Dicen los recortes de los diarios de septiembre de 1997 que Patricia Rivadeneira y Vicente Ruiz realizaban una acción en la clausura de un ciclo por la libertad de expresión, cuando un “ex integrante del Movilh”, de nombre Víctor Hugo Robles, vestido con la camiseta del Matador Salas, le lanzó agua desde una chuica al rostro de la diva alternativa, que esa vez vestía masculinamente con terno y bigotes.

Aquel día, con la ahora característica boina y los labios pintados, nacería el Ché de los Gays. Un personaje que ha marchado en todas las causas justas de los últimos 19 años, vestido con plumas, collares de patitas de chancho o cualquier accesorio que devenga en símbolo político. Una presencia que ha suscitado apoyos y reconocimientos internacionales, pero que a la hora de dar la pelea también ha roto con los propios y ha agudizado contradicciones internas.

Un Ché desvalido, inspirado más bien en el ícono del Ché muerto -dice Tomás Moulian-, que vive en el cuerpo de Víctor Hugo Robles, donde también vive el VIH. Un cuerpo radicalmente político cuya boca repitió, en toda la entrevista, que en el movimiento de la diversidad sexual no son todos iguales, para marcar sus diferencias con el tipo de liderazgo de dirigentes como Luis Larraín, de la Fundación Iguales.
Odioso a ratos, político siempre. Consciente, también, de la importancia de hacer pública y politizar la fragilidad de su propio cuerpo.

¿Qué batallas ha ganado el Ché de los Gays en estos 19 años?

Lo más importante es estar vivo. Resistir a las pandemias, a la homofobia, a los dolores, a la pobreza. Resistir a la tentación del mercado y la de la vanidad, resistir a la tentación del acomodo en la construcción de este personaje popular reconocido y mantener, de todos modos, esta rebeldía. Digamos, una loca manera de ser, insistiendo y persistiendo en la defensa de los derechos civiles, culturales y sociales de la diversidad sexual (homosexuales, lesbianas y trans) y particularmente de las personas que vivimos con VIH, impulsando campañas de educación sexual y de educación popular. Y persistiendo y resistiendo, también, desde el ejercicio del periodismo comunitario.

En el tema de los derechos de la diversidad sexual, en estos 19 años han cambiado algunas cosas para bien y el país también ha cambiado. En ese proceso ¿en qué se modifica para ti el significado de la palabra resistencia?

Cambia, porque ahora parte de nuestra tarea es tener una sospecha frente a todas esas integraciones ilegítimas de nuestras demandas. Nuestra primera manifestación pública, que fue de un grupo travesti el 22 de abril de 1973, ocurrió hace más de 43 años, mucho antes del Movilh y mucho antes de Iguales. Es decir, antes que todas nosotras, fueron unas locas travestis pobres las pioneras en levantar estas demandas.

Desde entonces hay luchas que se han ganado. Fue en el contexto de la transición a la democracia que se hizo posible la conquista de leyes como la despenalización de la sodomía, en 1999, la primera batalla legal, que demostró que nuestra sodomítica sexualidad no podía ser castigada con cárcel.

Después avanzamos en la Ley Antidiscriminación, que fue un proyecto que presentó el Presidente Lagos y que estuvo dormido por muchos años en el Parlamento, pero que para que finalmente se transformara en ley tuvo que ser asesinado y torturado un joven, como Daniel Zamudio. Luego fue la Ley del Acuerdo de Unión Civil y en este minuto está en estudio la Ley de Identidad de Género. O sea, en términos legales no estamos en el nivel de países islámicos, hemos avanzado muchísimo en resguardo legal y constitucional.

Sin embargo, yo diría que queda mucho por avanzar todavía en el respeto a la diversidad, a la diferencia. Y eso lo vemos porque mientras más avanzamos, comienzan a aparecer más casos de violaciones a los derechos humanos de personas de la diversidad, afloran focos de homofobia y de contra-resistencia de grupos religiosos –católicos y para qué decir los evangélicos-, que no están dispuestos a que este avance de derechos de la diversidad, de nuevos colores, se manifieste pública y políticamente.

Hoy en el movimiento y culturalmente hay más conciencia de que son sujetos de derecho, ¿no?

Así es. Para empezar somos más visibles. Las locas ahora podemos marchar, desde la primera marcha que hubo en 1973, que fue de 20 locas travestis pobres, hemos pasado a 60 mil. Pero también en términos de calidad somos otro tipo de homosexuales, lesbianas y trans. Con conocimiento y asumidos en lo que somos.

