Elena Aldunate, “la dama de la ciencia ficción chilena”, despliega distintas estrategias narrativas en la novela Del cosmos las quieren vírgenes (1977) y en cada uno de los cuentos compilados en Juana y la cibernética (1967-76). A once años de su muerte, Imbunche Ediciones rescata estas estrategias, indispensables para un panorama de nuestra literatura. En el relato que da título a la antología, la autora escribe en indirecto libre, insertando naturalmente y sin comillas las nerviosas reflexiones de la operaria que está tan encerrada en una fábrica como en la narración en tercera persona, haciendo que estos pensamientos en presente añadan profundidad y cercanía a lo que ya tenía la narración de precisa e informativa en tiempo pasado. Como si la prosa misma en su hibridez adelantara la unión carnal, en una sola voz, un gemido más bien, entre el mundo interior de la mujer y el distante de la máquina sobre la cual operará su deseo. En “La bella durmiente”, en cambio, Aldunate opta por una larga descripción de las funciones fisiológicas de un cuerpo puesto a hibernar. Aquí la prosa es quieta como la misma protagonista. En “Marea alta”, que cierra el conjunto, prefiere los diálogos directos, eficaces para una prostituta convenciendo en plena playa a una amiga de que la acompañe a ver su hallazgo, o para una madre desesperada confesándose con el siquiatra en “Un niño”. Podría seguir ahora con la suma de frases breves que, separadas por comas en largas oraciones, van acumulando las escenografías líricas de Aldunate tras el telón del lenguaje técnico de las novelas de anticipación, para confirmar cómo, en su obra, forma y fondo se amalgaman siempre con inteligencia. Son escasos los narradores chilenos así de dúctiles para decidir la manera en que se cuenta una trama dependiendo de los materiales de la misma, y Aldunate hace que los lectores nos hundamos (la metáfora acuática es central aquí) en diez atmósferas distintas, una por cada cuento, antes de que nos proponga un hilo delgado del cual comienza, casi sin que lo notemos, a contar una historia, un hilo del que se agarran también las protagonistas para escapar de diez opresiones, u once, si contamos la novela, que, a mi juicio, es la cumbre de su proyecto.

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El doblez del rol erótico femenino, presente en ambos volúmenes, es uno de sus principales aportes en una tradición que problematizaba aún menos que ahora la pasividad y la condición de objeto deseable de la amada incluso en los más fogosos poemas de Gonzalo Rojas y Eduardo Anguita, por ejemplo, o en las columnas que este último publicaba por entonces en El Mercurio. Aparte de ser activas y deseosas, las protagonistas de Aldunate persiguen algo que es más grande que el hombre y externo a él, desde máquinas a extraterrestres, pasando por poderes sobrenaturales y la naturaleza misma en su vastedad: de la humedad del océano al calor y color del sol, capaces de embarazarlas como también lo hacen las mariposas azules enviadas del espacio. Explica en Del cosmos las quieren vírgenes que los maestros se equivocaron al darle al hombre el semen y que vienen ahora a reparar el error con mujeres que podrían no necesitarlos. Estas esperanzas prometen salvarlas de una existencia gris –pese a los límites laborales del feminismo cósmico que a ellas las hará “educadoras de párvulos” y a ellos “profesionales, médicos, maestros y científicos” – y arrastrarlas a una libertad que no les daba este mundo.

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Difícil no encariñarse con estas mujeres y con los hombres buenos que las acompañan, pues la propia Aldunate ama a sus personajes y la prosa transparenta esa ternura. Cuando no lo hace y yerra en el conteo de meses y años u opta por una irritante sobreadjetivación que, además, reitera en cuentos distintos (“avanzando silencioso se sienta en la ingrávida camilla, tomando entre las suyas enguantadas las húmedas manos de ella” y “La enguantada mano del hombre alto abre con nerviosa prisa la puerta metálica”), uno recuerda que la autora es muy superior en, al menos, otras dos canchas: la sensorial (se oye el ruido submarino en descripciones como “Lentos animales se arrastraban mar adentro; enormes flores abrían sus pétalos carnosos en las cavidades de las rocas”) y la de los relatos en los que se entrega a la subjetividad de las protagonistas por sobre la descripción especializada. Allí la prosa fluye, hay humor y una mirada única acerca de lo que nos hace humanos. Celebro que Teresa, la protagonista de la novela, anhele los mismos huevos con jamón que Juana en el cuento, fijaciones que susurran placeres cotidianos de este mundo, mientras esperamos la gloriosa venida de ese otro, todavía amenazante.

 


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