una historia real de acuerdo a los diarios o a los expedientes. Quiero entender cómo opera la cabeza de ese 5% de Chile: de por qué el Choclo Délano cree que da trabajo y no ha hecho nada ilegal y todo el resto de nosotros pensamos que sí.

-¿Quién te gustaría que viera la película? Porque al hacer un llamado a reflexionar, supongo que igual piensas en quiénes van a hacerlo.
Curiosamente, a mí me pasa que siento que la gente de clase alta va a responder bien. Se sienten reflejados en un montón de cosas, eso no ocurre mucho en el cine chileno donde la clase alta es siempre burda, homogénea o estereotipada, de cuicos roteando. Por otro lado la gente que no pertenece a esa clase también reconoce un montón de cosas, porque uno siempre establece relaciones con esa gente, puede ser tu jefe o quien sea.

-¿Y tú crees que haber ganado la competencia en el SANFIC la acerca a la gente?
No sé, yo creo que el público chileno desconfía de los premios. Está la idea de que al cine chileno le va bien afuera pero es fome, que no habla de nada de lo que pasa acá. Cuesta mucho sacarse ese estigma de la dictadura, que tiene que ver con que en ese momento había una lucha política para que no se hiciera cine, y que si se hacía no reflexionara sobre la sociedad.