Tenemos por lo tanto más conciencia de ser sujetos de derecho. Ojalá tuviéramos más conciencia de clase, porque no somos iguales como nos dice majaderamente Fundación Iguales. Ellos son iguales entre ellos, pero no son iguales a las locas pobres, porque ser maricón y ser pobre es mucho peor, como decía Pedro Lemebel.

En relación a los pendientes falta, diría yo, profundizar en estrategias y en políticas de la diversidad en el campo de la institucionalidad, como por ejemplo ocurre en el caso de Argentina, donde existe un Instituto de los Derechos Humanos en contra de la discriminación, el racismo y la xenofobia. En Chile no existe una institución de ese tipo, entonces los avances legales se vuelven deficientes porque no existe un resguardo para que sean aplicados de mejor manera.

Tenemos que avanzar también en un ámbito mucho más delicado y profundo, que es el de la educación, en el marco de las reformas y de la transformación de la sociedad. Tenemos que introducir nuestra revolución sexual en la revolución de los jóvenes, de los estudiantes. Cuando ellos proclaman educación gratuita, ahí tenemos que meter nosotros la educación sexual gratuita, con un sexual que es, por supuesto, libertario.

Está la lucha contra el adversario, pero también ustedes han reclamado su lugar en las luchas contra-hegemónicas. Lemebel, en el poema-manifiesto Hablo por mi diferencia, se refería a lo incómoda que resultaba esta presencia para ciertas miradas de Izquierda tradicional ¿Cómo está ese conflicto hoy por hoy?

Bueno, es una pelea que permanece activa, resistente y más vigente que nunca, tal como cuando Lemebel planteaba ese “hablo por mi diferencia”, porque las leyes, la elite política, la elite homosexual también, la homonormatividad -como le llamamos nosotros- nos quiere hacer creer que somos iguales y hemos conquistado un espacio bajo el sol, pero resulta que no es así. Todavía hay grupos dentro de la diversidad que son más discriminados que otros, que tienen más dificultades de acceso a la educación, particularmente las chicas trans, por ejemplo, y que no han conquistado ese sol, ese espacio bajo el sol.

¿Sigue habiendo discriminación al interior de lo que podríamos llamar el mundo social?

Hay un espacio de tolerancia mayor, pero desgraciadamente está malentendida y se procesa como aceptar que los maricones ocupen algunos espacios, pero no todos, una especie de tolerancia como la democracia chilena, a medias, una transición que no termina nunca de concluir en donde los homosexuales, lesbianas y trans vamos ocupando espacios, pero básicamente decorativos. Como en la televisión y como en la ocupación del espacio público, donde se manipulan las marchas homosexuales al tildarlas de pacíficas, inofensivas, y que incluso son alabadas por la misma gente de derecha que las usa para comparar y atacar a las manifestaciones de los estudiantes. Como si nuestra disidencia sexual no tuviera también un carácter violento para una sociedad que intenta imponer su modelo.

Captura: La Cuarta

El deber de los poderosos de salir del clóset

Hace algún tiempo causó mucho revuelo cuando en una radio sacaste a Enrique Correa del clóset. Se te criticó mucho porque en general hay consenso de que cada cual sale del clóset cuando quiere ¿Cuál fue el sentido político de ese gesto?

Lo primero es subrayar que fue un gesto político. Lo segundo es decir que Enrique Correa nunca ha estado en el clóset, todos sabemos que es el homosexual Correa.

Probablemente en ciertos círculos, pero no se ha presentado de ese modo ante la gran opinión pública. Lo que pasa es que si una persona publica como Enrique Correa Ríos quisiera mantenerse en el clóset, no iría a las discotecas gay, no participaría de fiestas homosexuales públicas, no sería parte de ciertas luchas también. Él fue en un tiempo asesor del MOVILH e incluso del MUMS. Entonces a mí me consta que él es parte de estas luchas, pero parece que ha sido como un escondite también.

Yo sentí en un minuto que era necesario decirlo, porque hay que sincerar la política, cuando se habla de romper los pactos de silencio. Lo digo a propósito de las palabras de Carmen Gloria Quintana cuando se produjo la reapertura del Caso Quemados. Ella recordó que fue a La Moneda a conversar con el entonces ministro Correa y él le dijo que su caso no estaba dentro de las prioridades de solución de los Derechos Humanos, encuentro que el propio Correa desconoció. Eso sí que es ser maricón.

Entonces sentí que era necesario enfrentarlo a él y enfrentarlo con sus propios infiernos, para decir que los pactos de silencio no solo tienen que ver con la política pública de derechos humanos, sino que también respecto de nuestra sexualidad.

¿Y por qué crees tú que Enrique Correa se asume dentro de los círculos que mencionaste y no lo hace fuera de esos círculos?

Habría que preguntarle a él, pero recuerdo perfectamente una escena en un programa del Canal 2, el Rock and Pop, cuando intentaron preguntarle en vivo y en directo sobre el tema de su sexualidad y él la paró en seco. Duró cinco minutos. Esto contrasta con lo que yo mismo vi, por eso digo que no lo saqué del clóset, porque cuando asumió como ministro del Presidente Aylwin fue a celebrar a la discotheque Fausto, donde hizo un brindis público por su nominación.

El punto en todo esto es que hay que asumir responsabilidades. Hay políticos de renombre, lobistas de renombre, ministros que sabemos que son homosexuales, diputados que tienen miedo de reconocer su homosexualidad y que el día en que rompan con esos miedos van a ayudar a avanzar hacia una sociedad mucho más sincera e igualitaria ¿Por qué tenemos que ser siempre las locas pobres las que paguemos los platos rotos y las que tengamos que salir a la calle, enfrentar a los pacos y a los palos de las Fuerzas Especiales de la Primera Comisaría? ¿Por qué no son los políticos que tienen privilegios los que arriesguen para enfrentarse con su propia sexualidad y con el sistema que nos oprime a todas y que también los oprime a ellos?

Foto: Joaco Pavez

Foto: Joaco Pavez

Locas pobres y locas ricas

Pregunta deliberadamente tonta ¿todos los LGBTI son buenos?

Noooo pué, por supuesto que no, habemos locas malas también (risas). No, somos múltiples y diversos, tenemos diferencias sociales, políticas, ideológicas. Yo soy un homosexual de izquierda, por ejemplo. Mi sangre es roja, como diría Violeta Parra, y yo no tengo nada que ver con Luis Larraín, el presidente de Fundación Iguales. Yo tengo un padre obrero, él tiene un padre que fue cómplice de la Dictadura, que fue funcionario del Régimen y trabajó con José Piñera implementando las AFP en Chile. Entonces, obvio, yo no soy igual a Luis Larraín.

¿Cómo se jerarquizan las luchas entonces? ¿Cuál se subordina a cuál?

La primera lucha es siempre la de clases, las sexuales vienen después. Yo no estoy por la liberación sexual, sino por la transformación de esta sociedad capitalista donde los homosexuales somos usados como un maquillaje de transformación social.

Estoy por una transformación amplia, profunda y donde dentro se incluya a la diversidad sexual, pero yo no estoy por un cambio solo para nosotros, para que tengamos nuestro propio barrio con un supermercado gay, con un perrito gay, un lorito gay y que nos conformemos con eso mientras los estudiantes todavía no tengan educación gratuita, se les siga quitando el territorio a los mapuches, las mujeres no tengan derecho a abortar libremente y con seguridad y en donde no se respete el medioambiente.

Eso es una crítica de la lucha por la diversidad sexual cuando es autorreferente.

Sí. Nosotros no debiésemos ser autorreferentes porque los maricones, las lesbianas, las tortas y las trans somos también pueblo, obreros, trabajadores y en muchos casos somos cesantes.
No estamos pensando todo el día en nuestra sexualidad o en tener sexo, aunque haya algunas calientes que probablemente sí. Yo estoy pensando todo el día en la revolución social y que por ahí pase la revolución sexual, ambas de la mano. Eso sí, es mucho más importante la revolución social porque, insisto, nunca vamos a ser iguales a los homosexuales ricos, a los homosexuales diseñadores, a los homosexuales que viajan, a los homosexuales que tienen privilegios.

Ellos son tus adversarios de clase.

Son mis adversarios en la calle y son mis adversarios de clase por supuesto, porque ellos entran a los salones vip y yo no entro, tal como soy no entro a sus discotecas. A mí me interesa destruir el sistema que ellos han construido para lucrar y para vivir sus privilegios, entonces creo que hay una lucha al interior de la diversidad sexual que es importante visibilizar.

No somos todos iguales y también estamos luchando por espacios de mayor igualdad y de mayor justicia social al interior de los colectivos, donde se vive la transfobia, donde se vive el ataque a la persona que es más femenina, a la travesti que es más masculina, a la lesbiana que es más masculinal, al maricón que es pobre. No somos iguales y no queremos ser iguales, porque siempre va a haber algunos más iguales que otros.

Vivir con el cáncer rosa

¿Cómo es en general la situación de la lucha en Chile respecto al SIDA?

Primero es importante decir que no es una lucha contra el SIDA, porque yo vivo con VIH, sino que es una lucha con el SIDA. Esto supone asumir que es una situación de salud que nos ha acompañado desde 1984, desde que se conoció a la primera persona diagnosticada y muerta el 22 de agosto, hace muy pocos días se cumplieron 32 años de ese día triste, amargo, cuando Edmundo Rodríguez falleció en la clínica de la Pontificia Universidad Católica, donde se quemaron sus sábanas, su colchón, todos sus utensilios, pensando que el VIH se transmitía así.

Era la época en la que se hablaba del cáncer gay, del cáncer rosa.

Esa era la época y, bueno, todavía sigue siendo una metáfora, como bien dijo Susan Sontag. Si bien es una situación de salud, es una metáfora política porque es un detonante también de discriminación, de prejuicios utilizados por la Iglesia Católica, por el púlpito, por la política, para recrear el apocalipsis del fin del mundo para los pecadores. Pero, en contraposición, también el SIDA ha sido utilizado por los mismos colectivos gay para visibilizar su sexualidad, entonces tiene un componente de politicidad que es importante asumirlo. Es una situación de salud que se transmite a través de la vía sexual, si no fuera así no tendría carácter político, y el cuerpo es un lugar político. Por eso el SIDA es un tema que no se conversa, que no se habla, porque si conversamos de SIDA, tenemos que hablar del cuerpo y de la sexualidad.

En Chile, más del 90 por ciento de las transmisiones son por la vía sexual, por el no uso de medidas de prevención. A pesar de esto no hay campañas de prevención, no hay educación sexual, no aparece en la agenda pública y no fue parte del programa de la Presidenta Bachelet. Y eso que ella es médico y fundadora de la Comisión Nacional del SIDA, pero tiene amnesia, porque olvidó toda esa época maravillosa de algún tiempo atrás.

Y entremedio circulan creencias como el que el SIDA ya no mata y que los hombres heterosexuales no lo contraen.

Es que ahora mata pero de otros modos. La cifra de personas contagiadas va aumentando, a nivel local y mundial. En la última conferencia del SIDA que hubo en Sudáfrica, este mismo año, los organismos internacionales se mostraron alarmados por el aumento del VIH en jóvenes, en mujeres, por la escasez de recursos en la salud pública y privada y porque, al fin y al cabo, es un combate que se está perdiendo. Lo que pasa es que la lucha que hemos dado las personas viviendo con VIH ha hecho posible mejorar nuestra calidad de vida y hemos podido sobrevivir.

Por eso al principio te dije que una de mis grandes conquistas era estar vivo, porque yo debiese haber muerto hace mucho tiempo, el año 2000 por ejemplo, cuando se me diagnosticó una tuberculosis en el ojo izquierdo -¡tenía que ser en el izquierdo!- y tras la muerte de Manuel Rodríguez -parece que me persiguen los guerrilleros- pude optar a la terapia que él usaba. Yo vengo de esa época donde las terapias se sorteaban y heredaban.

O sea, tuvo que morirse alguien para que tú tuvieras la opción de salvarte.

Así es, tuvo que morirse una persona para que yo viviera, estoy infinitamente agradecido y siempre está en mi recuerdo Manuel Rodríguez Contreras. Entonces, las personas viviendo con VIH dimos una lucha política que está retratada en mi último libro “SIDA en Chile, historias fragmentadas”. Fuimos nosotros los que nos encadenamos en los Tribunales de Justicia, los que interpusimos recursos de protección, que luchábamos y que demandábamos también a la Ciencia, al aparato público, a los servicios de salud, el ingreso y la implementación de las terapias antirretrovirales que ahora existen en Chile.

En eso hemos avanzado mucho, hay que reconocerlo, a diferencia de otros países de Latinoamérica. En Chile hay cobertura y las personas con VIH podemos tener una sobrevida, como una enfermedad crónica si sabemos cuidarnos, si tenemos una calidad de vida sana, si nos controlamos. Entonces el SIDA ya no tiene esa mortalidad pública, de ese rostro delgado, moribundo y sidoso de los años 80.

Pero lo crónico sigue siendo una mochila cotidiana con la que hay que caminar.

Cuando se logra, porque hay mucha gente muriendo. De cánceres, de ataques cardiacos y también por las mismas terapias, que tienen muchísimos efectos secundarios. Yo tengo por eso problemas en la guata y en los pies, o sea es vivir también con un virus que está en tu cuerpo y tú tienes que transformarlo en un amigo para engañarlo, para enamorarlo, tratándolo bien.

Aceptarlo tal como es.

Aceptarlo con todas sus características, pero que está ahí, que permanece, y que es mortal cuando los jóvenes y los adultos llegan muy tarde a tratarse a los servicios públicos. Me consta, porque yo me atiendo en el Hospital San José, que hay gente que llega allá cuando están muriéndose, entonces ya no hay posibilidades de terapia ¿Qué hacemos en ese marco? ¿Por qué no hay políticas públicas de salud? ¿En qué se gasta todo el presupuesto del SIDA? ¡El 95 por ciento se gasta en terapias! Yo no estoy diciendo que lo reduzcan porque para eso luchamos, para que esté, sino que es impresentable que haya un presupuesto del 95 por ciento para terapia y un 5 por ciento para prevención, cuando debiésemos tener un equivalente, si no vamos seguir llenando hospitales de personas viviendo con VIH.

Foto: León Gómez Gonzalo. El Arte de Acción en Chile 2016

La lucha mediática

¿Cuál el rol de los de los grandes medios de comunicación chilenos en las luchas que ustedes han dado?

En algunos casos ha sido fundamental la alianza con los medios, porque si no habría sido muy difícil esta transformación. Si existen estas leyes y cambios sociales-culturales es porque hemos logrado convencer también a los periodistas. Hemos, poco a poco, logrado introducir nuestras temáticas, pero sigue siendo un terreno muy, muy difícil, porque los medios tienen estrategias que no siempre son respetuosas de la diversidad, de la diferencia sexual. Ojalá tuviéramos nuestros propios medios, ojala periodistas como nosotros, como yo, tuviesen una tribuna mucho más visible, mucho más pública, no para hacerse más conocidos sino que para instalar estos temas con nuestros propios lenguajes.

Ahora, por ejemplo, recordaba que hace más de 21 años, cuando Juan Gabriel vino por segunda vez a Chile en 1996, en medio de la conferencia de prensa yo le digo que sus canciones son un símbolo de la lucha del movimiento homosexual y que si le gustaría dedicarle una canción a los homosexuales y él se mostró muy sorprendido y dijo que “pueden usar todas mis canciones, porque la música y los artistas no tienen sexo”. Y eso quedó en los titulares de todos los diarios (escucha aquí el audio de Juan Gabriel).

Desde esa época, yo y otros compañeros activistas periodistas -como Erika Montecinos de Rompiendo el Silencio-, hemos ido introduciéndonos en los medios de comunicación para hacer política desde nuestra militancia.

Sin embargo, faltan periodistas gay, lésbicos y trans militantes de la causa, no solamente homosexuales de adorno en los programas de farándula. ¿Por qué tienen que invitar siempre a los gay a los programas de farándula? No a todos los maricones les interesa la moda y el espectáculo.

¿Cuál es el problema de que haya homosexuales en la farándula?

Es que es una aceptación falsa, porque se les asigna un lugar decorativo a los homosexuales. A los Jordi Castell, a los Ítalo Passalacqua, que hablan de espectáculo, pero son muy pocos los homosexuales, lesbianas y trans que tienen espacio como activistas o como referentes políticos, en economía o en otros ámbitos.

De hecho, no hay periodistas lesbianas públicas, a pesar de que sabemos que hay y son panelistas de los matinales, incluso, pero no se reconocen. No hay transexuales que sean referentes de opinión y que tengan un trabajo estable en la televisión, excepto las compañeras trans que las invitan a estos programas de transformismo y que lo hacen muy bien y es muy legítimo, pero que son parte de una cadena de espectáculos y de negocio de su propio ejercicio laboral que no las asume en su más amplia dimensión como sujetos políticos, biográficos y sociales. Sería bueno ver a una periodista trans en el Buenos Días a Todos. Pero una trans de verdad, una trans-trans.

El otro día volví a ver el reportaje de Claudio Fariña sobre la marcha de la Diversidad Sexual, realizado hace algunos años atrás, y pensé que sería un insumo muy interesante de discusión en las escuelas de periodismo. A esas piezas que los caricaturizan ¿qué lugar le asignas en la escena actual? ¿Son excepciones o la norma?

Yo diría que son oportunidades para cuestionar el ejercicio periodístico y para cuestionar la sexualidad, incluso, de esos mismos periodistas. Porque cuando se transmiten homofobias hay un miedo también, que generalmente es de un homosexual que le teme a su propia homosexualidad. Es una oportunidad para instalar la exigencia del resguardo de nuestras identidades y de un respeto societal hacia nuestra diferencia.